Skip to main content

Full text of "El hombre, el mundo, Dios;"

See other formats


MAl^fUEL Í4EDIISLA BEt/VN^CORT 



EL 
EL 





IDEAS ;1>E COMBATE 
MOTlVoS PE ARTE 



MONTEVIDEO 

íTA «El-Sigl¿ IlusYrado», San José 938 
1938 ^ 



DEL MISMO AUTOR: 



De la vida (novela) (Agotada) 

Cuentos al corazón, 3/ edición . " 
Almas y pasiones (cuentos) . . " 
Meditaciones. Biblioteca Ediciones Mínimas. 

Buenos Aires. 
Vna voz que canta (poesías). 

A apareciT próximamente : 
Cuentos de Otoño. 




EL HOMBRE 
EL MUNDO 
DIOS 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



EL HOMBR 
EL MUNDO 
DIOS 




IDEAS DE COMBATE 
MOTIVOS DE ARTE 



MONTEVIDEO 

Imprenta «El Siglo Ilustrado», San José 938 
1938 



Parábasis. 



He aquí un libro sobre cuestiones fraseen- 
dentales: el Hombre, el Mundo, Dios, com- 
puesto por un escritor intrascendente El lec- 
tor encontrará que en él con frecuencia se 
ha tratado el mismo tema con iguales o pa- 
recidas ideas, y que por haberse buscado ago- 
tar, en lo posible, el debate o el combate a 
estilo de los del Quijote de los molinos de 
viento, por lo desmesurado, lo temerario y qui- 
zá por lo inútil, — la obra en la mái principal 
de sus partes da la impresión de conjunto de 
que unos artículos son derivaciones, sectcen- 
cias o variantes de los otros. Y si tal cosa pue- 
de parecer un defecto — el de la monoto- 
nía — en cambio hace resaltar como venta- 
ja para el autor, que ese conjunto guarda una 
unidad de propósito, trata con armas nobles 
de combatir el error, el engaño y la falacia, 
busca d sólo fin de la dignidad humana, y co- 
mo añadidura, se propone contribuir con una 
lanza quebrada generosamente en tales moli- 
nos, en favor del tan necesitado y socorrido 
bien común. Esto, sobre todo esto, dependería 
en mucha parte, ya que algo corresponde a la 
buena intención, de lo que el libro logare per- 
suadir y conquistar tanto por la fuerza de 



6 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



los argumentos en él contenidos , como por la 
eficacia con que hayan sido expuestos y desa- 
rrollados. 

Hay también aquí y allá en estas páginas 
algunas prosas que llamaríamos inocentes: re- 
flexiones, impresiones j emociones, breves no- 
tas sentimentales o de arte, en fin, polícromas 
pinceladas literarias que según creemos harán, 
por contraste, más amena y llevadera la gra- 
vedad puesta al libro por los otros temas sobre 
religión, filosofía, moral, sin duda alguna más 
macizos y pretensiosos. 



La voluntad y la memoria en la perdura- 
ción de la vida. 

En el ensayo "La vida como fenómeno cós- 
mico", Pedro Sonderéguer dice que al mani- 
festarse la vida — la vida como fenómeno cós- 
mico — en el animal (me figuro que se refie- 
re, ante todo, al hombre) trae como medios de 
perduración, la sensibilidad, la voluntad y la 
memoria. "Sin la voluntad, afirma, la vida no 
intentaría huir del peligro y perdurar". A esto 
habría que objetar que tal condición — no pe- 
recer — no debe calificarse como voluntad 
puesto que voluntad significa autodetermina- 
ción, cosa reflexiva, consciente, y la virtud de 
perduración no es en realidad más que una 
condición constitucional de la materia viva, 
una cualidad intrínseca de la misma, ciega e 
instintiva, y de la que se encontró dotada desde 
su origen a fin de que pudiese perpetuarse o 
sobrevivir a cada cambio de forma expresiva de 
su ser, de su ser Vida. La voluntad no es un 
mandato, una ley, un fatalismo, digamos, que 
es así como se revela el sentido dinámico de la 
vida de la materia, sino únicamente una fuerza 
moral creada por la razón del hombre superior, 
del hombre que a través de una larga evolu- 
ción, con el auxilio de 5u inteligencia cultiva- 



8 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



da y de su experiencia acumulada, se ha for- 
mado una conciencia o espíritu, una segunda 
vida o naturaleza de carácter psíquico, facul- 
tad autónoma de la que casi dispone a su an- 
tojo y que para infinidad de actos que le son 
relativos dependen exclusivamente de él. En 
cuanto a la memoria, el autor parece no repa- 
rar en que ella es también una facultad cons- 
truida, creada en las mismas condiciones por 
ese ser superior a que nos hemos referido, y que 
por lo tanto no debe considerarse dentro de los 
medios propios de perduración que trajo la vi- 
da cósmica para su eternidad. La memoria es 
otra de las maravillosas potencias que a fuerza 
de constancia y aplicación se hizo para su uso 
personal ese pequeño dios tan despreciado por 
cierta^ religiones y que se llama Hombre, po- 
tencia formada con el rudo ejemplo de la ex- 
periencia y la acumulación repetida y conti- 
nua del recuerdo, aptitud mental adquirida 
post Creatio por medio de la sensación visual, 
intelectual y física, en una influencia perma- 
nente de las mismas cosas y los mismos fenó- 
menos. 

Para demostrar que tanto la voluntad como 
la memoria no son más que creaciones huma- 
nas: el hombre mejorando a la Naturaleza, 
el hombre que después de la Vida es como ser 
e inteligencia lo más grande del Universo, 
grande en calidad, — imaginémosnos que de 
pronto y por cualquier catástrofe o circuns- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



9 



tancia (abandonarse, renunciar a su idea de 
perfección, enfermo de pesimismo, sería sufi- 
ciente) el hombre retrocediera desde su cul- 
tura actual a lo que fué cuando apareció en el 
mundo: un animal de tantos (con la cantidad 
de fuerzas negativas como hay no es imposible 
volver a la bestia) ¿qué sería entonces de la 
voluntad, de la memoria y de cuántas faculta- 
des morales e intelectuales el hombre, entién- 
dase bien, ha creado por sí y para sí a través 
de la dilatada y áspera selva oscura que ha de- 
bido alumbrar y atravesar con su ingente es- 
fuerzo? ¿Qué sería entonces de esa voluntad y 
esa memoria de la Vida para perdurar? No 
creemos que se vayan a considerar como actos 
de perduración de voluntad y memoria los que 
realizan instintivamente los animales para 
existir. Ellos son más bien, o simplemente, una 
función mecánica o de máquina, a la cual le 
falta lo principal: la dirección de economía, 
el sentido de conservación, el ideal de per- 
duración. Sí. El animal es sólo eso: una máqui- 
na dotada de determinada acción que andará 
hasta que el azar del tiempo y de la vida la 
desgaste y la consuma definitivamente, sin 
que llegue a tener jamás conciencia de que vi- 
ve, para qué vive, qué es la vida, cuánto es y 
cómo es lo que ha vivido, y mucho menos que 
pueda, como el hombre, aunque más no sea 
suponer de dónde viene y hacia dónde va, 



10 MANUEL MEDINA BETANCORT 



El pasado, entraña de lo actual. 

(Acotación al margen de una lección de José Ortega y Gasset). 

Sí. Una generación histórica de un año de- 
terminado — de una misma generación física 
coetánea — vive quince años de gestación y 
quince de gestión: de los treinta a los cuaren- 
ta y cinco y de los cuarenta y cinco a los se- 
senta, o sea quince años de iniciación y quin- 
ce de predominio. Esa generación puede ser 
el pico máximo de un ciclo político, filosó- 
fico, social, artístico o económico, ya com- 
prendiéndolos aisladamente o en conjunto 
parcial o total, o bien puede ser el ascenso,el 
descenso o el término de cada uno de ellos, 
según sea el destino que les haya cabido a esas 
generaciones en las edades. Esto no im'pide 
que por encima de **su hora" y aún del ciclo 
en que se halle comprendida, otro ciclo ma- 
yor y otra edad más extensa, determine una 
etapa de otra característica de mayor impor- 
tancia (períodos de civilización) en la gran 
ruta de la evolución humana. Esto prueba que 
la vida de la humanidad **se hace" mientras 
ésta la vive en todos los órdenes, o mejor, 
mientras la va viviendo, porque vivir es acción 
que anda, que va, que para ser verbo perfec- 
to siempre tiene que hallarse en gerundio; que 
su naturaleza está constituida por un conglo- 
merado de generaciones físicas e históricas, y 
que nadie, ningún hijo de hombre que venga 



EL. HOMBRE EL MUNDO DIOS 



11 



después o detrás debe despreciar lo que estuvo 
antes, por creer — en su ignorancia de recién 
llegado — que es él el que, en el sentido de la 
superioridad, va al frente porque no está de- 
trás, ni viene ni se sostiene de cosa de detrás 
porque su signo atávico es ver y caminar ha- 
cia adelante. 

Eslabón de cadena, hilo de malla sin térmi- 
no, problema de lo infinito, nada de su especie 
le es ajeno al hombre, quieras que no: el pa- 
sado por ser su origen y darle su materia físi- 
ca y su conciencia moral, y el porvenir por lle- 
varlo en sí en potencia, al trasmitir en su mi- 
nuto-vida el legado ineludible de la perdura- 
ción. .Y siendo también y por lo tanto el pre- 
sente obra o criatura de lo pretérito, como di- 
ce Ortega y Gasset en términos inversos, exac- 
tamente: '*el pasado, entraña de lo actual", di- 
gamos y repitamos a '*los nuevos", nuevos 
porque recién nacen, nuevos en la vida y en 
la herencia más no en la videncia, pues cuan- 
do la generación llega a "ver" porque se ha 
acabado de hacer, ya en realidad "ha pasado"; 
digámosles que no sean injustos con sus antece- 
sores al negarles valer y mérito porque física- 
mente, en el tiempo y en la expresión de las 
ideas, no son ellos; que no sean ingratos con los 
que acrecieron con el propio esfuerzo y para 
su beneficio, el acervo heredado; que aunque 
su orgullo necio no lo quiera, los que fueron 
gntes los engendraron con su entraña y en su 



12 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



entraña, con substancia de su sangre y con 
esencia de su espiritu; que no es posible, que no 
les es posible, ¡oh hijos tan sin ventura como 
descastados! evitar al padre, porque parecién- 
doles inferior por viejo y poco, renieguen ato- 
londradamente de él! 



Placer y dolor. 

Placer y dolor son sensaciones desconocidas 
para la Naturaleza como tal, como materia en 
sí. Ella es impasible e indiferente. No padece, 
no goza, no juzga, no tiene sentidos de enten- 
dimiento, porque a ella, siendo únicamente 
energía en perpetua evolución y existencia, só- 
lo le interesan sus creaciones como actos de 
vida, de su vida, que es la total razón 'del Uni- 
verso. En realidad, para la Naturaleza no existe 
la muerte, pues para ella sólo perecen las for- 
mas, nosotros, plantas y animales, que no somos 
otra cosa que reproducciones al infinito de los 
maravillosos artificios de que se vale para ma- 
nifestarse siempre nueva y eterna. El placer y 
el dolor son propiedades particulares o especia- 
les de los seres organizados, para que ellos pue- 
dan dentro de su autonomía de cosas vivas in- 
dividuales, vivir y sentir su vida, y además gas- 
tarla. Es dentro de estas particularidades me- 
cánicas y sensoriales, que la especie humana, 
como privilegio, calidad o superioridad (fenó- 



KL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



meno de evolución o de elección) tiene la suer- 
te o la fatalidad de "comprender" con su in- 
teligencia, ese placer y ese dolor que es todo su 
drama y también toda su grandeza. Por eso es 
inútil y en definitiva ingenuo, esperar o impe- 
trar de alguien o de algo que confusamente lla- 
mamos Dios, bienes o bálsamos, y en instantes 
de desesperación, maldecir y renegar de ese 
mismo ente. Señor de todo lo creado, que se- 
gún lo concebimos, se vuelve, a pesar de toda 
la sublimidad de que le hemos dotado, pe- 
queño y malo como nosotros y nos hace sufrir 
cruelmente y sin justificación. 

Es verdad que en la distribución de la vida 
universal al hombre le ha tocado padecer y co- 
nocer que padece. ,;Pero es acaso que si nos 
hubiesen consultado previamente, nos ha- 
bríamos rehusado a ser lo que somos: natu- 
raleza ^Vidente", inteligencia consciente (es- 
píritu, alma e idea) para quedarnos, no ya 
en la materia inerte e informe, que no es vi- 
da en acción, pero sí en la "ciega" de los ve- 
getales o en la "muda" de las especies irracio- 
nales? 



El hombre, vencedor por el recuerdo. 

La vida, como una condición indispensable 
a. su eternidad, después de que cada individuo 
animal o vegetal ha cumplido su destino, to- 



14 MANUEL MEDINA BETANCORT 



do lo borra, lo anula, lo hace desaparecer en el 
carácter de personalidad y de forma, de cosa 
calificada o determinada. De manera que co- 
mo una necesidad sine qua non de su existen- 
cia, su acción de continuidad, de marcha ha- 
cia adelante, es de olvido, de ausencia de me- 
moria, de oposición a la historia. Si alguna 
imagen debe simbolizar a la Vida, nada sería 
mejor que una figura de mujer con un vien- 
tre en punta como una proa, emergiendo de 
las sombras sin espaldas ni talones, iluminado 
el híerático rostro por la luz eterna de lo in- 
finito, sin cerebro para pensar, ni corazón 
para sentir, ni músculos para darse vuelta. 

De los seres de la Creación, el único que tie- 
ne memoria, por haberla creado cultivándola, 
es el hombre. Y es el hombre, ese ser tan frá- 
gil y tan desvalido entre todas las inclemen- 
cias y acechanzas del mundo, entre todas las 
fuer/as primarias de la Naturaleza, el único 
que ha podido hacer frente al sentido cruel 
de la Vida, oponiéndose a la negación, al ol- 
vido, a la anulación det pasado. Obra suya es 
la memoria, la historia, el recuerdo. Los dio- 
ses le dieron la inteligencia como una gracia, 
o acaso como una curiosidad, o un experi- 
mento, o una burla propia de dioses, quizá 
para ver qué hacía con un juguete tan mara- 
villoso, quizá para verle perecer en forma 
menos vulgar... Y el hombre, el pigmeo, la 
pequeña cosa infundida, hizo de la llama azul 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



16 



una idea nueva de la Vida, más noble, más 
heroica, más sublime. Mejorando los dones 
físicos y espirituales se hizo racional, pulien- 
do, los instintos se hizo virtuoso, aprendiendo 
en la experiencia y en su historia, creó un ar- 
ma poderosa para defenderse del implacable 
designio de la Vida. El hombre, asi, formán- 
dose a si mismo sobre si mismo, creándose su 
propio espíritu, se ha hecho im pequeño dios, 
y si ha de ser al cabo a costa de la duración 
de su existencia física, bien vale el precio de 
tener un alma y escapar de la materia para 
poder soñar. 

Con el auxilio de sus pacientes conoci- 
mientos, el hombre le ha llevado la cuenta a 
su implacable madre la Vida, y ya empieza a 
saber cómo puede defenderse de ella, para no 
ser su mísero juguete. 



El mito de los dioses. 

La muerte de los dioses en la imaginación 
del hombre — que fué donde en realidad na- 
cieron — es cuestión de tiempo, el que le sea 
necesario para conocer totalmente, por inter- 
medio de la ciencia, los orígenes y las causas 
del Universo. El Universo, así como es hoy, ha 
sido el efecto o resultado de la evolución de la 
materia en las edades del Cosmos, evolución 
que según el conocimiento que el hombre ya 



lé MANUEL MEDINA BETANCÓRf 

tiene de ella, seguirá por los siglos de los sigloá 
cumpliendo su destino hasta su resolución de- 
finitiva. Es por lo tanto un largo y dificil se- 
creto el que nuestra inteligencia deberá aún 
revelar. Hay que darle, pues, tiempo para 
ello, el cual tiempo — ¡oh portento! — apenas 
si ha de poder apreciarse al lado del que ha 
sido necesario para que ese Universo llegara a 
su condición actual. Tan maravilloso es el po- 
der de iluminación de ese pequeñisimo fanal 
que se llama cerebro humano, poder que de 
acuerdo con el progresivo régimen de per- 
fección de toda la vida orgánica, no es otra 
cosa que el resultado de ese régimen en el 
tiempo y en la especial función que le ha sido 
deparada. <;Deparada por quién?, diréis, bus- 
cando siempre un dios, un hacedor, en fin, un 
ser o ente todopoderoso a quien adorar, ya 
que no temer. Pues deparada por la marcha 
avasallante y en un principio tumultuosa de 
la formidable fuerza ciega que es la materia, 
cuyo verdadero origen está, por ahora, más 
allá del alcance de la investigación del hom- 
bre y que por lo que hasta hoy conoce, ni ló- 
gica ni imaginativamente da lugar a suponer 
que pueda tener a un dios, a cualquier ente 
divinal por causa. Lo único que hay que te- 
mer es que esa prodigiosa luz se apague o se 
desnaturalice antes de que la privilegiada es- 
pecie que la posee pueda resolver, en su inte- 
gridad, el gran misterio. Todo ha de depen- 



tx hombrí: i;l mundo dios 17 



der, quizá, de la discreción con que vaya ha- 
ciendo uso de ella, y siempre naturalmente 
que le lleguen a alcanzar los días cósmicos 
que aún le quedan. 

Tanto la idea del dios creador com.o el cie- 
go rendimiento ante las cosas del Universo 
que tienen composición, presencia y acción de 
artículo maravilloso, se deben, en primer tér- 
mino, a las masas primarias del pueblo, a las 
primitivas formaciones sociales de la especie 
humana, ingenuas e ignorantes, para quienes 
todavía el mundo y su espectáculo era un 
enigma inexplicado y evidentemente de colo- 
sal magnitud, que alguien, oculto en alguna 
recóndita parte, regía absoluto, distribuyen- 
do a su albedrío el bien y el mal, lo áspero y 
lo agradable, la vida y la muerte, y que por lo 
uno y por lo otro infundía miedo y respeto, y 
todo junto traía sumisión y entrega, y a la 
postre, veneración. Tal fué la raíz de las re- 
ligiones, tal es la sustancia de éstas, las cuales 
durarán, así como son, tanto cuanto dure en 
el hombre el desconocimiento de los verdade- 
ros principios y ese su injustificado y pavoro-, 
so miedo, más que a sufrir en la vida, que 
es lo real y sensible, a sufrir, como castigo 
(¿castigo de qué?) en la muerte, en una su- 
puesta vida de ultramundo, de última instan- 
cia, y a no poder gozar en ella de los infinitos 
bienes prornetidos por el dogma, y que no en- 

2 



18 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



contró en la medida de su deseo a su paso por 
la tierra. 

Por más que después, en el curso de las ge- 
neraciones, el hombre iluminado por el cono- 
cimiento, por la ciencia — experiencia acu- 
mulada — pudiera ver cómo se habían origi- 
nado las fábulas de las numerosas religiones, 
la costumbre, la tradición, el sectarismo y aún 
el poder de dominación obrando siempre so- 
bre la inepcia y la superstición de los grandes 
protoplasmas sociales, ha arraigado con tanta 
profundidad dominante en la conciencia hu- 
mana el mito de los dioses y de las teogonias 
sobrenaturales, que desgraciadamente para el 
hombre ese mito se ha hecho consubstancial 
con su vida y es ya en su desenvolvimiento 
mucho más que ella, porque ha concluido por 
suplantarla en su valer y jerarquía sobre la tie- 
rra, no sólo sometiéndola insensatamente a sus 
alucinadas fantasías, sino despreciándola hasta 
considerarla cosa vil y miserable. A veces, al 
examinar en visión de conjunto el estado de 
fanatismo religioso en que se halla sumido ac- 
tualmente el mundo — fanatismo sectario, li- 
túrgico, fetichista, fanatismo de tribu, pues 
no es siquiera espiritual o místico — el 
hombre sereno concluye por desesperar de 
que su desventurada especie logre libertarse 
todavía del letal tóxico que lentamente la 
aniquila y pueda llegar alguna vez a la metn 



EL HOMBRE EL MUNDO' DIOS 1& 



de perfección y grandeza que trajo al mundo 
en el gran certámen de la Creación. 

Si el hombre primitivo o más lógicamente 
si el primer hombre que pudo llegar por evo- 
lución de su inteligencia al ejercicio de su 
juicio y razón, hubiese tratado de investigar 
y conocer las leyes primordiales de la vida 
en la Naturaleza, sin tener en cuenta a ese 
efecto si un dios o poder divino pudo ser su 
creador, como dice Descartes que obró al rea- 
lizar sus indagaciones cientificas no obstante 
creer en ese dios y en esa creación, — si hu- 
biese ese hombre concebido y empleado tal 
procedimiento cartesiano, muy posiblemente 
el ser humano habria sabido hoy mucho más 
de lo que sabe, se conocería más a sí mismo, su 
mayor capacidad de razón le haría no sola- 
mente más veraz, sino más justo y más moral, 
y si el conocimiento de las causas y efectos de 
la vida le podrían traer un aumento de bien- 
estar y mejores condiciones físicas para vivir, 
la posesión de más grandes y más nobles 
virtudes morales le habrían acercado mucho 
más, sin duda alguna, de lo que hoy está, 
a esa soñada cumbre de perfección espiritual 
que es ya en nosotros, más que un sueño y 
un presentimiento, una convicción y un em- 
peño supremo. El sentimiento religioso es de 
una existencia anterior a la razón, y una vez 
que ésta alcanzó jerarquía de dirección en el 
hombre por haber madurado su inteligencia, 



20 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



que es su máxima virtud, ese sentimiento no 
debe persistir como poder temporal, como 
dogma, como doctrina moral y cosmogónica, 
sino únicamente como emoción espiritual, co- 
mo ensueño deleitoso, como poesía apologética 
del Universo. Siendo el hombre, por su facul- 
tad de amar y de admirar, por su extrema 
debilidad frente a las grandes fuerzas natu- 
rales, y, a pesar de su inteligencia, y por eso 
mismo, accesible, conquistable, religioso, — 
las religiones no dejarán de existir, mas no se- 
rían como ayer y como hoy, negativas, faná- 
ticas, aniquilantes, sino que servirían para 
adorar con fervor lo existente, para extasiar- 
se en las maravillas del mundo, para dar ren- 
didas gracias a las misteriosas potencias que 
nos pusieron entre esas maravillas como den- 
tro de un jardín encantado, a fin de que en 
premio de descubrir su misterio, pudiésemos 
vivirlas y gozarlas por toda la eternidad, rea- 
lizando así la dicha que prometía el bíblico 
paraíso terrenal. 

Es general el concepto de que e\ Universo 
con sus soles, sus mundos y los seres que pue- 
blan nuestro planeta, salieron de donde vienen 
así como son, así constituidos como están ad- 
quirieron desde el primer moinento la presen- 
cia de grandeza que tienen en unos casos, co- 
mo en las formaciones cósmicas, o de prodi- 
giosa composición en otros como en los seres 
orgánicos, y en especial modo en los animales 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 21 



y de éstos en el hombre, suprema creación de 
la materia activa, de la substancia vital de que 
procede cuanto es. Dicho concepto, ¡unto con 
la ignorancia y el miedo a 1^ muerte y al su- 
frimiento, son los que han dado pábulo a las 
religiones y a la creencia de que en las pro- 
fundidades de los cielos había, como decía- 
mos, en un lugar que no se ubicaba y hecho 
de una esencia inusitada, un ser supremo om- 
niscio y omnipotente que todo lo engendraba 
y lo regía con ciencia y grandeza inabarca- 
bles, con poder y justicia indiscutibles. Ese 
era el Dios imaginado, y tanto su esencia co- 
mo su obra y como sus actos, debían ser para 
el hombre — aunque el hombre casi siempre se 
sintiera desgraciado — injuzgables, y más aún: 
servilmente reverenciables. Sin embargo hoy 
es fácil, guiados simplemente por la ciencia 
profana del hombre y haciendo medido uso 
de ese sentido analítico y especulativo de su 
mteligencia que se llama razón, que es preci- 
samente lo que le da poder y preeminencia 
sobre las demás especies de la Creación, com- 
. probar en unos casos y deducir en otros, que 
tanto el Universo en su conjunto como los 
seres y las cosas en particular, sin contar al 
mundo microbiano unicelular, que la Natu- 
raleza quiso mantener invisible acaso como 
una muestra primaria o acaso como una reser- 
va futura de los reinos animal y vegetal, — 
tuvieron, unos antes y otros después, su prin- 



22 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



cipio simple, amorfo, elemental; que los in- 
numerables soles y mundos que constituyen 
los asombrosos sistemas estelares comenzaron 
como fuerzas caóticas y una vez cumplida su 
evolución a ellas tornarán para volver a empe- 
zar, en una perpetua marcha ciclar hacia su 
postrer destino: perecer; y que en un proceso 
semejante los seres animales evolucionados, de 
nuestro mundo, fueron primero, quizá, infu- 
sorios, amibas, mónadas, protozoarios de for- 
ma y función rudimentarias, y luego, siguien- 
do cada género de individuos la transfor- 
mación progresiva que le estaba determinada 
de acuerdo con su substancia original y con 
el medio en que debia desenvolverse, llegaron 
a través de diversas metamorfosis, a los com- 
plejos orgánicos conocidos y de tipo ya defini- 
do, unos más superiorizados que otros por in- 
fluencia de los factores concurrentes, y cuya 
máxima jerarquia y perfección se halla — y 
todo dice que nunca será superada — en el 
chef-d'oeuvre el hombre. 

Como si cuanto en el Universo existe estu- 
viese planteado siguiéndose un único plan, un 
mismo procedimiento y una sola dirección 
procesal de carácter ascendente y comple- 
mentario, hasta en otro órden de cosas menos 
fundamentales y trascendentes que las expre- 
siones de la Naturaleza o del espíritu, como 
son las que se relacionan con las obras materia- 
les o mecánicas del hombre, se encuentra fá- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



23 



cilmentc una analogía o semejanza que hace 
posible el ejemplo cuando se busca demostrar 
que nada en el mundo ni aún la presuntuosa 
creación humana, deja de parecerse en su modo 
de formación y de superación al que tuvieron 
y tendrán en su tiempo y a su hora las gran- 
des creaciones cósmicas y los admirables sis- 
temas biológicos de los seres organizados. Ex- 
pliquémosnos. Las obras que proceden del in- 
genio humano y especialmente las que com- 
prende la nutrida categoría de las máqunas, 
quizá porque siendo las más útiles se ha apli- 
cado en ellas con más tesón y extensión la fa- 
cultad de inventiva y todas las conquistas de 
la ciencia experimental, sor las que cuentan 
con creaciones tan admirables, que por una 
instantánea sugestión refleja lleva de inmedia- 
to a la presencia memorativa del que las con- 
templa por primera vez, la idea de Dios, el re- 
cuerdo de que hay sólo un poder, el divino, 
que hace cosas grandes y tan maravillosas co- 
mo las cosas del mundo, considerando en de- 
finitiva que cuando el hombre produce algo 
que tiene presencia de obra superior, es por- 
que en el hombre, sobre todo en el hombre, su 
criatura predilecta — y ningún creyente lo 
verá de otro modo — se halla infuso y ac- 
tuante el gran espíritu, la inteligencia supre- 
ma. Y como ese espectador — que pertenece 
al común de las gentes — todo lo tiene supe- 
ditado a esta verdad general, para él indiscu- 



24 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



tibie, absoluta, le costará más tarde, con más 
análisis y más reflexión, pensar y aceptar que 
esa portentosa máquina que le llenó de sor- 
presa y admiración era asi, no porque el hom- 
bre la hubiera fabricado como por vara de 
virtud, de un golpe o de una vez, o cuando 
mucho en los días laborables de una semana, 
como dicen los textos sagrados que hizo Dios 
con el cielo y la tierra y las criaturas de ésta, 
sino porque el genio total de la especie huma- 
na y no el individuo, un individuo de ella, 
con una voluntad y una constancia dignas de 
mejor suerte, fué acumulando poco a poco, 
de experiencia en experiencia, de generación 
en generación, de lo menos a lo más, de lo 
simple a lo complejo, todo el conocimiento 
aportado por la inteligencia común hácia un 
mismo fin, hácia una obra determinada de 
común provecho. La linotipo, la máquina de 
vapor, la de escribir, la de calcular, la de con- 
tabilidad, la radio, el cinematógrafo, la ma- 
yor parte de las que accionan por mecanis- 
mos eléctricos, por no citar sino las más cono- 
cidas, son verdaderas obras de asombro y ad- 
miración construidas pacientemente por el 
humilde cuanto heroico dios de la especie, las 
que si hubieran aparecido en otros tiempos 
aciagos para la humanidad, asi, de repente, 
perfectas o completas en todas sus cualidades, 
muchas de ellas habrian sido consideradas, 
condenadas y destruidas como obras diabóli- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



25 



cas o contrarias a las leyes divinas, a la sagra- 
da idea de que a nadie más que al Dios dog- 
mático le estaba reservada la creación prodi- 
giosa. Si el hombre, pues, libre de toda reli- 
gión y prejuicio, hiciera un exámen razona- 
do de la experiencia adquirida y de la árdua 
ciencia que sobre ella ha edificado, no le se- 
ría difícil comprobar que todas las cosas del 
Universo en general y de la función de la vi- 
da en particular, siguen por una ley fatal, in- 
mutable, de origen igual a su substancia, un 
mismo ritmo, un proceso de evolución simi- 
lar y en un único sentido o dirección, y que 
aún las obras del hombre, no obstante ser de 
artificio, composición deliberada, de inteli- 
gencia, y no predeterminada como en la ma- 
teria en sí, pasan también — posiblemente, por 
ser creación de un ente de la misma proce- 
dencia — por una progresión perfectiva o as- 
cendente de análogo desarrollo. Y comproba- 
do esto, poca cosa costará entonces suponer 
con un gran sentido lógico y con un muy 
apreciable fundamento, que tanto las gran- 
des creaciones del Universo como hasta las 
más ínfimas de la vida orgánica, son número, 
esencia y valencia de una misma unidad; han 
adquirido cuerpo, forma y grandeza a tra- 
vés de fenómenos de transformación seme- 
jantes, y que cumpliendo ineludiblemente sus 
leyes, continuarán más allá de nuestros días 
' — míseros días — su vertiginoso camino ha- 



26 MANUEL MEDINA BETANCORT 



cía la nada total, sin que por desgracia o por 
suerte — ¡quién lo sabe! — Dios alguno situa- 
do por si mismo o por nosotros antes o des- 
pués de la materia, pueda evitarlo. 

¿Por qué culpar al hombre...? 

Si la existencia del Universo se rige por le- 
yes directrices "inteligentes", lo que lleva a 
las religiones al deslumhrado presentimiento 
de una potestad divina, al simbolo Dios, hay 
que convenir con tristeza irremisible, que 
los bienes o fines de la misma existencia no 
son para el hombre, que en el caso no seria 
más que un pobre ser en la Creación, juguete 
infeliz como todos los que están con él en la 
Tierra, y que aparte de su mera función de 
instrumento, no cuenta para nada en los de- 
signios superiores que cumplen esas leyes, al 
impulso de los cuales sigue su curso irrefre- 
nable el torrente de la Vida. Y si esto es asi, 
¿el hombre debe reverenciar a esa potencia 
suprema por su advenimiento al mundo, has- 
ta el extremo miserable de despreciarse y ne- 
garse a si mismo, de renegar de su condición 
y de renunciar a sus posibilidades? 

Nuestro concepto humano, que es el limi- 
te máximo de todo concepto, (*'el hombre 
es la medida de las cosas" ha dicho Protágo- 
ras) , conoce experimentalmente, al transcu- 
rrir de la vida, qué es el bien y qué es el mal, 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



27 



o sea el dolor y el placer en sus términos ge- 
nerales. Si al dársele cuerpo y ser en el mun- 
do, se le dotó al hombre de un destino des- 
graciado, por qué culpar a quien, sin que- 
rerlo, lo ha recibido:, y no a auien deliberada- 
mente se lo dió? Es en vano argüir — delez- 
nable sofisma, estólida explicación de lo in- 
expHcable — que toda la historia de nuestra 
materia viva y del espíritu consciente que la 
gobierna, está más allá de nuestro placer y 
nuestro dolor, que uno y otro, como lo quie- 
ren los exégetas sectarios de los libros sagra- 
dos, no son más que despreciables pasiones de 
la carne temporal, tránsitos de expiación y 
purificación de nuestros pecados bestiales, ha- 
cia una dichosa vida futura en el seno de Dios. 

Es por eso que los creyentes en la divinidad, 
frente a la razón que los confunde con sus de- 
mostraciones, frente a la dureza de la existen- 
cia y frente también a su desilusión, conclu- 
yen por decir que la vida humana no es de es- 
te mundo, y para situarse en otro más biena- 
venturado, crean el alma, no el alma como 
fulgor del fuego dinámico de la propia vida 
de cada uno, sino un otro yo, autónomo, va- 
go, imponderado, sin substancia de carne, y 
según ellos de prístina pureza, de vida eterna, 
de origen divino; en fin: una cosa ideal, eso- 
térica, indefinible, sin contornos ni fronte- 
ras, y a la cual por su misma reconditez y mis- 
terio es posible suponerle todos los aspectos 



28 MANUEL MEDINA BETANCORT 



imaginables y atribuirle todas las virtudes que 
los obcecados detractores de nuestro humilde 
barro desearian poseer. Demasiado saben que 
nadie, por cierto, ha de venir en ningún tiem- 
po ni en ninguna forma a desmentirlos, pues- 
to que esa peregrina creatura no es ente de 
razón, de intelección y de probanza, sino de 
pura imaginación, de divagación y de embele- 
co, y que dentro del buen discernimiento 
únicamente podría ser admitida como fábu- 
la, como' una bella fantasía para embriagar de 
ilusión a ingenuos ambiciosos o desconsolados. 

Sólo somos en nuestro hoy. 

En un breve ensayo, aparecido en los dia- 
rios. Ortega y Gasset discurre en su manera 
tan enjundiosa y elegante sobre "Cómo cam- 
bia la vida humana", tomando como punto 
inicial la confesión de un tenorio que renun- 
cia a ser el amante de una mujer que se le 
ofrece, porque razona que a los cincuenta 
años y después de haber sido amante de otras 
mujeres, ya no le es posible ''hacer el amante" 
no sólo como se debe, sino dentro de un "esta- 
do" de amante. 

"Los cincuenta años, comenta el autor, 
significan una realidad absoluta, no porque el 
cuerpo flaquee o la psique se afloje, cosa que 
a veces no acontece, sino porque a esa edad se 
ha acumulado más pasado viviente, se ha si- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



29 



do más cosas, y se tiene más experiencia". 
Lo que quiere decir que el pasado gravita so- 
bre el rehusante, interviene en su vida nueva, 
negativamente para este caso, y en esa condi- 
ción influye y toma parte en su yo de enton- 
ces. Por este camino, de reflexión en refle- 
xión, apoyándose en hechos personales o ge- 
nerales, en fenómenos sociales o políticos, el 
filósofo hispano concluye que si en nuestra 
vida existe pasado, lo habrá como presente y 
actuando "ahora", en lo actual de ella. "Si 
analizamos, dice, lo que ahora somos, si mira- 
mos al trasluz la consistencia de nuestro pre- 
sente para descomponerlo en sus elementos, 
como puede hacer el químico o el físico con 
un cuerpo, nos encontramos sorprendidos 
cpn que nuestra vida, que es siempre "ésta", 
la de este instante presente o actual, se "com- 
pone" de lo que hemos sido personal y colec- 
tivamente". 

Nosotros, con nuestro modesto juicio, en- 
tendemos que, en efecto, el pasado está en no- 
sotros, en el ahora de cada día que vivimos, 
pero está más influyente o concurrente que 
actuante, porque nuestro hoy y su ambiente 
si bien sobre la base o con la substancia del pa- 
sado, de nuestro pasado, son en realidad los 
que actúan y nos caracterizan en el ser, en el 
acto de ser y en su manera. Vamos viviendo 
en la vida y en nuestra vida como de viaje, y 
aunque traemos a ese viaje una persona ante- 



30 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



rior, sujetos como estamos a las influencias 
del camino, nuestra vida experimenta sus 
contingencias y nos va cambiando, sobre esa 
persona, sucesivamente en otros, a medida que 
el viaje transcurre y nos modifica física y psí- 
quicamente. De manera que si es verdad que 
nos sostenemos en el caudal de vida vivida y 
acumulada hasta la hora de nuestro hoy, el 
cual nos puede dar una medida de las posibi- 
lidades para el porvenir de nuestra ruta, el 
hoy, con toda su presión circunstancial es 
principalmente quien nos hace vivir, porque 
vivimos en acción de presente, nuevos, total- 
mente como suma, y en última palabra. Yo 
no sé si Ortega y Gasset quiere hacer de las 
palabras pasado y presente términos expresi- 
vos de cosa en marcha, de función sucesiva, 
continua, incesante, segundo a segundo, mi- 
nuto a minuto, o cuando mucho día a día, a 
medida que se vive, pues si así fuera, el pre- 
sente, sobre todo, sería imposible de ubicar, 
porque apenas si lo habría de tan breve y fu- 
gaz. Pero estimando que el notable filósofo 
hispano no querrá hacer el argumento y la 
opinión sutilizando tanto el concepto, enten- 
demos que el sentido de presente, al igual que 
el de pasado, se debe considerar como un lap- 
so de tiempo, con relación al largo de la vida 
del hombre, de entidad definida y aquilatable 
no sólo para la ontología sino para el juicio 
común. En la otra forma, en la de variación 



EL HOMBRE EL MUNDO 'DIOS 



31 



constante, habría poco lugar y materia para 
poder referirse a la vida actual o presente del 
humano ser. Se es lo que se es, no lo que se ha 
sido, porque por más que se pueda provenir 
de lo que pasó, lo que ya se ha vivido no vol- 
vería a vivirse — aunque en un sentido subal- 
terno, de servidumbre, de acervo, de herra- 
mienta — si el presente, ejecutor soberano, 
no lo utilizase. Cuando mucho puede admi- 
tirse que el pasado es también nuestro presen- 
te, pero en la medida que nos valga o nos pue- 
da servir para la expresión vital de nuestro 
hoy. Cuando nos referimos, por ejemplo, a un 
hoy de ayer, a un presente pasado, solemos de- 
cir: Cuando yo tenía veinte años, o treinta, o 
cuarenta, yo era así, yo sentía esto, yo pensa- 
ba estotro. De manera que todos, como un fe- 
nómeno natural, consideramos siempre que 
para cualquier época de nuestra existencia, 
nuestro vivir real, íntegro, únicó, está en un 
hoy, en un presente preciso, característico, 
determinado. 

Quizá, ajustados estrictamente al hilo re- 
flexivo que desarrolla Ortega y Gasset de 
acuerdo con los motivos iniciales de su espe- 
culación, nuestra manera de ver se diversifi- 
que, tome un rumbo que si bien tuvo el mis- 
mo punto de partida y se halla dentro del te- 
ma, ha terminado por ser un nuevo aspecto 
de la influencia del pasado en el presente de 
todos los días de nuestra vida. Sea o no, de 



82 MANUEL MEDINA BEfANCÓRt 



cualquier manera nos complace que el ilustre 
maestro nos haya dado motivo para discurrir 
con él o a causa de él sobre cosas de tanta en- 
tidad y belleza. 

Simbolismo y decadentismo. 

Simbolismo, según lo que predican las más 
autorizadas capillas de la orden, es hacer difí- 
cil el verdadero sentido de las cosas por medio 
de símbolos y representaciones más o menos 
complicadas y obscuras, manera o estilo ar- 
tístico al que los miciados, con aires de supers, 
califican, en términos máximos, de hortiis 
conclnsiis, eliteísmo, quintaesencia, arte puro, 
¡qué se yo! Y sin embargo, más que un arte, 
el simbolismo, que también se llamó decaden- 
tismo, es simplemente un juego pueril, dentro 
del cual se puede disimular bien la ignorancia, 
la ineptitud, el cinismo y hasta el desequili- 
brio mental. Porque el artista, aun esiando, en 
ocasiones, más allá del hombre normal, nor- 
mal en el sentido de cordura, no debe ser lo- 
co en el sentido de incoherente, de incompren- 
sible, puesto que entonces no entendiéndola 
nadie, y posiblemente ni el mismo autor, su 
obra ya no es arte sino disparate, y siendo dis- 
parate sólo podría servir como dato de clasifi- 
cación en una clínica de alienados. Y para rea- 
lizar ese juego de niños, de audaces y de aluci- 
nados — el artificioso simbolismo — no es pre- 



FL HOMBRE EL MUNDO DIOS 33 



ciso ser genio, ni mucho menos, como quieren 
algunos escritores snobs que se las echan de 
críticos de arte, o bien que defienden la cla- 
se y calidad de sus propios engendros **para 
hacerse cartel", esto es, un poco de ruido a 
su alrededor que a manera de vientecillo o 
ráfaga los tome de globos y los levante un 
momento en el espacio público, aunque ese 
momento tenga la duración de un grito o de 
un cohete, ya que les sería imposible preten- 
der más con martingalas o artilugios inte- 
lectuales de tan poca importancia. 

El simbolismo como escuela, o mejor dicho 
como tesis, parece más que un programa esté- 
t'co, una verdadera botitade de cierta "gente 
(V* letras" de su país de origen, Francia, que 
?iG importándoseles ni un ardite de las más 
f -indamentales conquistas del pensamiento 
humano, como el raciocinio, la lógica, la cien- 
cia, así como el conocimiento y la emoción 
artística dentro de ese órderi .de conquistas 
culturantes y que ellos llamarán sensatas co- 
• mo desprecio, — han de lanzarse a inventar 
versos o prosas de las más desordenadas for- 
mas y sintaxis, donde el concepto, si lo hay, 
para hacerlo misterioso e importante lo em- 
brollan en "un delicioso caos", en "un exqui- 
sito laberinto" como dirá Rcmy de Gour- 
mont, lo meterán, adoctrinados por Baude- 
laire, -en una "selva de símbolos" tan abstru- 
sos y en unas imágenes compuestas con pa- 

3 



34 MANUEL MEDINA BETANCORT 



labras de sentido tan contradictorio, que al 
terminar de leerlos uno no puede menos que 
preguntarse cómo es posible que a tales desva- 
rios literarios se les deje circular sin opos'ción 
y hasta con reverencia por los centros más re- 
presentativos de la civilización y la cultura. 
A eso ellos, los pontífices y sus admiradores le 
llaman lo recóndito, lo hermético, la ambro- 
sia, el manjar de los dioses, la evasión de lo pro- 
saico, la fuga en el ensueño, el mstrumento 
que da el conocimiento de lo absoluto, **€l co- 
nocimiento de lo absoluto": líqué será eso? 
"Lo absoluto debe ser el cero de toda deter- 
minación, y la única manera de ser que le 
conviene es la Nada", dice Amiel. ¿Para qué, 
entonces, ese obcecado empeño de buscar **su 
conocimiento"? Lo absoluto es también, según 
dicen los exégetas de este arte esotérico, '*la 
idea suprema e incondicionada", con la que 
pretenden llegar, en definitiva, hasta una irre- 
batible interpretación de Dios, de la idea de 
Dios. ¿Es, acaso, que se va a ir a ella por tal 
selva oscura, por tales laberintos? Como se 
ve, todo son frases, palabras, retóricas. Nada 
del mundo. Nada de la vida. Ellos mismos lo 
proclaman como fundamento de su disiden- 
cia. Queremos huir del materialismo, del mer- 
cantilismo, de lo vulgar, de la muchedumbre, 
de la consueta realidad de todas las horas. Es 
tan mala la vida! parecen decir despreciándola. 
¿Pero dónde hallar otra más aceptable, y so- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



35 



brc todo es acaso que el hombre haría una 
mejor aunque fuese por un solo minuto? ¿Es 
acaso que con su postura estos pretensiosos re- 
formadores se han inventado otra naturaleza, 
otro mundo, una física ideal, afísica, metafí- 
sica, el sésamo mágico que sin salirse de la vida 
les haga escapar de la misma? En esta farán- 
dula heterogénea qué es el simbolismo o los 
simbolistas, unos han ido a ella y en ella se es- 
tuvieron por desequilibrio, otros por pose, 
otros por audacia, otros por "macaneadores" 
como decimos por acá, muchos por un poco 
de cada cosa. Aunque todos no son iguales, ca- 
si todos se parecen en la extravagancia, en la 
obscuridad y en el descaro con que exhiben 
sus funambulescas cabriolas. Y pensar que 
dentro de sus medios de expresión, esta enfer- 
medad de decadentes ha existido y vivido, 
aunque por suerte sólo con carácter periódico, 
intermitente, de epidemia, en todas las demás 
artes, principalmente en pintura! Ayer.se lla- 
maba en literatura decadentismo, simbolismo, 
instrumentismo, magnificismo; hoy se llama 
ultraísmo, vanguardisrno, nueva sensibilidad, 
y en pintura expresionismo, superrealismo, cu- 
bismo. Mañana, si el contagio de la chifladura 
sigue — que ha de seguir, pues el afán de exhi- 
bición por cualquier ^medio y modo es de to- 
dos los tiempos — ya tendrá también su nom- 
bre o sus nombres, todos ellos nuevos y ambi- 
ciosos, aunque en el fondo no hagan más que 



36 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



repetir con modernos rótulos antiguas postu- 
ras. Lo más grave para nosotros los que esta- 
mos en el ambiente de ahora es que el ultraís- 
mo y el vanguardismo, nuestro simbolismo de 
hoy, son todavía más malos y perniciosos que 
lo que fueron en su tiempo los padres de que 
proceden, puesto que si el decadentismo y el 
simbolismo eran funambulerías y rebuscados 
enigmas, tenían siquiera la disculpa y hasta la 
atracción de que se preocupaban de la selec- 
ción espiritual y retórica, de la distinción de 
los símbolos y las formas. Hoy nuestros nuevos 
"raros", aunque siguen parecidas fórmulas y 
recetas, lejos de mantener aquella preocupa- 
ción cultural de los antepasados que les daba 
cierta elevada tesitura, parece que hasta se jac- 
taran de mostrarse pedesj;res, chabacanos e ile- 
trados en su afán de despreciarlo todo, hasta 
siquiera de aparentar educación. Bueno. No 
poca parte de la culpa y la disculpa de esto la 
tiene la moda "cientificista" del subconscien- 
te, según la cual todos nuestros actos esencia- 
les son dictados, más o menos inteligiblemen- 
te, desde el fondo obscuro de nuestro yo. Y si 
ello es así, se han dicho los revolucionarios de 
hoy, jipara qué más? 



El, HOMBRE EL MUNDO DIOS ' 37 



El racionalismo y la divinidad. 

Por el ''Discurso del Método para guiar 
acertadamente a la Razón y buscar la verdad 
en las Ciencias", que le ha hecho famoso más 
que ninguno de sus otros trabajos científicos 
y literarios, se ha dado en llamar a Descartes 
Padre del Racionalismo. Es posible que para 
la época que apenas y con gran resistencia se 
iba . desprendiendo de la pesada losa religiosa 
y feudal de la Edad Media, fuera sorprenden- 
te y escandalosa la teoría cartesiana de que las 
cosas deben aceptarse como verdaderas sólo 
cuando la razón lo haya comprobado. Nada 
de verdades impuestas por los dogmas tanto 
religiosos como filosóficos, por la tradición, 
por los fanatismos, por las supersticiones o la 
ignorancia. Lo que es profundamente lamen- 
table es que tan hermosa actitud filosófica que 
en aquel ambiente sombrío parecía venii in- 
esperadamente a combatir con la fuerza revo- 
lucionaria de un explosivo por la Hbertad e in- 
dependencia de la inteligencia humana, estu- 
viera condicionada, reducida y desnaturaliza- 
da por el límite religioso, inadmisible en seme- 
jante doctrina cuya solidez fundamental y cu- 
ya fuerza prevalente sobre todas las otras que 
pueda concebir el hombre, está precisamente 
en que se sostiene en las tres potencias máxi- 
mas del hombre cultivado normal: la verdad, 
la razón y la inteligencia, o al revés: la inteli- 



38 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



gencia, la razón y la verdad. Al emprender con 
entusiasmo y tesón propios de la juventud 
— tendría alrededor de 23 años — la reforma 
del edificio de su yo, construido hasta enton- 
ces con las ideas, conocimientos y técnicas que 
había encontrado al entrar a la vida adulta, 
ideas, conocimientos y técnicas que él consi- 
deraba inferiores y perniciosas por lo sectarias 
y faltas de solidez racional, ^ Descartes st 
proponía hacerse a sí de nuevo poniendo en 
práctica el sistema o método que su clarivi- 
dente juicio había concebido de acuerdo con 
lo que la vida le sugería como más arreglado a 
la verdad substancial, a la verdad real o ver- 
dadera que sólo se expresa como tal cuando 
en cada caso ha sido demostrada por el exámen 
v la experimentación. "Por !o que respecta a 
las opiniones por mí hasta entonces recibidas, 
dice, nada mejor podía hacer que desde luego 
desnudarme de ellas, a fin de sustituirlas por 
otras mejores, o por las mismas si llegaban a 
acomodar con los dictados de la razón. Creía 
firmemente que así llegaría a conducir mi vi- 
da mejor que si edificase sobre antiguos .*^un- 
damentos y sólo me apoyase en los principios 
que desde mi juventud me habían inspirado, 
sin nunca examinar si eran ciertos". **Apren- 
dí a no creer muy firmemente nada de lo que 
se me había inculcado por la costum^bre y el 
ejemplo; y así me libré poco a poco de muchos 
dé los errores que pueden oscurecer nuestras 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



39 



luces naturales e incapacitarnos algún tanto 
para comprender la razón". ''Tenía siempre 
extremado deseo de aprender a distinguir lo 
verdadero de lo falso, para ver con claridad 
m's acciones y marchar seguro en esta vida" 
"El primer estado de mi espíritu fué no acep- 
tar jamás cosa alguna por verdadera que no 
conociese evidentemente como tal, es decir, 
evitar cuidadosamente la precipitación y la 
prevención, y no admitir nada en mis juicios 
que no se presentara tan clara y distintamente 
a mi espíritu que yo no tuviese ocasión de po- 
nerla en duda". Sin embargo de toda esta afir- 
mación y confirmación de sus convicciones ra- 
cionales, como si repitiéndolas en forma clara 
e inequívoca quisiera reconfortarse a sí propio 
para estar siempre alerta y preparado ante los 
innumerables y tremendos enemigos que se le 
pondrían delante con el macizo frente de toda 
una época y el profundo fondo de toda la his- 
toria humana, el reformador no pudo o no tu- 
vo suficiente coraje para extender o totalizar 
su liberación y la de su conciencia hasta la 
creencia religiosa, hasta la idea de Dios, que es 
nada menos que la idea máxima del hombre 
por la cual busca resolver el enigma de la vi- 
da, inclusive la suya, y que todavía en aquellos 
tiempos fanáticos e intolerantes, era, en reali- 
dad, no una idea reHgiosa, sino una psicosis, un 
delirio de divinidad capaz de las más grandes 
guerras como la de los Treinta años, de las más 



40 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



terribles matanzas como la de Saint Barthéle- 
my y de las más feroces crueldades como las 
que practicó la Inquisición. Por un lado la 
enorme presión que ejercia en su espíritu la 
opinión hecha que en religión tenía, sin discre- 
.pancia de fondo aunque sí de forma y de tex- 
to (católicos y protestantes) todo ese mundo 
occidental a que pertenecía y que a través de 
una tradición de siglos le había formado y cul- 
tivado una iglesia omnipotente que para in- 
culcar sus dogmas de grado o por fuerza te- 
nía a su disposición no solamente los efectis- 
tas artilugios de las promesas y castigos de ul- 
tratumba, sino cuantos poderes soberanos exis- 
ten sobre el planeta: los gobiernos, los ejérci- 
tos, las éliíes, y como gran coro o comparsa 
sumisa, al pueblo ignaro y supersticioso. Por 
otro lado, el miedo a caer en desgracia de la 
autoridad, en ser perseguido y castigado por 
difundir doctrinas disolventes y hacer afirma- 
ciones científicas contrarias a la ciencia ofi- 
cial y a la teología, le hizo, quieras que no, ser 
prudente en su reforma y no rebasar los lími- 
tes humanos, esto es, los límites conocidos del 
mundo real. "Pongo aparte las verdades de la 
fe'', dice, posiblemente para evitar ponerlas 
frente a frente con las verdades de la razón, 
con ese su sistema demoledor de ficciones y 
prejuicios. Por eso una de sus mayores preocu- 
paciones fué siempre la de eludir la contro- 
versia pública y dar a sus corresponsales y con- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 41 



sultantes toda clase de explicaciones. Y en tan- 
to se ocupaba de reedificar sobre los escombros 
de la anterior, su casa moral e intelectual, de 
hacerse otra conciencia de la vida de acuer- 
do con su nuevo concepto de hallar la verdad 
por la razón, se formó "para vivir con la ma- 
yor comodidad posible", según confiesa pala- 
dinamente, un como tinglado provisional con 
tres o cuatro máximas fundamentales, en que 
la primera de todas era "la de obedecer a las 
leyes y costumbres de mi país, conservando 
constantemente la religión en que, gracias a 
Dios, educaron mi infancia". Se deja ver a 
través de todo su "Discurso" que su cuidado 
constante es escoger para sí las opiniones más 
moderadas, evitar la censura y aquello que pu- 
diera parecer perjudicial para la religión y el 
Estado. Y que no eran exageradas sus preocu- 
paciones e infundados sus temores quedó de- 
mostrado con la condena que dictó el Santo 
Oficio contra Galileo por haber afirmado co- 
mo lo había escrito él en su "Tratado del Mun- 
do" y que no publicó hasta más tarde, que la 
Tierra giraba alrededor del Sol; con la cam- 
paña que le hizo la Universidad de Utrech a 
su Física y a sus Meditaciones Metafísicas, con 
la agria reprobación de la Sorbona, baluarte 
y cátedra del dogma tradicional, y con las 
enconadas persecuciones del clero seglar y 
regular a toda su filosofía racionalista. 

Pero como quien lleva en sí una pasión, una 



42 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



luz o un perfume más fuerte que su poder de 
ocultación, a cada paso en los análisis y refle- 
xiones de su ''Discurso" se deja ver — por más 
que quiera sofísticamente dividir su concepto 
de la verdad entre la verdad humana y la ver- 
dad divina — el fondo regidor de su espíritu, 
toda la raíz de su idea apostolada, la firmeza 
del camino que se ha trazado para redimir de 
sus prejuicios y prisiones a la conciencia del 
hombre de su época y que iba a ser también el 
padre del hombre del porvenir. Véanse sino las 
citas que hemos hecho al referirnos a su pro- 
pósito de buscar por sí mismo y para la reedi- 
ficación de su yo, la verdadera verdad de las 
cosas. En cuanto a la idea de Dios es curioso 
observar cómo "la hace", cómo la razona, di- 
gamos, aunque en general se aparte muy poco 
del artificio sofístico que usan los sectarios re- 
ligiosos cuando quieren explicar y convencer 
acerca de la existencia de Dios, de su esencia 
maravillosa y de su omnímodo poder: "No 
podía ocurrir otro tanto con la idea de un 
ser más perfecto que yo, porque era mani- 
fiestamente imposible que de la nada la tu- 
viera. Y como no repugna menos que lo más 
perfecto sea consecuencia y dependa de lo me- 
nos perfecto que el que de la. nada proceda al- 
guna cosa, no pude dejar de rechazarlo. De 
modo que sólo pudo dármela una naturaleza 
verosímilmente más perfecta que yo y que tu- 
viera en sí cuantas perfecciones pudiera yo 



tL HOMBRE HL MUNDO DIOS 43 



idear; en una palabra, Dios. A esto se agrega 
que, pues yo conocia algunas perfecciones que 
no tengo, no era yo el único ser existente (dis- 
pensadme si uso los términos de la escuela) , si- 
no que era necesario hubiese otro más perfec- 
to, del que dependiera y a quien debiera lo que 
tengo; porque si hubiese yo sido solo e inde- 
pendiente, de modo que hubiera tenido por 
mi lo poco en que participaba el Ser perfecto, 
por la misma razón hubiera también tenido 
todo lo demás que reconocía faltarme, y ser 
así infinito, eterno, inmutable, omnisciente, 
omnipotente, y dotado, en fin, de todas las 
perfecciones que en Dios encontraba. Porque 
según los razonamientos que acabo de hacer, 
para conocer la naturaleza de Dios tanto co- 
mo puedo conocer la mía, sólo tenía que consi- 
derar, en las cosas de que tengo alguna idea, si 
era o no perfección poseerlas, y obtendría la 
seguridad de que no hay en él nada de lo que 
es imperfección, y sí todo lo que no lo es". En 
este discurso deductivo hay, como se ve, un rá- 
pido desfile de premisas y conclusiones de tan 
poca consistencia, qué no sólo no llegan a de- 
mostrarle nada al lector estudioso, sino que pa- 
recería más bien una argumentación hecha ex- 
profeso para darse a sí mismo una justificación 
cualquiera por su contradicción filosófica, que 
ahogara ¡si fuera posible! los gritos acusado- 
res de su conciencia de apóstol racionalista. Le 
repugna que lo más perfecto pueda provenir 



44 



MANUEL MEDINA BETANtORT 



y depender de lo menos perfecto, que de la na- 
da pueda proceder alguna cosa, y sin embargo, 
cree en Dios, que como no tuvo anterior, se- 
gún enseña el dogma, necesariamente debió 
proceder de la nada. Y a renglón seguido dice: 
*'De modo que sólo pudo dármela (la idea de 
un ser más perfecto que él) una naturaleza ve- 
rosímilmente más perfecta que yo y que tu- 
viera en sí cuantas perfecciones pudiera yo 
idear; en una palabra. Dios". Quiere decir que 
basta que nosotros no nos creamos — debido a 
su propia excelencia — productores de nuestras 
buenas cualidades, (ya que nos parece mucho 
eso de '^perfecciones") , para que ipso jacto 
nos imaginemos "verosímilmente" que hay de- 
trás y por encima nuestro una naturaleza su- 
perior — esta sí perfecta de toda perfección — 
que nos ha dado graciosamente esas cualidades 
como virtudes, es posible — hay que suponer- 
lo — con el doble propósito de demostrar su 
poder y su sabiduría, y de tener en la Creación 
una especie inteligente a su hechura y seme- 
janza, que adivinándole en presencia en algu- 
na parte, le tiemble, le admire y le adore faná- 
ticamente. ¿Por qué este racionalista en vez de 
admitir como causa un Dios, un ente divino, 
no puede suponer con más verosimilitud, que 
tanto el hombre como las demás cosas del Uni- 
verso, son el resultado — sin valor como objeti- 
vo aunque sí como medio — de un conjunto de 
fuerzas ciegas, de origen desconocido, que des- 



r.L HOMBRE EL MUNDO DIOS 



45 



de incalculables tiempos remotos vienen há- 
ciendo, haciendo y deshaciendo en función 
evolutiva, estas formas y organismos que so- 
mos, más o menos completos, más o menos 
maravillosos, más o menos dignos de habernos 
hecho pensar — de acuerdo con nuestro con- 
ceptual estilo de concretar en individuo toda 
entidad capaz de poder — que sólo pudo con- 
cebirnos y realizarnos un ser divino? ¿Qué 
Dios es ese que han ideado las religiones, casi 
todas ellas sobre un patrón semejante en sus 
atributos esenciales de grandeza y poder, que 
siendo según ellas y como Descartes también 
lo entiende, infinito, eterno, inmutable, om- 
nisciente, omnipotente y dotado de todas las 
perfecciones que le quieran suponer, no tiene 
regularmente las de ser justo, bueno e inteli- 
gente en cuanto al hombre, que es el único ser 
con facultades para imaginarlo y acaso reco- 
nocerlo, pues no acordando ni la vida del mun- 
do, ni la del mismo Dios con la del hombre, 
que según afirman es su propio hijo, ese Dios 
y padre lo hace sufrir, no le hace **su justicia", 
ni le capacita, como seria lo natural, para com- 
prenderlo, seguirlo y amarlo sin temor ni in- 
terés? 

Quizá todo esto lo vió y lo pensó el Carte- 
sius cuando se propuso difundir su gran doc- 
trina,* pero de natural timido, le faltaba 
grandeza de héroe o de mártir para llevarla 
adelante en toda su magnitud y hacerla triun- 



46 MANUEL MEDINA BETANCORT 



f ar aún al cuantioso precio de sus ideas, de 
su reputación y de su martirio, y menos toda- 
via al de su vida. Y entonces hizo un limite, 
puso una valla entre lo humano y lo divino, 
aunque tal limite y tal valla, por no ser en rea- 
lidad más que aparente, no le libró de ser per- 
seguido y excomulgado, puesto que iba impli- 
cito en su propósito de rehabilitar por la 
razón al hombre, la destrucción de la idea di- 
vina. 

;La existencia de Dios! Toda cosa, hacedora 
o no, requiere primero haber sido hecha. Y si 
Dios, Supremo Hacedor según las teologías, no 
es substancia y sí espíritu, a pesar de que casi 
todas ellas lo figuran antropomorfo y dotado 
de las mismas pasiones fundamentales del hom- 
bre, cómo es que pudo hacer materia, y orde- 
narla, y organizaría, y darle forma y leyes, y 
todavía gobernarla y velar permanentemente 
por ella? ¿De dónde sacó los elementos de esa 
materia, dónde estaban ellos, y si los creó de 
qué los creó y con qué finalidad de órden su- 
perior, propia de un pensamiento divino, ya 
que no se podría admitir como grandeza del 
Teos el hacer y repetir hasta la disolución de! 
material, formas de naturaleza, ni tampoco 
que sólo se propusiera al crear el Universo dis- 
traerse, como en juego, de su inconmensura- 
ble soledad? Y aún suponiendo que el Creador 
del Todo nació por generación espontánea, de 
la Nada — cosa imposible — ¿dónde es que se 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 4? 



halla ubicado? ¿En lo que se llama cielo? No. 
Preguntadle a los sabios qué se ha hecho ese 
cielo eclesiástico, sea de la religión que sea, y 
teda su corte celestial. ¿En las cosas? Entonces 
ya no será ente, entidad, individuo, fuerza o 
inteligencia constructora, creadora, directriz. 
Entonces seria ya materia, fuerzas vivas, natu- 
raleza. La ficción Dios ha sido inventada por 
el hombre, primero debido a su ignorancia y 
su miedo, después a su ignorancia, su miedo y 
su admiración; más tarde por todo eso y tam- 
bién por su irresistible debilidad de darse pisto, 
de hacerse una cosa importante, nada menos 
que hijo directo o predilecto del Todopodero- 
so, de mostrarse, aunque sólo fuese entre sus se- 
mejantes, profundo y trascendente, saliéndose- 
de su tierra de gusano, y despreciándola, creer- 
se compuesto en su yo inefable de un alma, o 
de un espíritu, o de una esencia pura de carác- 
ter divino. Y asi fué que se fabricó su montón 
de religiones, y de misticas, y de dioses, y de- 
sestimando estúpidamente la vida, sobre todo 
la suya propia, la alteró, la adiilteró, la puso al 
revés, y trastrocados los conceptos del bien y 
del mal, los sentidos normales de li razón, con- 
cluyó por crear un estado colectivo de dese- 
quilibrio conceptual, de razón aparente, una 
verdad no con arreglo al proceso real de la vi- 
da, sino a la superstición religiosa, a las fabule- 
rías innumerables que buscaban y establecían 
una verdad hipotética detrás de la muerte, más 



48 



MANUEL MEDINA BETANCORf 



allá de la vida, más allá de los sentidos del 
hombre. ¡Y pensar que se haya hecho derramar 
tanta sangre, que se haya provocado tanto do- 
los, y que se haya impuesto tanta violencia 
a la conciencia humana para obl 'garla a acep- 
tar y creer cosas de este calibre! En una ver- 
dadera civilización, bastaria para condenarse 
como al mayor crimen que se comete, el pro- 
clamar y predicar que el hombre debe despre- 
ciar esta vida con todos sus bienes y sus linali- 
dades por otra inventada o supuesta para más 
allás de la muerte, en fin, desnaturalizar de su 
destino al hombre, desmoralizarlo, empujado, 
precipitado poco a poco pero fatalmente hacia 
una negación suicida, hacia una extinción, por 
degeneración, de toda su especie! 

Dicese que se sabe de Dios por la verdad 
revelada, por lo que se interpreta de los san- 
tos libros, la Biblia, por ejemplo, y de acuer- 
do con esto gobiernan a sus fieles y quie- 
ren imponer al hombre de toda la tierra, a 
sangre y fuego, su versión de la creación y 
existencia del Universo. ¿Es posible que el 
hombre — la inteligencia del hombre — que 
según las religiones tan poco es, pueda en- 
tender ni aún por via de sus mentores más 
inspirados: sus profetas y sus apóstoles, esa 
siii generis verdad revelada, y pueda asegurar 
que es ella la verdad divina? ¿Es posible que los 
libros llamados santos hubiesen sido dicta- 
dos — ya que seria excesiva impostura afir- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 49 



mar que fueron escritos directamente — a al- 
guien terreno que tuviese la poderosa facul- 
tad de oír y de comprender el lenguaje, y 
las ideas, y el espíritu divino — tres cosas que 
deben ser a cual más formidable en un Dios — 
para lo cual ese álguien debía haber poseído 
por lo menos una capacidad de entendimiento 
tan sobrenatural como la del propio Dios, que • 
ateniéndonos a una de las versiones que se dan 
de él, la más auténtica según la civilización oc- 
cidental, y que es, por otra parte, la que se con- 
sidera más civilizada, — creó nada más que en 
seis días, en seis de los breves días del mundo, 
todas las maravillas que en masa, superficie y 
profundidad existen y persisten para nuestro 
asombro y pequeñez por los orbes innume- 
rables? Descartes mismo no obstante aceptar 
como buena la verdad revelada (¿revelada por 
quién, y a quién?) considera sin ambajes que 
tales verdades son superiores **a nuestra inteli- 
gencia", que es como decir a la de toda la hu- 
manidad, y que para hacer su examen se nece- 
sita ser nada menos que sobrehumano. Dice así, 
textualmente: ^'Respetaba nuestra teología, y 
aspiraba como todos a ganar el cielo; pero te- 
niendo por seguro que el camino está abierto 
igualmente a los ignorantes y a los doctos y 
que las verdades reveladas que conducen a él 
son superior*es a nuestra inteligencia, no hubie- 
ra osado someterlas a la debilidad de mis razo- 
namientos, y pensaba que para acometer su 

4 



50 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



examen y llegar a hacerle, era preciso contar 
con cierta extraordinaria asistencia del cielo y 
ser nada menos que sobrehumano". Esta es la 
grave falla del edificio filosófico cartesiano: 
explicar, admitir al mismo tiempo la ver- 
dad racionalista y la verdad revelada. ¿Co- 
mo es que siendo de inteligencia tan razona- 
dora para todo lo demás, admite en block, 
en toda su versión, sin discusión y sin exa- 
men, una verdad que aunque hubiera sido 
"revelada" según se le llama para disimular su 
calidad de invención, no hay nadie vivo den- 
tro del Universo ni aún el ser humano, que 
es a quien estaba destinada tal "revelación", 
que pueda, no digamos juzgarla ni medirla, 
que acaso eso fuera una irreverencia y una 
pretensión audaz, sino que ni siquiera enten- 
derla, para su ciego acatamiento? El mismo 
autor del "Discurso" lo viene a demostrar, sin 
querer, en lo que dejamos transcripto. Lo 
que ocurria era que éste, como ya lo hemos 
hecho notar, no deseaba tener deliberadamen- 
te ningún conflicto ni con el poder eclesiás- 
tico ni con la tradición religiosa, y por eso 
fué que, quizá, con un poco o un mucho de 
jesuitismo a fin de que le dejaran propagar su 
doctrina racionalista, hizo dos campos para la 
conciencia, el uno indiscutible por perfecto y 
divino, y el otro analizable y susceptible de 
grandes enmiendas por su viciosa condición 
humana. 



EL HOMBRE V.L MUNDO DIOS 51 



Los deístas recalcitrantes podrán argumen- 
tar todavía que no podemos saber lo que es 
Dio.s porque sus designios son superiores a 
nuestra capacidad y no los comprendemos; 
que la magnitud de sus propósitos está por 
encima de nosotros. Si eso fuera así, entonces 
por qué lo reverenciamos como Dios, qué nos 
puede interesar, qué debemos agradecerle y 
por qué sacrificarnos en su homenaje hasta el 
punto de negarlo todo por él, hasta a nosotros 
mismos? No solamente es el caso de preguntar 
por qué amarlo, ya que sin interés por nos- 
otros no nos ama, puesto que nunca fuimos 
su objetivo, ni nos supo o nos quiso evitar 
el permanente dolor con que vivimos la vida, 
sino por qué estarle rogando todos los días 
de nuestro rápido tránsito por el mundo, que 
no nos castigue, que no nos haga sufrir, que 
no nos haga perecer? Es inútil y estúpido in- 
vocar y honrar a un Dios que no está en 
nuestra vida, en el interés de nuestra vida, 
que no se ha preocupado ni de concebirnos 
mejores de lo que somos, ni de subsanarnos 
después las deficiencias con que nos puso so- 
bre la haz de la tierra. 

Es en vano que Descartes se esfuerce en 
querer convencer y convencerse por medio del 
raciocinio, de la existencia de un Ser Perfecto 
como le llama él, yendo a buscar hasta a la 
geometría y a la divagación de los sueños, 
peregrinos argumentos demostrativos de esa 



52 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



existencia. Es en vano que pretenda darnos 
un Dios razonado. Es una fantasía tan gran- 
de, que por más que la sabiduria humana 
se haya esforzado, no ha podido encontrarle 
interpretación o existencia comprensible den- 
tro de nuestro mundo real, lo que impide 
por lo tanto concretarlo, aunque sea por de- 
mostración, como verdad. Precisamente es el 
raciocinio, el sentido de examen, e! método 
de las certidumbres, el explosivo disipador 
de toda esa armazón, en su mayor parte 
sofistica, que se construye siempre que se pre- 
tende demostrar lo indemostrable, por lo me- 
nos mientras no aparezca en el Universo y 
en el cerebro del hombre un nuevo enten- 
dimiento de lo que es todo eso que está en 
nosotros y a nuestro alrededor, más abajo y 
más arriba de nuestras vidas. En esta porfía 
del filósofo por querer dejar presupuesta en 
la conciencia de los lectores de su ''Discurso" 
la existencia de Dios, llega hasta olvidar pre- 
cisamente los fundamentos de su doctrina, al 
hacer aserciones tan inconsistentes como ésta; 
"Es seguro que las cosas que clara y distinta- 
mente concebimos son verdaderas porque Dios 
es o existe, porque es un Ser perfecto, y todo 
cuanto hay en nosotros de El procede. De 
donde se sigue que, siendo nuestras ideas o no- 
ciones cosas reales y que vienen de Dios, en 
cuanto son claras y distintas, tienen que ser 
necesariamente verdaderas". De manera que 



EL HOMBRE 



EL MUNDO 



DIOS 



53 



las cosas nuestras que son claras y verdaderas, 
son así porque vienen de Dios y ello nos de- 
muestra su existencia? Lo mismo se podría ar- 
gumentar respecto de la existencia de cual- 
quier otro ente que se nos ocurra, puesto que 
afirmarlo porque sí, o porque lo sintamos; o 
lo presintamos, o lo imaginemos, no ganamos 
ni perdemos nada, aunque tampoco con ello 
nada demostremos. Por eso no iban a cambiar 
su condición de tal las cosas que para nuestra 
razón fueran claras y verdaderas. Y todavía, 
como si su afán deísta le ofuscara cada vez 
más, Descartes agrega: ''Si las razones expues- 
tas no han sido suficientes para convencer a 
algunos de la existencia de Dios y de su espí- 
ritu, quiero, finalmente, que sepan que todo lo 
demás, de que tan seguros se juzgan, como de 
tener cuerpo, y de que hay tierra y astros y 
cosas semejantes, es menos cierto". Esto que 
dice ya no es razón, ni física, ni siquiera me- 
tafísica, puesto que para dudar de la física no 
hace falta irse más allá de ella. Y por otra 
parte la física, ahí está, tangible, maciza, ac- 
tuante, indisipable, por más que la "abstrae- 
ticen" con la metafísica, aunque una y otra 
no se estorban, ya que una y otra se com- 
plementan. Aquí el sabio filósofo, siguiendo 
su tests de que lo más perfecto no puede 
depender de lo menos perfecto (la Natura- 
leza en este caso) , se aventura hasta a afirmar 
con una arrogancia C'que sepan") muy poco 



64 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



digna de un sabio que no lo llega a probar, 
que ni la Tierra, ni los astros, ni aún su propia 
cuerpo reforzado con el famoso cogito^ ergo 
S7ím, serán tan ciertos como la existencia de 
Dios. Claro es que especulando asi no habrá 
cosa desconocida que no tenga un argumento, 
pero es indudable que cualquier autoridad in- 
telectual que lo haga con afirmaciones tan 
deleznables, perderá valor y prestigio ante el 
juicio sensato del pensamiento humano. 

Para decir que hay Dios no basta inven- 
tarlo. Es preciso que exista. Y ninguna mani- 
festación y ninguna demostración convence 
todavia de esa existencia. Intuirlo, suponerlo, 
presentirlo, razonarlo sin pruebas, ni lógica, ni 
fundamentos sólidos, no es suficiente. Todo eso 
puede ser sugestión, imaginación, teorización, 
escolástica teológica^ o como la iluminación o 
revelación, histerismo religioso, patología men- 
tal o psíquica. Tampoco se pretenderá con- 
vencer con milagros. Son más verosímiles las 
muestras de que no tenemos Dios, lo que es 
indudablemente de lamentar a gritos, no sólo 
porque las admirables cosas físicas y espiri- 
tuales del mundo se lo merecían, sino porque 
"se ve" por su manera de ser y por lo que se 
empeña, que el hombre necesita de toda ne- 
cesidad tener un Dios que le guíe, que le 
llene de imaginación, que le envanezca y de 
quien se sienta digno. 

Y para concluir, transcribo, como opinión 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 6B 



corroborante, lo que ha dicho con bellas y 
valientes palabras un acendrado pensador his- 
pano muerto en América, a propósito de una 
religión que nos toca tan de cerca: 

**Todo pasó. Las flechas de los campanarios 
están en soledad. Las oraciones no llegan hasta 
ellas. Los templos, a veces rebosando de cuer- 
pos, están vacíos de almas. Se es católico por 
costumbre o por política. De una secta que 
dominó la civilización no resta más que un 
partido, una industria. La humanidad es in- 
capaz ya de construir una catedral que no 
sea ridicula, ni de escribir un libro místico 
que no sea grotesco. El colosal cadáver está 
tibio aún, pero nadie se engaña. 

La cruz es el pasado. Es el signo de una 
época necesaria que ahora termina, de una 
forma moral y económica que nos es inútil. 
Nos sentimos libres de pecado. La leyenda de 
Adán no nos preocupa. No necesitamos que 
nos redima de una falta imaginaria sino que 
nos libren de la pobreza, de la fealdad y de la 
mentira. 

El alma nos parece sublime, y el cuerpo 
también. No queremos hacer el cuerpo escla- 
vo del alma, y el alma esclava de unos ma- 
nuscritos viejos. No queremos gastar la vida 
en prepararnos un paraíso cómodo, sino en de- 
jarla más fácil, más rica y más bella a nuestros 
hijos. No queremos depender de la misericor- 
dia de un Dios, sino ser nosotros mismos los 



56 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



sembradores del porvenir. Queremos fe, sí: fe 
en el hombre, y si la cruz significa un sacri- 
ficio fecundo, que signifique el nuestro". 



Pienso, luego soy. 

(Descartes.) 

Continuando con Descartes y su ^'Discurso 
del método", apuntemos algunos comentarios. 
Refiriéndose a su investigación de la verdad, 
su preocupación constante y base de su filo- 
sofía por lo menos en cuanto a las cosas te- 
rrenas, dice: 

Y como hay hombres que razonando se 
aturden aún en las más sencillas cuestioneá 
geométricas y hacen paradojas, considerándo- 
me yo lo mismo, deseché como falsas cuantas 
verdades por demostración había adquirido; 
y, finalmente, considerando que los mismos 
pensamientos que pueden ocurrírsenos des- 
piertos pueden también ocurrírsenos en el 
sueño, sin que por eso sean más verdaderos, 
me resolví a aceptar quie cuantas cosas en mi 
espíritu vivían eran tan ciertas como las ilu- 
siones de mis sueños". Tiene razón Descartes 
al confesar que él también, como otros hom- 
bres, se aturde y hace paradojas, o en este caso 
afirmaciones falsas. No es lo mismo, para la 
mente, estar dormidos o estar despiertos, pues 
guando estamos despiertos nuestra inteligencia 



EL HOMI3KL EL MUNDO DIOS 57 



está en vigilia, esto es, ejerciendo en toda su 
fuerza y en toda su conciencia. En sueños 
no hay conciencia. Sólo existen, cuando no 
está en reposo, excitaciones cerebrales, reflejos 
o recuerdos inconexos de hechos o sensaciones 
vividas. Por consiguiente no puede "ocurrir- 
senos" pensamientos estando dormidos, ni los 
mismos de la vigilia ni otros, desde que el 
ser dormido, y por lo tanto su facultad pen- 
sante, no tiene conciencia o discernimiento de 
sus actos, que son puramente vibrátiles, me- 
cánicos, reflectores inconscientes de su carga 
de "conocimientos" adquiridos durante la vi- 
gilia. "Mas observé inmediatamente — conti- 
núa — que mientras asi pensaba que todo era 
falso, yo, que lo pensaba, debiera nb serlo; y 
observando que esta verdad: pienso, luego soy, 
era tan firme y segura que las más extrava- 
gantes hipótesis de los escépticos no podrían 
destruirla, pensé que podía recibirla sin es- 
crúpulo como el principio de la filosofía que 
buscaba". Esta definición es de valor muy 
relativo, precisamente por ser, asimismo, como 
tal definición, muy relativa, aunque se busque 
en ella dar categoría a la inteligencia recono- 
ciéndola como única y verdadera manifesta- 
ción de la personalidad humana. Cualquier 
congénere podría decir con el mismo valor de 
máxima: "Yo vivo, yo amo, yo como, y por 
esos actos o expresiones también soy, y así 
todo en mí, mientras viva, ya sea en lo físico. 



58 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



en lo intelectual o en lo espiritual. Nadie po- 
dria negarlo. Una y otra comprobación tienen 
tanta fuerza de probanza de mi existencia 
como el mismo ' pensamiento, aunque tales 
comprobaciones hayan sido realizadas por me- 
dio de otros elementos de categoría menos 
pretensiosa". Indudablemente la definición de 
Descartes, en cuanto a su fórmula, es Verda- 
dera "y tan firme y segura que ninguna hi- 
pótesis podría destruirla", pero eso no quiere 
decir, ni aproximadamente, que fuera ella, por 
el sujeto actuante, una absoluta, algo que no 
admitía diferentes causas y variantes de de- 
mostración, hasta el punto de tomarse nada 
menos que como base de toda una filosofía, 
*'de la que buscaba", según dice el propio 
autor, cual si con ella, después de tanto dese- 
char e indagar, hubiera dado, al fin, con una 
verdadera írovata, con un principio tan tras- 
cendente, que iba a revolucionar no sólo una 
época, sino que todavía llevaba en sí poder 
suficiente para dispararse, como un influente 
bólido, más allá aún de su tiempo, hacia el 
porvenir. Luego prosigue: "Examinando des- 
pués con atención lo que era, y viendo que 
podía imaginarme no tener cuerpo, y que no 
había ni lugar ni mundo en que yo viviese, 
pero que no por eso podía suponer que yo 
no fuera, sino que, al contrario, por lo mismo 
que pensaba dudar de la verdad de otras cosas, 
segura y evidentemente se seguía que yo que 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



69 



lo pensaba era, mientras que si solamente 
hubiera dejado de pensar, aunque hubiera sido 
cierto todo lo demás imaginado por mi, me 
faltaba razón para creerlo así, conocí por eso 
que yo era una substancia cuya esencia o 
naturaleza era solamente pensar, y que por 
'serlo no necesita lugar ni depende de ninguna 
cosa material; de modo que este yo, es de- 
cir, el alma por la cual soy lo que soy, es 
completamente distinta del cuerpo, que &s 
más fácil de conocer que éste, y que, aunque 
no lo fuese, no por eso dejaría de ser todo lo 
que es". Su examen deductivo no prueba que 
él sea una substancia cuya esencia es solamente 
pensar, y que ha venido al mundo exclusi- 
vamente a eso, a hacer de cabeza razonante 
en el cuerpo poliforme de la Naturaleza. En 
primer lugar^ la virtud de pensar que en- 
cuentra así, de pronto, a raíz de una de- 
finición, como facultad única y en un grado, 
para el hombre, de tanta entidad y jerarquía, 
no le da, en todo caso, más poder que para 
comprobar que existe; para conocer cómo es 
en sí, cómo son sus formas, sus expresiones 
y sus actos, y qué situación y función tiene 
en el mundo en que vive; para gobernarse 
en lo que le es posible; para hacer lo que 
esté al alcance de sus medios, y para especu- 
lar acerca de su destino y del que le ha podido 
corresponder al Universo que le rodea. Poca 
y mucha cosa, como se ve. Mucha para sí. 



60 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



como privilegiado entre las especies, pero po- 
ca, muy limitada, algo más que con respecto 
a los animales, si se piensa que, no obstante sus 
pretensos orígenes divinos, casi nada puede 
hacer para njodificar las cosas del mundo, las 
imperiosas manifestaciones de la vida, las irre- 
vocables leyes de la materia. Descartes descu- 
bre repentinamente que el hombre sólo está 
en la vida como una substancia que piensa, 
esencialmente pensadora. Y eso no. También 
vive — en el sentido de realizar su vida — 
ama, disfruta de sus apetitos, goza con lo 
que le es agradable, y como un constante ma- 
cerativo amargo de todas esas cosas, sufre. 
En esto es más o menos semejante a los ani- 
males, con la diferencia, mayor de que el hom- 
bre lo hace con inteligencia, y por faltarle 
ésta, los animales al ejecutarlo no tienen con- 
ciencia de ello. Así que se puede afirmar que 
el hombre, además de las condiciones gene- 
rales comunes a todos los seres, tiene pensa- 
miento; amén de sus otras facultades vitales 
casi idénticas a las de ciertos animales, puede 
pensar, aunque si bien se examina es apenas 
una minoría en la humanidad la que realmente 
tiene pensamiento, inteligencia preponderante, 
que se aproxime siquiera a ese ejemplar tan ex- 
traordinario, a ese superhombre fenómeno que 
sólo es substancia de pensar, substancia de 
pensamiento. Se calcula que actualmente exis- 
ten en el orbe terráqueo unos mil novecientos 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 61 



millones de seres humanos, de especie **pen- 
sante". Las tres cuartas partes, cuando menos, 
de esa especie, más se preocupan de vivir, de 
comer, de amar, que de pensar, pensar en 
el sentido de crear ideas, ideas nuevas, no re- 
petir e imitar las que corresponden a hábitos 
o actos existentes, pues en este caso no ten- 
drían mayor diferencia con las acciones de 
los animales, sobre todo de algunos animales 
que demuestran, en sus modos de vivir, cierta 
innegable inteligencia que podríamos distin- 
guir, respecto de sus especies, llamándola hu- 
mana. Esas tres cuartas partes a que nos re- 
ferimos, tienen muchas más aptitudes para sus 
fundamentales necesidades de vivir, comer y 
amar, que para pensar., porque se han dedi- 
cado constantemente a ellas, que son, al lado 
de la muy limitada utilidad de sus pobres ideas, 
graves problemas, abrumadoras urgencias, la 
finalidad de toda su desesperada lucha. 

El autor del Cogito, ergo sum, puede ima- 
ginarse todas aquellas situaciones que a su jui- 
cio sirvan para defender su definición, pero 
no debe olvidar que aunque el pensamiento 
no existiera y le faltara razón para enterarse 
de cualquier aspecto o fenómeno de la vida, 
no dejaría por eso, mientras tuviese salud nor- 
mal, pongamos por caso para no irnos a tm 
extremo, mientras tuviese por lo menos la 
misma entidad individual de los animales más 
superiores, no dejaría de ser, de existir, de 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



manifestarse como un ejemplar activo de la 
Creación. El pensar situaciones especiales, en 
el aire, sin base, irreales, imposibles, no le 
sustrae como ser, con pensamiento o sin él, 
ya que éste no tiene poder alguno para su- 
primirse, por más que su pretensioso dueño 
se esfuerce en quererlo hacer y en demostrar- 
lo. Y en cuanto a su conclusión de que por 
ser una substancia cuya esencia o naturaleza 
era solamente pensar, no necesitaba lugar ni 
dependía de ninguna cosa material, parece 
hasta pedantesco recordar que el pensamiento, 
como las sensaciones, como las emociones, y 
como todos los estados conscientes o psíquicos 
del hombre, es el producto de una facultad 
física más o menos compleja, más o menos 
cultivada, de la cual, en colaboración con las 
influencias externas, depende exclusivamente, 
y que sólo el poder de volición podría ma- 
nejar, o dirigir, o hacer producir, en tanto 
su mecanismo orgánico funcione normalmen- 
te. Tampoco la materia como vida necesita del 
pensamiento para existir, y por lo tanto pue- 
de ser sólo por sí, y es más, si el pensamiento 
se halla en el hombre como cosa operante es 
porque él es vina de las maneras de mani- 
festarse de la vida, de la vida en su expresión 
total. La separación que se hace de alma y 
cuerpo, de espíritu y materia - — el dualismo 
humano, tan grato a Descartes — haciendo a 
la una despreciable y vil y al alma o espí- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 63 



ritu cosa divina y sobrenatural (noble en casa 
miserable) no solamente limita y empequeñe- 
ce la grandeza de la Creación, sino que llena 
perpetuamente de confusión, batalla y dolor 
a quien precisamente — el hombre — estaba, 
por primacia en la evolución de las especies, ya 
dotado de materia con espíritu, de substancia 
orgánica inteligente, superiorizada con respec- 
to a todo lo demás, para gozar del gran espec- 
táculo de la vida en su más posible integridad. 
En el fondo de todas estas filosofías, de estos 
ingentísimos esfuerzos que hace la humanidad 
desde que se conoce, lo que hay es una loca, 
ciega y fija idea de que todas las cosas del 
mundo, y el hombre en mayor cantidad, en 
cantidad de mitad y mitad, están hechos con 
una mezcla de barro y divinidad, son un ama- 
sijo divino en el que el espíritu de Dios, un 
ser sobrenatural de desmesurada potencia y 
voluntad, se halla perpetuamente agitando y 
haciendo expresar a su omnímodo gusto to- 
das nuestras humildísimas vidas terrenas, con 
un beneficio y un propósito tan inexplicables, 
que para que no puedan ser desmentidos ni 
negados, se concluye por ubicar en donde no 
se puede ir por la prueba: más allá de la muer- 
te. Y de ahí el empecinamiento religioso de 
la separación de esencia, clase y calidad de 
nuestros cuerpos y nuestras almas, las físicas 
y las metafísicas de la teología, el afán obsé- 
dante de explicar y razonar por medio de 



64 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



abstrusas especulaciones, la diferencias de ori- 
gen, comportamiento y valimiento de nuestra 
materia y de nuestro espíritu, esa triste a fuer- 
za de lastimosa propaganda de denigración 
que hace el propio hombre de su personalidad 
como número de la Creación y de su destino 
sobre la Tierra. Por presuntuosa vanidad o por 
incomprensión de lo que es, hipertrofia poco 
a poco esa parte del ser que llama alma o 
espíritu, y tanto la dilata sobre la otra parte 
-— el pobre cuerpo, la vil materia — que con- 
cluye por ocultar a ésta, por hacerla desapa- 
recer a la vista, y después, completa la ilu- 
sión, negarla. Tal ingente empeño lo realizan 
por medio de las religiones, de la teosofía, de 
la filosofía idealista, del misticismo, del pla- 
tonismo, del animismo, de la psicología, en 
fin, las élites directrices, las minorías refinad?»s 
y ambiciosas, que con obstinado empeño bus- 
can una evasión, aunque con poco éxito, de 
su propia bestia, inquiriendo, aun en su misma 
levadura, la razón milagrosa que dé cabal y 
definitivo fundamento a su sueño imposible, 
a su exorbitante anhelo. 

Terminando de historiar el hallazgo de su 
definición famosa, agrega Descartes: "Con- 
sideré luego todo lo que se requiere en una 
proposición para ser cierta y verdadera; por- 
que, puesto que acababa de hallar una que 
lo era, parecíame que también debía saber 
en que consistía su certeza. Y observé que en 



t.L HOMBRE EL MUNDO DIOS 6B 



la proposición: pienso, luego soy, nada hay 
que me declare su certeza, sino que claramente 
veo que para pensar es preciso ser, por lo 
que llegué a formular como regla general que 
las cosas que concebimos clara y distintamente 
son todas verdaderas, y que solamente hay al- 
guna dificultad para afirmar bien cuáles son 
esas cosas que concebimos distintamente". To- 
das verdaderas no, porque la verdad requiere 
ciertas condiciones de comprobación ineludi- 
bles, aun viéndose, a primer examen, sin som- 
bra de duda alguna; porque puede darse el 
caso, y no excepcional, de que nuestra con- 
vicción clara y distinta respecto de un acto, 
objeto u efecto cualquiera proceda de un 
«rror, de una creencia equivocada, de una falsa 
premisa, de un argumento con punto de par- 
tida inconsistente por deficiencia de informa- 
ción, de visión o de comprensión. Sólo la 
prueba, la demostración experimental, podria 
dar la certidumbre, la realidad verdadera, y 
por eso, cuando tal cosa no sea posible, el re- 
sultado obtenido únicamente se puede admitir 
como probabilidad razonable, como hipótesis, 
como verdad a comprobar. No debemos irnos 
más allá sino a título de imaginación o fan- 
tasía, esto es, considerándolos exclusivaniente 
campos de recreo mental o espiritual, de goce 
artístico, sentimental o simplemente depor- 
tivo. De manera que es mucho decir que las 
cosas concebidas clara y distintamente, son 

5 



66 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



todas verdaderas. Y más todavía cuando lo 
afirma quien viene siendo considerado desde 
hace ya tres siglos, como uno de los grandes 
padres del racionalismo, el investigador por 
excelencia de la verdadera verdad, por lo me- 
nos — para no tocar, como él lo quería, ni 
a Dios ni a su incontrolable verdad — por 
lo menos de la verdad del hombre en su vida 
terrenal. 



La muerte que "no es" todavía . . . 

La vida es también muerte desde que se 
nace, pero no se puede negar que esa muerte 
y esa vida, "en función" consecuente y simul- 
tánea, es principalmente vida mientras, en 
vía de su destino, no se muere del todo. ;Y 
por qué así? Porque la vida "es", porque la 
vida "está", en el escenario del mundo, en 
verbo, en acción, en presencia, en manifesta- 
ción, en tanto que la muerte aun "no es", 
porque esclava y vencedora al mismo tiempo 
de la vida en su pluralidad de seres, de ésta 
depende y detrás de ella camina, y para llegar 
victoriosa a la evidencia de su nada, fatal- 
mente deberá esperar que su causa generadora 
(la vida como tal es origen de toda cosa, aun 
de la muerte) realice en cada caso la com- 
pleta terminación de su curso. Por eso, el con- 
cepto general aceptado por el hombre como 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



67 



natura! o real, o aparentemente verdadero, es 
de que se vive totalmente mientras no se mue- 
re '*del todo". En otra forma, o sea en su 
forma cierta e intergiversable, si el hombre 
tuviera la sensación fi'isica e intelectual de 
que no obstante vivir "se estaba muriendo", 
no podría, quizá, soportar normalmente la 
convicción de tan tremenda verdad, y sucum- 
biría antes de su hora fisiológica, víctima in- 
evitable de su terror o de su locura. Y des- 
pués, piedad o engaño de quien compuso así 
la vida de los seres, debiendo ésta desarrollarse 
hasta su plenitud en tanto se vive, a pesar de 
todo da, por lo menos hasta la mitad de nues- 
tra existencia, la ilusión inmediata de que la 
muerte, "su muerte", la de cada uno, es toda- 
vía un ¡quién sabe!, y como cada día que 
pasa vivimos más — más intensamente, más 
plenamente — alentados por una vaga duda 
inconfesable, por una recóndita esperanza, 
concluímos por aceptar puerilmente que me- 
jor que acercarnos a la muerte, vaya uno a 
saber si no es que nos distanciamos de ella. 
La evolución de nuestras células hacia su má- 
ximo vital, el vigor ascendente de nuestra sa- 
lud en función, nos hace olvidar, o no acor- 
darnos, felizmente, de nuestro sino inexorable, 
de la brevedad de nuestros días, de que qu'a 
pulvis es et in ptdt'erem reverteris . . ¡Ven- 
turosa edad primera de magnífica ilusión! 
¡Cuán pronto pasas! Sólo cuando la parábola 



63 MANUEL MEDINA BETANCORT 



cae, cuando se declina, cuando en la desam- 
parada vejez la última vida se hace un pe- 
sado cansancio y el cuerpo agotado una casa 
vacía, es cuando el hombre recién 'Ve" a 
la muerte en toda su espantosa expresión, en 
todo su irrevocable designio, pero como ya 
"su presencia" no le angustia ni le llena de 
trágicos espantos, la espera, si no conforme 
(nunca se conformará con su triste destino), 
paciente y resignado, porque ya **siente" en 
el silencio de su desolación interior, que para 
descansar del penoso vivir, la necesita urgente 
y benéfica como un remedio. 



De la inteligencia- 
La inteligencia es, como toda facultad del 
hombre, un producto de la evolución o des- 
arrollo de su naturaleza física y psíquica ac- 
tivada conscientemente, en cuanto a las fa- 
cultades espirituales, por un elevado sentido 
de mejoramiento y superación, cuyos vehícu- 
los y a la par conquistas principales son — en 
generación recíproca y en continua vice-versi 
— la inteligencia y la razón, los dos grandes 
signos de la superioridad del hombre sobre 
todo el Universo, llámense seres orgánicos o 
sistemas cósmicos. En esa evolución o desarro- 
llo de doble naturaleza, intervienen directa- 
mente en beneficio de la inteligencia, los fac- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 69 



tor€s constantes y progresivos de los conocí- 
mientoSj de la experiencia que, en tanto va 
viviendo, el hombre acumula, ya insensible- 
mente o ya por empeño deliberado, y que 
poco a poco forma y conforma una concien- 
cia, o un yo, o un estado espiritual que cons- 
tituye en definitiva la personalidad directora 
del ser en todos los actos de su existencia en 
el mundo. El otro factor, el físico, si bien obra 
como unid'ad con la psique y en común in- 
fluencia cuando el hombre se halla en plena 
actividad cerebral, tiene como substancia en 
sí una acción propia en la formación de la 
inteligencia, de carácter esencialmente mecá- 
nico, y de la que viene a ser continente, má- 
quina de función, sustentador motriz y final- 
mente registro orgánico de todas las mejoras 
y conquistas que ella haya logrado con su ap- 
titud y esfuerzo en provecho del que la posee, 
el propio hombre. La inteligencia ;unto con la 
razón que viene a ser como el orden, la cordu- 
ra, el freno y la brújula de aquélla, fuerza am- 
biciosa — son, decíamos, los dos grandes sig- 
nos de la superioridad del hombre sobre todo 
el Universo. En efecto. El hombre es la única 
cosa que existe — por lo menos conocida — 
que vive conscientemente, que sabe que vive, 
y que aunque pudiera no hallarse de acuerdo 
con el verdadero fin de la vida universal, tie- 
ne discernimiento para formular un programa 
de rnejor vida, pero que siendo obra y juguete 



70 MANUEL MEDINA BETANCORt 



de las fuerzas ciegas que rigen a la materia 
entera, apenas si puede realizar algo de ese 
programa a lo largo de la vida de su especie y 
sólo — como una condición puesta de intento — 
para su exclusivo beneficio. Por su inteligen- 
cia, por el conocimiento aplicado de su in- 
teligencia, en cuanto mayor cantidad mejor, 
el hombre ha superado por si mismo y en 
ininterrumpida progresión, sus primitivas 
condiciones de vida, ha aumentado su salud 
y la extensión de su existencia combatiendo 
y extirpando a muchos de sus tradicionales 
enemigos, ya ellos actuaran en forma de en- 
fermedades, de vicios o de animales, de pe- 
ligros terrenos o cósmicos, y proporcionándole 
como consecuencia el goce de una vida más 
intensa, más capaz, más libre, y si no más 
feliz porque en realidad el hombre, por su 
misma frágil materia y su psiquica incerti- 
dumbre, creemos que nunca estará en situa- 
ción de ser enteramente feliz, — por lo menos 
no sufrirá ya de bastantes de esos males fisicos 
y morales que le han hecho duro y penoso 
su tránsito por el mundo. 



La idea de Dios. . . . en su hijo. 

Maravillado el hombre contemplativo an- 
te las espléndidas obras en que la Vida se ma- 
nifiesta dentro del mundo que habita y de la? 



El, HOMBRE EL MUNDO DIOS 



71 



cuales es él mismo una de las más prodigio- 
sas, busca anhelante en su razón al posible 
creador de ellas, y es entonces que de acuerdo 
con su estupefacción y sus medios especula- 
tivos, se imagina un ser supremo, un sumo 
hacedor todopoderoso que situado no sabe 
dónde y engendrado no sabe cómo, hace y ri- 
ge magníficamente todas las cosas, seres y 
elementos, fuerzas y formas, luces y colores... 
Y tan grande lo ve, y tan inabarcable, y tan 
incomprensible, y tan omnisciente, que lo 
considera perfecto, iñfinito, eterno. Es con él 
y por él que se explica -—a su modo — todas 
las cosas del Cosmos, el Universo entero. Esa 
abstracción divina^ esa potencia absoluta, ese 
concepto único de una palabra única — Dios 
— en su máquina formidable, le anonada, le 
hace temblar, le ciega de admiración religio- 
sa, fanática, inferiorizante... 

Si examináramos la vida no desde nuestro 
punto de vista: nuestro yo de hombre, de ser 
humano; si la examináramos desde el lado 
del Universo, de la Creación, de la materia 
viva, (¿qué somos, qué valemos, para qué es- 
tamos en el mundo, para qué, más que otros 
seres, le servimos a la Naturaleza? Nuestro 
insofccable orgullo se sostiene estúpidamente 
en una idea falsa, en la idea falsa generadora 
de nuestra ridicula existencia plagada de em- 
bustes y sofismas. De ahí nuestra discon- 
formidad, nuestra incoherencia, la delezna- 



72 MANUEL MEDINA BETANCORT 



bilidad de nuestras obras y el perpetuo de- 
batirnos entre lo que es la vida y el cómo 
la imaginamos, entre lo que en realidad so- 
mos y lo que quisiéramos ser. Nos creemos 
elegidos, entre todos los seres, no de una 
fuerza ciega genésica de origen desconocido, 
sino nada menos que de ese factor supremo 
que para explicarnos el mundo y los mundos 
nos hemos creado a nuestro entender y seme- 
janza, y para que la fábula fuera completa y 
nuestro misero destino hallara un consuelo dig- 
nificante, nos hicimos su hijo, más que dilecto 
y predilecto, su hijo esencial, venido al mundo 
en espiritu y concretado en substancia carnal 
por madre de hombre a fin de que por su voz y 
su acción mesiánica confirmara como histo- 
ria el gran mito de que Dios era verdad y la 
verdad de Dios era su hijo... 

Sin embargo... Sin embargo... El hombre 
debería ver. Debería razonar. Debería sere- 
narse de su estupefacción pánica, de su terror 
a la divinidad, de su loca y vanidosa fantasía 
teísta, y usar con juicioso tino esa pequeña 
luz que como un farolillo tenaz lleva en lo 
alto de su forma mortal, para eso . Para po- 
der ver. Cada vez un poco más, un poco más, 
hasta que un día llegue, quizá, a lograrlo to- 
talmente, y entonces, entonces sí tenga ante 
sus absortos ojos a la Causa de todo, al ver- 
dadero Dios, aunque acaso ... sin divinidad. 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 73 



Eternidad, infinito. 

El sentido de eternidad o de infinito existe, 
aunque fuera posible y creible por los signos 
que el hombre científico o ilustrado pueda 
'Ver", que esa eternidad o ese infinito tenga 
límite de duración, como quizá lo tenga tam- 
bién el conjunto del Universo como exten- 
sión o dimensión. Pero si consideramos, si bien 
sea como conjetura, lo que ha transcurrido 
ya de la vida del mundo — unos mil dos- 
cientos millones de años, como mínimo, — 
lo que se calcula que puede ser aún en ex- 
tensión esa misma vida y la de las demás 
esferas cósmicas que giran incesantemente en 
los ámbitos del espacio; si por último, mi- 
diendo con nuestra medida más exacta, nos 
hacemos una idea de cuán corto ha sido, en 
comparación con la edad de los astros y no 
obstante sus trescientos mil años probables, el 
recorrido que ha hecho la especie humana des- 
de su partida de la escala anterior, o sea desde 
su eslabón inicial (el antropopiteco?) , nos re- 
sultará entonces muy natural y lógico dar a los 
tiempos, espacios y vidas máximas, ese sentido 
absoluto de eternidad o infinito que por empe- 
queñecerlo todo con el límite, no aceptamos 
ni siquiera en razón de su desmesura y 
excepcionalidad. Sobre todo con respecto a 
nosotros — ¡tan relativos! — es una v^rdíi- 



74 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



dera pretensión querer achicar las dimensio- 
nes inmensurables, negándoles esas dos califi- 
caciones de tan amplio sentido y a la vez de 
tan magnificas sugerencias en su misteriosa 
vaguedad. ; Podríamos actualmente afirmar, 
acaso, que nuestras hipótesis de los límites 
de tiempo y espacio para la vida cósmica, para 
la existencia de la materia — no de sus for- 
mas — no pueden ser un error de apreciación 
de nuestra inteligencia, o simplemente por 
falta de aptitud de ésta para comprender, una 
pura fantasía cosmogónica de nuestra imagi- 
nación? ¿No es admisible suponer — de acuer- 
do con lo que el hombre ha podido compro- 
bar observando y estudiando las diferentes eta- 
pas de evolución en que se hallan las vidas 
de las innumerables esferas que pueblan el fir- 
mamento — que al igual de todos esos astros, 
unos antes y otros después, nuestro mundo, y 
con él nuestra Creación en todo su largo, no 
es más que expresión, por nuestro intermedio 
físico, de uno, solamente de uno de los tan- 
tos ciclos evolutivos de ''nuestra cadena" de 
materia cósmica (probablemente cada sistema 
estelar, por lo menos, tendrá la suya) , ciclos 
que como en perpetuo círculo han pasado y 
van a pasar aún en cantidad incalculable y 
hasta un futuro que no es posible siquiera ima~ 
ginar? Extendiendo la visual imaginativa so- 
bre una perspectiva mayor, ¿no podremos su- 
poner que nuestro sol, de quien provenimos, 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 75 



según parece, fué, al nacer, nada más que un 
conglomerado de residuos vivos de fuerza o 
esencia cósmica procedentes de soles o mun- 
dos de un ciclo anterior, que pasando por las 
etapas de su progresión evolutiva, ha concluí- 
do por llegar — en tránsito, naturalmente — 
a lo que es hoy, hasta que mañana, en un 
mañana inconcebible, quizá vuelva, por diso- 
lución a través de desprendimientos en mun- 
dos de materia ya madurada como nuestro 
planeta, y finalñiente caduca, o por haberse 
consumido toda su energía cohesiva, al estado 
de la fuerza generatriz primera, y así suce- 
sivamente? ¿Seríamos, entonces, si eso pudie- 
ra ser así, tan obcecados y exigentes, que no 
admitiésemos todavía las palabras eternidad, 
infinito? 



Ante todo, la materia. Después, soñar... 

Las religiones positivas han ido elaborando 
en su desenvolvimiento a través de los años 
y las generaciones, un concepto absurdo de la 
vida real y natural del hombre, haciéndole 
creer que su existencia carnal es despreciable 
y su reino verdadero no está en este mundo, 
ni en ninguno de los de la Naturaleza; que 
siendo poca cosa, concebido en barro y vi- 
viendo en pecado, es ínfimo, imperfecto y 
/ yilj que por lo tanto, como obra viva sobre 



76 MANUEL MEDINA BETANCORT 



la Tierra, es, aún frente a las bestias irlá^ rui- 
nes, una creación defectuosa repudiable^ áver- 
gonzante^ merecedora si no de que se le des- 
truya de una Vez y sin dejar rastro como a 
una planta m.aldita, por lo menos de que 
se le niegue toda ventura, de que se le haga 
sufrii' sin tregua para redimirse de su origen, 
impuro, para ''espiar su culpa", como se dice, 
a fin de que pueda encontrarse al cabo en 
condiciones ¡en condiciones! de ser recibido 
y perdonado más allá de la muerte por un 
Dios increíble situado en una vida inverosí- 
mil. Todos los seres del Universo, tanto ve- 
getales como animales, todo lo que lleva en' 
sí el hálito vital que anima y mueve la mate- 
ria hacia su irrefragable destino, busca pri- 
mordialmente y de acuerdo con sus condi- 
ciones y su medio, alimentar y mantener 
sobre cualquier otra urgencia, la parte de 
cantidad y de tiempo que de ese hálito le 
ha sido asignada en la evolución general. To- 
dos, menos el hombre! El hombre, el animal in-- 
teligente, el animal racional, el animal supe- 
rior! Todos los seres luchan instintivamente 
para sí, para conservarse, para afirmarse, para 
perdurar. Se sirven del mundo, dentro de sus 
arbitrios, como si el mundo fuera sólo para 
cada uno de dllos, exjclusivamente para^ su 
existencia y su bienestar, teniendo sin duda 
alguna una incontrovertible creencia de que 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 77 



cada uno es el único centro del mundo que 
le rodea y que son absolutamente suyas las 
cosas situadas al alcance de sus necesidades y 
de sus medios de apoderamiento. Ellos, ani- 
males o vegetales, tienen el sentido, quizá me- 
cánico, pero justo e inmanente de la vida que 
llevan y de que están formados; cumplen irre- 
sistiblemente su función esencial de existir, a 
cualquier costo, y aún' al de la muerte; lie- * 
nan por natural, por lógico, por recto compor- 
tamiento, aunque no tengan siquiera noción de 
ella, una moral, la máxima, la suprema, la de 
cumplir como instrumentos fieles a su substan- 
cia, la misión que al nacer les impuso algo o al- 
guien que no está en sus sentidos ver, ni com- 
prender, ni menos contrariar. Viven su vida 
como se debe vivir: de afuera para adentro, 
de las provisiones del exterior a las urgencias 
del interior, para mantener así en continua 
supervivencia a la máquina de su organismo 
que, fórmula de su función y de su evolu- 
ción, quema constantemente sus elementos y 
constantemente necesita sustituirlos. En rea- 
lidad, todo ser creado no lo ha sido totalmente 
al nacer. Sólo es, al ver la luz del mundo, 
una base de algo que ha de terminarse, una 
máquina que ha de funcionar si le proveen 
después de combustible, una vida inicial que 
no sobrevivirá ni se completará si dos elemen- 
tos importantes de su combinación vital, y 
que no están en ella, no viniesen de afuera a 



78 MANUEL MEDINA BETANCORT 



colaborar sin interrupción para mantener en 
su integridad el sistema orgánico que ha de 
existir: el aire y el alimento. Esto, en lo fisico 
para todos los seres. En cuanto al hombre, le 
falta, todavía, al nacer, algo más, algo que es 
precisamente su grandeza, y también, por des- 
gracia, su mareo: le falta el alma, el espíritu, 
esa vida moral regidora que luego se irá for- 
mando al conjuro de las influencias externas 
sobre las cuatro virtudes capitales de categoría 
sublime que sólo trae al mundo en potencia 
y a las que ha dado los nombres mágicos de 
sentimiento, inteligencia, bondad y belleza; 
alma, espíritu que le será necesario a su con- 
dición de ente superior para completarse y 
cumplir en unidad con la materia, y en su 
nombre, quizá uno de los fines de ésta: reali- 
zar por intermedio de un ser consciente, 
de una inteligencia inteligible, la revela- 
ción de la idea generatriz del Universo. 
De manera que es indiscutible, no sólo 
que toda la substancia universal es, vive y 
actúa como una unidad, sino que la vida 
natural de los seres depende principalmen- 
te de las provisiones exteriores, ya que par- 
te de ella, nada menos que su vida-motor, 
por una concepción a primera vista de lo más 
extravagante, ha quedado, al crearse el sujeto, 
dispersa, desparramada afuera, del lado exte- 
rior de su organismo, de su entidad física, en 



£L HOMBRE EL MUNDO DIOS 79 



ese aire y ese alimento que le es esencial, im- 
prescindible, y a los cuales todos los indivi- 
duos, en una perpetua fiebre de hambre, se 
hallan eternamente encadenados, como cum- 
pliendo una atroz condena. Sin embargo, el 
hombre, en vez de cumplir la ley común, en 
lugar de aceptar lo más natural e inteligente- 
mente posible su condición de vida, mareado, 
envanecido, intoxicado por su poder de discer- 
nimiento, por su virtud imaginativa, por su 
conciencia de que es un ser superior, acaba 
por ser, como ser, como naturaleza, como in- 
dividuo de la Creación, inferior a todos los 
demás componentes de la misma; el mundo le 
parece poco; la vida le resulta mezquina y 
miserable; le desespera y le enferma, y le lleva 
a las mayores incoherencias y locuras, esa car- 
ne según él grosera, sensual y corruptiva de 
que está formado, llena de sentidos y apetitos 
bestiales, de instintos y necesidades animales- 
cas, que le acibaran, que le impurifican, que 
le degradan esa grande ilusión de que él es 
el hijo dilecto de Dios, y de que en él está, 
como en un vaso sagrado, y como signo de 
elección sobre todas las cosas, el espíritu ine- 
fable de la divinidad. Y como una conse- 
cuencia de esa situación de abrumadora des- 
gracia en que se siente sin remisión, cons- 
truye enloquecido, fanatizado y víctima de 
su propia ofuscación y su falta de juicio, las 
pueriles fantasías religiosas con su mundo y 



80 MANUEL MEDINA BETANCORT 



SU trasmundo, con su Tierra pecaminosa y 
su celestial paraiso, con su materia nefanda 
y deleznable y su alma o su espíritu de Dios, 
que sólo en Dios, cuando del hombre salga, 
podrá ser bienaventurada y feliz. En lugar 
de vivir en sus condiciones y sentidos esen- 
ciales como los demás seres; en vez de uti- 
lizar para su mayor goce y su mejor felicidad 
todas sus facultades espirituales de que, como 
excepción, se halla dotado; debiendo confor- 
mar su existencia a sus aptitudes y dones na- 
turales para su total y constante beneficio — 
armoniosamente físico y espiritual — no, se- 
ñor!: al hombre, al inteligente, al sabio, al 
razonador, le hí^ de dar por inventar dis- 
parates, por pretender, nada menos, que des- 
naturalizar a la Naturaleza, que modificar 
en sus bases y en sus leyes insuperables para 
los demás, el sentido de expresión y de rea- 
lización de la materia soberana. ¿Quiérese 
mayor dislate? Es como si hubieran en la hu- 
manidad individuos o pueblos que — dueños 
de su imaginación y hasta de su propio modo 
de vivir — se formaran una interpretación de 
la vida a su manera, llamárase religión, ideo- 
logía o ciencia, y luego tomaran a cualquiera 
de ellas como norma, como pragmática, o 
como evangelio, para imponerla, quieras que 
no, a la especie entera, y aún a las clases 
más educadas y sensatas. Eso ya dejaría de 
ser libre auto-determinación en su propio 



ÉL HOMBRE EL MUNDO DIOS 81 



gusto y provecho, para convertise en mons- 
truosidad, en el mayor crimen que se pu- 
diera cometer en la persona humana — su 
congénere — y para colmo de atentado, a 
título de buscar su verdadera felicidad! Tal 
es el caso de las iglesias, de las confesiones, 
de los credos que se reparten en el mundo 
las almas, los pensamientos y hasta las vidas 
de las muchedumbres humanas. El hombre, 
que es materia, que es carne como primera 
y fundamental expresión, debe defender, amar 
y cultivar, como actos primordiales y perma- 
nentes, a su existencia física, tanto por sí co- 
mo por su relación con todos los demás 
seres y cosas del Universo, del cual forma 
parte como substancia y como individuo. 
Después, oídlo bien, congéneres insensatos, 
recién después podréis dedicaros, si os place, 
o si vuestro crecido "y^ * lo necesita, a las 
ambiciosas especulaciones de lo que llamamos 
tan imprecisamente "alma", **espíritu", **há- 
lito divino"; recién entonces podréis dedica- 
ros, a los goces y deleites de los sublimes idea- 
les, a los inconmensurables postulados de la 
felicidad y la perfección; recién entonces y 
con todas vuestras potencias, bendiciendo a 
vuestra materia que es la que os proporciona 
precisamente el privilegiado don de poder ha- 
cerlo, podréis entregaros a soñar! 

6 



82 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



Verdades. 

(Con motivo de algunas opiniones de Pául Valery). 

^ Las convenciones humanas son verdades 
desde que fueron aceptadas por su sociedad, 
o por su mejor sociedad, y aunque examina- 
das desde Jejos o desde arriba, a la luz de la 
exacta definición de la verdad, digamos de la 
verdad científica, o como se suele decir de 
la verdad absoluta, no fueran la verdad de 
tales convenciones las verdaderas verdades 
para la realidad del hombre, de la vida del 
hombre, del entonces en que esas convencio- 
nes rijan, es la verdad natural o corriente 
la verdad válida, desde que por ella le hace 
o le deja vivir sin contradicción, oposición y 
dificultad, además de que casi siempre (de- 
cimos casi porque algunas veces el hombre, 
por causas diversas, cae en el error de acep- 
tar verdades o convenciones que no convie- 
nen a su existir) esas verdades convenciona- 
les o convenidas socialmente tienen una ba«^e 
sóhda originada en la experiencia — proba- 
das y comprobadas dentro de un conocimien- 
to común corriente — satisfactoria en el 
momento que se practica, y p«K)misora como 
programa para el porvenir dentro de lo me- 
jor conocido. Si vamos a ver, todo en el 
mundo, en la vida, principalmente en la vida 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 8B 



del hombre, es, si se quiere, o como se en- 
tiende por ciertos demoledores, o nihilistas, o 
posturistas que siguen, ciegos, las novedades 
anárquicas de algún intelectual de moda, to- 
do es convencional. Esto que es madera, que 
es hierro, que es placer, o que es dolor, siem- 
pre deberá ser asi para la razón humana, 
mientras la materia o los sentidos, entes rea- 
les, no sufran modificación o el hombre **so- 
cial" no crea necesario, a su criterio, lla- 
marles de otro modo. Vos diréis: Ni aun eso 
es verdad absolutamente, pues la madera ha 
sido también un árbol, el hierro una substan- 
cia primaria X transformada, el placer y el 
dolor una reacción de la sensibilidad, que para 
unos es placer o dolor y para otros es más 
bien lo contrario. De lo que debemos tratar 
para hacer mejor la vida de la especie y faci- 
litar la investigación del hombre en el miste- 
rio del mundo, es de tener discernimiento, 
saber cuándo debe admitirse la verdad conve- 
nida y conveniente aunque no sea la verda- 
dera, y cuándo sólo debemos apoyarnos en la 
auténtica para que nos sirva de base en tal 
investigación, de sólido fulcro en el impulso 
iluminante de nuestra inteligencia. Acaso, si 
bien se mira, ¿no es la constitución de lá ma- 
ravillosa máquina humana una expresión de- 
terminada, "convenida" en su origen — qui- 
zá por el azar — de los elementos de la mate- 
ria, de las leyes que equilibra y "combina" la 



84 



MANUEL MEDINA BETANCÓRt 



vida para su evolución y transformación, y 
por consecuencia para su mantenimiento y 
eternidad? El hombre es sólo "cierta" verdad. 
Es verdad para si mismo en la medida de lo 
que se considera, pero acaso para cada animal, 
o por lo menos para cada especie animal, el 
hombre no ha de ser una verdad diferente? 
Si la Naturaleza por si tuviera una conciencia 
y la pudiera expresar, nos diría, con toda se- 
guridad, que no somos lo que creemos ser, 
que su verdad es otra. Así que Si vamos 
a pensar en que no hay verdad verdadera, o 
que todo es convencional, las afirmaciones, y 
menos las absolutas, estarían de más. Reduz- 
camos, pues, nuestras especulaciones a lo re- 
lativo y humano y acomodémosnos lo mejor 
posible dentro de la vida racional, cuerda, dis- 
creta. Todavía nos falta mucho para preten- 
der desbordarnos, para salimos del mundo, 
para ser dioses. Nuestras verdades colectivas 
serán nuestras únicas verdades mientras co- 
lectivamente no tengamos otras distintas. Hay 
bastante sofisma y deslealtad en muchas ponti- 
ficaciones, en muchas afirmaciones magistra- 
les que a primera vista parecen apabullantes, 
pulverizadoras, definitivas. 

De manera que aun cuando haya distintas 
verdades, unas comprobadas y otras hipoté- 
ticas, no llevéis ¡oh perturbadores! al hombre 
a la confusión impidiéndole que las distinga 
y las sitúe en los diferentes planos que les 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



86 



corresponda según su criterio, a fin de que 
él, poniendo orden a las cosas dentro de su 
juicio, tenga para guia de su cordura y de la 
comprensión' e interpretación del mundo, una 
verdad principal y directora especialmente 
acondicionada a su realidad, esto es, a su vida 
física y -moral, que aunque engañosa quizá 
por lo ínfima en relación al Universo, es, en 
definitiva, su única verdad. 

Ideas para la Democracia. 

Saber elegir. 

Las leyes, como en general todo lo huma- 
no, pueden ser buenas, y aun dentro de lo 
máximo posible, -muy buenas, pero no per- 
fectas. Siempre tienen algo en su letra o en 
su aplicación que en determinadas circunstan- 
cias o para determinados destinos no satis- 
facen o perjudican por lo ambiguas, o lo 
inapropiadas, o lo insuficientes. Cuando los 
hombres encargados de interpretarlas y apli- 
carlas son malos, si no pasan por encima de 
ellas, que no sería lo peor, las han de hacer 
efectivas por el lado más inconveniente, que 
es el lado que está más de acuerdo con zu 
modo de ser. De manera que, en realidad, el 
Estado es bueno o es malo en mayor o en menor 
grado, según sean los hombres que lo repre- 
senten por estar en el poder, o en su poder. 
Al decir que los hombres de gobierno pueden 



86 MANUEL MEDINA BETANCORT 



ser malos, nos referimos, es natural, a ma- 
los en todos los sentidos — juntos, uno a 
uno, o parcialmente acumulados — en el sen- 
tido de la índole, en el de la inteligencia, en 
el de la moral, en el de la educación, en el 
de la capacidad, y hasta paradójicamente en 
el sentido de la bondad, porque ser malamente 
bueno, es también un defecto dañoso, un 
daño sin aspereza, es cierto, Dero un daño al 
fin. 

No es el caso de pensar que la ley, y el 
Estado por consecuencia, son una cosa hie- 
rática, inconmovible, imperativa a ciegas en 
cuanto a su idea y a su mandato, y que a 
pesar de quien o quienes los han de poner en 
ejercicio o en acto, la una y el otro deberán 
necesariamente "ser" y operar como vida viva, 
de acuerdo en un todo con su esencia, con 
su "acción" en potencia, esto es, con su letra 
escrita. Siendo el Estado, como ente, una for- 
mación abstracta, sólo el hombre lo ha de 
concretar y darle aliento, y por consiguiente 
en cada caso de mando y de función, él Es- 
tado ha de tener su vida especial, con todas 
las características buenas, malas o regulares de 
les hombres que asuman su dirección y rea- 
licen con ella su encarnación, con todas las 
singularidades propias de sus genitores del mo- 
mento, que le van haciendo como una ges- 
tación en marcha, mientras se hallan a su 
trente. En este orden resultaría perfectamente 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



87 



lógica para el gobernante, la frase de Luis XVI 
"el Estado soy yo", puesto que dependiendo 
del individuo que se halla a cargo de la ley 
y del Estado, el darles vida, el Estado en de- 
finitiva será él, evadiéndose más o menos, pero 
siempre por efecto de su personalidad, de di- 
cha ley y de sus mandatos. 

La mejor ley, pues, puede ser la peor en 
manos del peor hombre, y vice- versa. El mal 
estadista o gobernante agravará los defectos 
de la preceptiva legal, ya valiéndose de ellos 
para fines inmorales o perniciosos, o ya re- 
marcándolos al ceñirse al criterio estrecho de 
que debe mandar cumplir la ley en toda su 
extensión, por más odiosa y perjudicial que 
pudiera ser alguna de sus partes. En su lugar 
el buen estadista mejorará esa misma ley evi- 
tando los efectos de sus defectos, no aplicán- 
dola estrictamente, o disimulándolos con, in- 
cesantes compensaciones de sus yirtudes, ex- 
plotadas al extremo para hacerlas rendir el 
máximo de sus beneficios. Asi como el estilo 
es el hombre, el hombre mismo, según la re- 
currida frase de Buffón, el Estado también es 
el hombre, o más exactamente, los hombres, 
los hombres de Estado. 

Donde hay que ir, entonces, para mejorar 
a éste, no es sólo a la ley, al buen legislador, 
sino también al buen gobernante, a la elec- 
ción del hombre que entre todos sus conciu- 
dadanos pueda ser, o prometa ser, por sus an- 



88 MANUEL MEDINA BETANCORT 



tecedentes, el mejor, no — repetímos — en 
el sentido limitado e inferior del hombre me- 
diocre que se circunscribe al cumplimiento^ 
de la ley, sino en el sentido amplio y superior 
de emplearla únicamente para hacer siempre 
posible la felicidad de sus gobernados. En sa- 
ber elegirlo está la verdadera sabiduría de los 
pueblos, el éxito inigualable de la democracia. 



Del ocio. 

Si yo fuera una persona de algún predi- 
camento, solamente de algún predicamento, 
aconsejaría a mis laboriosos como desventu- 
rados semejantes, con el menor esfuerzo po- 
sible, eso sí, el hábito del ocio, el holgar co- 
tidiano y corriente como una manera natural 
de vivir, como el nuevo y único sentido de 
la verdadera libertad humana y de la moral 
más pura, conforme a los más elevados pre- 
ceptos de la justicia. ,;Por qué hemos de tra- 
bajar? 'Tara ganarnos la vida", se nos dice co- 
mo la acusación infamante de una culpa. <iEs 
que hemos nacido acaso por nuestra voluntad? 
No. Vinimos al mundo traídos por contin- 
gencias de orden fisiológico completamente 
extrañas a nuestro yo, que recién puede aper- 
cibirse de que "es", cuando ya le han colocado 
en la baraúnda del tinglado social. Si a la in- 
mensa mayoría de los seres racionales que pue- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 89 



blan la tierra, con la experiencia y la sabidu- 
ría de los ochenta años, le hubieran dicho 
antes de comenzar la vida: ''desean ustedes 
atravesar ese enmarañado mundo, que les dará, 
en cambio de tal heroicidad, una penosa sen- 
sación de la propia materia", todos hubiesen 
rechazado con digno horror tan despiadada 
penitencia, que empieza en el alarido m:i- 
terno y acaba en la crueldad inquisitorial de 
la agonía. Y entonces,, si no hemos nacido por 
nuestra determinación, si nuestra existencia 
está limpia del pecado original de habernos ele- 
gido esta lacerante cruzada llena de padecer 
y de ignominia, ¿por qué imponernos todavía 
la esclavitud humillante y negativa del tra- 
bajo? Es tan grosero el concepto del trabajo, 
que se llama por antonomasia trabajador al que 
en las funciones sociales desempeña los más 
rudos y brutales menesteres, al que aproxi- 
mándose a la bestialidad, tiene que desarrollar 
al máximo su fuerza física, en detrimento de 
todas las otras potencias humanas. Cuanto 
menos es trabajo en el sentido genérico, más 
los actos del hombre se desenvuelven dentro 
de las formas nobles, elevándose y serenán- 
'dose hasta convertirse en armoniosas especu- 
laciones del espíritu. Y ved, entonces, que por 
tan alto ejercicio se va secuentemente hacia esa 
bella definición del ocio: ''Diversión u ocu- 
pación quieta, especialmente en obras de in- 
genio'*. 



90 MANUEL MEDINA BETANCORT 



El trabajo es nuestra esclavitud y nuestra 
condena, el pago o el rescate de la vida que 
alentamos, como si un dios perverso nos lo 
hubiera impuesto para solazarse con el bár- 
baro espectáculo de vernos sufrir y envejecer 
sudando nuestro pan de cada día, atados al 
yunque de nuestra necesidad insaciable, entre 
el hambre que nos muerde continuamente las 
entrañas recordándonos nuestro imperioso de- 
ber, y la tristeza amarga de sentir transcurrir 
los años hacia la muerte, sin haber podido dis- 
frutar jubilosamente de la espléndida fiesta 
que nos brinda el mundo en las maravillosas 
manifestaciones de su naturaleza. Haced un li- 
gero examen de la vida diaria, buscad en la 
ciudad, donde el trabajo es una verdadera ti- 
ranía, una carga cruel y sangrienta, y de- 
cidme qué suerte de destino es ese que nos 
manda nacer únicamente para gemir; que 
cuando nos da el efímero placer ya está 
amargado por lo que cuesta; que para man- 
tenernos en la existencia nos hace pelear 
como lobos y nos prostituye el alma como a 
galeotes, degenerándonos hasta la perversión 
más oprobiosa; que nos ha traído a este vasto 
escenario del Universo sin ninguna finalidad 
justificable, sin ninguna misión digna de nues- 
tra nobleza espiritual y de nuestra privile- 
giada inteligencia; que todo se reduce a tra- 
bajar ,para comer, a comer para vivir, a vi- 
vir para trabajar, y en definitiva, a sufrir 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



91 



siempre o si queréis — teniendo en cuenta al- 
gunas treguas — a sufrir casi siempre. Alre- 
dedor de ese circulo vicioso se desenvuelve 
nuestra mezquina y deleznable vida, llena de 
enfermedades, de emboscadas, de sobresaltos; 
donde todos, hermanos o amigos, son nues- 
tros enemigos en estado latente, y donde, en 
último término, hasta nuestros genitores pue- 
den ser nuestros propios verdugos, arrebatán- 
donos el pan de la boca o la felicidad de 
nuestros corazones. La lucha por la vida, el 
trabajo, en fin, obhgando al hombre a dispu- 
tarse el alimento, ha menoscabado el juicio que 
el hombre puede tener de si mismo; le ha he- 
cho descender de la vida superior de su es- 
piritu al prosaismo de las necesidades de su 
carne, que tiene que atender ante todo y 
perentoriamente; obligándole a sacrificar su 
alma — vibración acorde del alma universal 
— lé ha cegado la visión trascendental que le 
supone divino, y lo ha empequeñecido hasta ha- 
cerlo despreciable; ha matado sus ensueños, ha 
secado las fuentes del amor cordial, ha vendido 
su pureza y su prístina honestidad, y en nom- 
bre de un pecador sentido de armonía social 
y de transacción de intereses, ha creado un 
segundo concepto de la moral, la moral legal, 
que ha precisado de las tramas de la ley para 
sostenerse decentemente. El ladrón que roba, 
el asesino que mata, o el pillo que engaña para 
poder comer, no son más que rebeldes de la 



92 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



legión de esclavos, seres que no pudiendo ya 
resistir a la dictadura opresora, cortan por 
el atajo y buscan por medios violentos e in- 
mediatos, lo que se les obliga a obtener por 
penosos y dilatados esfuerzos, cuando quizá 
una voz tentadora les dice desde el fondo de 
sus cerebros obscurecidos, que en lugar de tal 
sacrificio la lógica de la vida les da cierto 
derecho a tomar del patrimonio común algo 
de lo que les hace falta. ¿Vive acaso el obrero, 
el artesano o el empleado que se pasa todas 
las horas hábiles del dia sometido a la disci- 
plina agotadora del trabajo, tenga o no tenga 
ganas, tenga o no tenga fuerzas o salud, sea 
o no su vocación, viendo que su comida, su 
lecho y su breve esparcimiento en el seno de 
la familia no son más que pequeños asuntos, 
que lo principal y lo importante y lo inelu- 
dible es esa acción exigente y continua que 
lo anula y consume y lo lleva a la muerte en 
recua, nivelado e igual en el montón, sin mé- 
rito ni gloria, que convertido en una máquina 
de labor no sabe más que ''hacer el obrero'*, el 
artesano o el empleado toda la vida, porque 
apenas si toda la vida le es suficiente para 
ganar la porción de alimento que mantiene 
de pie su perecedera forma? 

El hombre busca siempre libertarse de todo 
poder, politico, social o moral, reconquistar 
por un mandato ancestral su pleno dominio, 
su libre albedrio, arrancarse todas y cada una 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



9a 



de las múltiples cadenas que le atan los mo- 
vimientos y los pensamientos, el ser dinámico 
y volitivo que hay en él, y no se cuida de 
sustraerse en primer término de la esclavitud 
del trabajo que es la fuente de todas las otras 
esclavitudes. Tenemos la opinión formada, he- 
cha, dogmática, de que el trabajo es moral por 
excelencia, que crea la moral y es un vivero de 
ella; que el ocio es todo lo contrario, y ade- 
más, origen de los mayores males. ¿No será 
acaso el trabajo — el trabajo organizado y 
obligatorio — el culpable de todas las abyec- 
ciones y de todos los sufrimientos humanos? 
Aparte de la libertad que quita, él hace caer 
al hombre en la servidumbre de otro hombre, 
creando ese ejemplar inferior y clásico del 
siervo, del esclavo, del servidor; sin embargo, 
ni aun la afrenta de verse degradado por sí mis- 
mos, le ha servido para aquilatar la magnitud 
de su abrumadora fatalidad. ¿No habrá úni- 
camente en nuestra profesión de trabajo, en 
nuestro concepto de moral que el trabajo nos 
da, el hábito de la función, la rutina del ejerci- 
cio, la costumbre de la cadena, asi como la 
adquiere el presidiario que después de treinta 
años de encierro no puede vivir fuera de la 
cárcel? 

Es indudable que constituida como está 
actualmente la sociedad, vinculada o soldada 
entre sí por un sistema económico cuya pode- 
rosa liga es el dinero, un concepto contrario 



94 MANUEL MEDINA BETANCORT 



al existente parece no sólo absurdo sino inmo- 
ral; ¿pero es que no palpita desde hace siglos 
en el fondo de la humanidad un sentimiento 
de rebelión constante, un deseo vanamente so- 
focado de romper opresiones, un pujante ideal 
por volver a las primeras y naturales potencias 
de la libre expansión? Y lo que hasta ahora 
fué un sordo rumor, protesta entre dientes, hoy 
empieza ya a ser voz viva, protesta a la luz, 
valiente discusión de las viejas formas sociales 
y morales, y más aún, comienzo triunfal de 
la reacción por la liberación humana. De las 
catorce y dieciséis horas de trabajo diario que 
el antiguo régimen imponía al hombre para 
poder comer, poco a poco se ha ido rebajando 
hasta seis y cuatro horas, y a medida que se 
producía este descenso en la esclavitud, el es- 
clavo ascendía en el valor social y se le re- 
conocían derechos humanos y civiles que an- 
tes eran patrimonio casi exclusivo de los 
privilegiados del sistema, que impasiblemente 
ponía en sus regaladas manos el producto del 
trabajo ajeno. 

Aunque esta reacción promisoria dé muchas 
esperanzas y nos presente un hermoso camino 
abierto hacia insospechadas reivindicaciones, 
creemos que es posible que no se llegue a la 
libertad absoluta, ""a hacer del hombre una 
fuerza de voluntad insojuzgable, un ser com- 
pletamente dichoso entre las maravillas del 
Mundo; pero lo que puede llegar y llegará sin 



F,L HOMBRE EL MUNDO DIOS 95 



duda, es el trabajo libre, la independencia del 
hombre para sustentarse, para disponer de sus 
facultades y para gozar de ellas: volver al 
hombre, no al de las cavernas o al de la 
tribu, sino al hombre que nuestra clarividen- 
cia de hoy nos hace ver como el tipo ideal, 
un ente superior dueño de todas las facultades 
de su naturaleza, más la cultura que su pa- 
ciente civilización ha creado en el roce de los 
siglos vividos; en. fin, poder encauzar nuestra 
exisxencia en ese concepto tan noble del ocio: 
'^Diversión u ocupación quieta, especialmente 
en obras de ingenio", sin dejar de comer sufi- 
cientemente o sin morirnos de hambre; pre- 
ocupación que como hija de una necesidad 
vulgar de la carne, debe considerarse en el 
nuevo criterio como una función de segundo 
término. El hombre ha nacido como nace la 
llama en la tea, para cumplir un destino su- 
perior a su mismo origen; el homKre ha nacido 
para satisfacer la j^oluntad misteriosa de su 
pensamiento; por eso lo han hecho el primero 
en la Creación. Todo otro móvil es inferior e 
inmoral y sólo nos acercará a la bestia y nos 
dará la tristeza de estar en el mundo desempe- 
ñando un menester despreciable, inútil, ajeno 
a nuestro sino e indigno de lo que somos. 

Y en tanto el venturoso dia no llega, ¡oh, 
congéneres!, trabajemos . . 



96 



MANUEL MEDINA BETANCORt 



Según nos va en ella. 

Las cosas tienen para nosotros un sentido 
aceptable y hasta agradable mientras se ha- 
llan conformes con nuestra manera de vivir 
y su conveniencia. Por ejemplo, cuando un 
suceso desgraciado, más o menos imprevisto 
c increíble, altera repentinamente con su bru- 
tal realidad nuestra manera de vivir, brusca- 
mente también cambia nuestra manera de 
ver, como si de pronto la vida con su agre- 
sión desconcertante se nos revelara otra cosa, 
una cosa pésima e insoportable, como si hasta 
entonces hubiéramos tenido por error, colo- 
cados delante de nuestros ojos, unos lentes en- 
gañosos que nos hicieran formar de la vida 
un concepto amable pero' lamentablemente 
equivocado. ¿Es, acaso, que la vida de nues- 
tro alrededor se había modificado? No. Fs 
la nuestra la que ha variado por una infausta 
causa que trastornando la normalidad de nues- 
tro modo de vivir, nos cambia el consuetu- 
dinario punto de vista, y turbando la luz de 
nuestra complacencia espiritual y física y por 
consiguiente de nuestro bienestar, nos oscu- 
rece la visión del mundo exterior y con ella 
la de nuestro propio destino. De ruidosos y 
arrogantes que éramos, nos hace sombríos, 
nos desarma, nos inutiliza, nos empequeñece 
hasta sentirnos despreciables y entregarnos al 
concepto público como objetos sin valor. Y 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 97 

pensar que, a veces, no pocas, teníamos una 
personalidad exigente, soberbia, un orgullo ca- 
paz de sacrificar un mundo! El mismo fe- 
nómeno, pero a la inversa, produciría en 
nosotros un suceso afortunado, si al mani- 
festarse éste estuviésemos soportando las pe- 
nurias de una suerte aciaga. La vida, ilu- 
minada espléndidamente desde el fanal de 
nuestra repentina ventura, se nos aparecería 
tan extremadamente hermosa como horren- 
da y tétrica lo había sido antes. La verdad 
negra se convertiría por arte de magia en la 
verdad luminosa, en la verdad radiante, y 
sería la vice-versa del caso anterior. Por eso 
existe la división del género humano en dos 
bandos: los optimistas y los pesimistas, ban- 
dos que, como las aguas de un mismo mar, 
según sea el vaivén que les marquen las ma- 
reas o los vientos, son, hechas olas, unas 
veces hondura y otras cima, abismo o espu- 
ma, o séase para el espíritu del hombre, tris- 
teza o alegría, desgracia o bienaventuranza. 
Esto es lo que hace al hombre, en general, 
voluble, inconstante, principalmente cuando 
predominan más en él los instintos y pasiones 
que la razón (la mujer es un ejemplo elo 
cuente) , y no es un refrán de sanchismo exa- 
gerado aquel que afirma que cada uno habla 
de la feria como le ha ido o le va en ella. 



7 



98 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



pur, si muove". 

Afirman los sabios y los divulgadores de 
la ciencia celeste, celeste por ser del cielo y 
por ser, también, en el tono de los símbolos, 
suave, amable, discurren te, contemplativa, 
sin el rojo furioso o sangriento de la que se 
dedica a la destrucción y a la guerra, o el 
amarillo pálido y triste de la que hace el 
apostolado de la medicina, por no citar (-n 
esta digresión de paso sino a los más signifi- 
cativos, afirman, decíamos, que la mecánica 
que mantiene y administra el juego regular 
de los astros de toda especie, acciona y fun- 
ciona gracias a la equivalencia o equilibrio es- 
table de dos grandes fuerzas contrarias que 
concretan o sintetizan en dos palabras, toda 
la vida del Universo: la radiación y la gra- 
vitación, una fuerza que "hace" constante- 
mente vida y la irradia al espacio como un 
surtidor maravilloso, y otra fuerza conserva- 
dora por excelencia, que con igual constancia 
lucha tenazmente en sentido contrario para 
mantener la cohesión de la masa, para conser- 
var la estructura de esa inmensa usina, ho- 
gar u hornalla en función. A la vez, fuera 
de cada centro nucleal, esa misma fuerza 
de contención, obrando de economizador y 
condensador de la materia esencial, retiene, 
reúne y da formas precisas a toda esa vida 
irradiada o disgregada que puebla el incon- 



ÉL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



99 



mensurable espacio de su influencia, no sólo 
con el objeto providente de que fluida no se 
disperse y se inutilice, sino para que al propio 
tiempo las substancias vitales, condensadas en 
soles y mundos, puedan ser, regeneradas y con- 
certadas, nuevas simientes de nuevas fuerzas, 
a fin de que en la cadena infinita de su des- 
tino, continúen manteniendo perpetuamente 
encendido el fuego máximo de la Vida. Estas 
dos fuerzas supremas de sentido opuesto, in- 
versas una de otra, no son, como se ve, ene- 
migas, sino armónicas, y más que eso com- 
plementarias, coadyuvantes, y siendo la una 
la substancia y la otra su estabilizadora, no 
se sabría afirmar cuál de las dos es más va- 
liosa y cuál más admirable. La vida está he- 
cha de la oposición de los contrarios, ya lo 
afirmaban hace muchos siglos los peripatéti- 
cos y Heráclito, y es indudable que hoy, con 
k ciencia al día, se confirma, aun más allá 
de las ideas, como la exacta definición general. 
Vida cósmica, vida orgánica o vida energé- 
tica, todo necesita para expresarse como tal 
la conjunción de factores de signo encontrado, 
el juego de fuerzas opuestas que se compíe 
menten, el polo positivo y el negativo para 
hacer el circuito, en fin^ la unidad del equi- 
librio, y que en el hombre — el hombre ei 
según Platón, una representación de'- Univei- 
to — viene a ser esa sofrosine lócxl de los 
griegos. 



100 MANUEL MEDINA BETANCORT 



Se admite como una conjetura satisfactoria 
que mientras la acción hacia afuera de la pre- 
sión radiadora de los astros generadores de 
energía cósmica o de vida universal es dis- 
persar esa energía como un sembrador, (el 
gran sembrador por antonomasia), la acción 
de la gravitación es, todo lo contrario, la de 
contraer, la de atraer hacia adentro, diríamos 
la de estabilizar lo instable, el desborde irre- 
sistible de esa fuente inexhausta que por su 
abundancia y su constante surgencia parecería 
más que dar la vida, disiparla. Sin embargo, 
conjetura por conjetura, cabría suponer que 
esa contracción que paulatina y paralelamente 
a la expansión irradiativa van sufriendo los cen- 
tros de energía siderales, se puede deber pre- 
cisamente a la perdida de energía o de vida 
que significa esa expansión; que és un acto 
negativo o contrario como resultado del acto 
positivo, esto es, que la contracción de la ma- 
sa (hacia dentro) no es más que un efecto 
de la expansión, dispersión o consumo (hacia 
afuera) de la energía o vida que contenía, 
masa que no obstante su movimiento de con- 
tracción y consunción se mantiene en el con- 
junto del sistema en su punto de equilibrio, 
ya sea porque otras fuerzas o pesos que recibe 
la compensan de las pérdidas irradiadas — el 
intercambio de elementos de la misma natu- 
raleza bien puede ser una de las condiciones 
vitales — o ya porque no obstante la disgre- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 101 



gación general de los cuerpos y sus diferencias 
de volumen, la economía del sistema total — 
el espacio cósmico y sus estrellas y mundos — 
en nada se perjudica, puesto que cumpliendo 
el portentoso ciclo de sus leyes básicas, las 
fuerzas que ^^tn disgregándose por un lado se 
acumulan por otro y constituyen correlativa- 
mente nuevos núcleos y fuentes vitales. La 
vida es un acumulador que se descarga para 
"vivir", y esa vida después de vivida o des- 
cargada, pasa por acto de un equilibrio ya 
reglado por la Naturaleza, a formar otros nú- 
cleos de vida o de energía, otros acumuladores 
que también a su vez y a su tiempo se des- 
cargarán con el mismo efecto, y así sucesi- 
vamente. 

Uno de los elementos que entran también 
en la perpetua reconstrucción del Universo y 
que es al mismo tiempo un efecto de la pro- 
pia vida que quema dicho Universo en sus 
grandes hornos para subsistir, son los restos, 
las escorias, las disoluciones de aquellos nú- 
cleos de energía que habiendo cumplido ya 
a través de incontable tiempo su curva de 
evolución, se desvanecen al fin en el fermen- 
tado espacio y forman, quizá, ese polvo en 
suspensión llamado cósmico y que un día, 
amalgamado por la vida dispersada en luz o 
energía y en los átomos migratorios desde 
gtros centros vitales en hervor, servirán d^ 



102 MANUEL MEDINA BETANCORT 



armazón para formar nuevos soles y nuevos 
mundos. 

Es común entre la gente lega en la materia, 
creer, siguiendo un razonamiento elemental, 
que en el principio de todas las cosas hubo 
algo o alguien que dió al Universo que las 
contiene el impulso inicial de movimiento y 
vida, que a través del tiempo y las edades si- 
gue todavía. Unos le llaman Dios — es una 
manera fácil de explicarse lo inexplicable — 
otros una potencia de substancia de misterioso 
origen. No obstante esta creencia, a la que 
las religiones de dogma bíblico, sobre todo, 
han dado bastante pábulo con su concepción 
del Dios creador antropomorfo, teniendo en 
cuenta lo que la ciencia ha podido investigar 
y comprobar hasta el presente, cabe más su- 
poner que el movimiento de la muchedumbre 
astral y su derivado la vida que desarrolla — 
la vida es movimiento y éste, a la vez, su con- 
secuencia — ha provenido y proviene, así como 
se produce al encenderse una rueda de fuego 
de artificio, del impulso que dan la expansión y 
desenvolvimiento de las propias fuerzas de 
cada núcleo de materia en evolución - - desde 
el estado fluídico o ígnico al sólido — y cuyo 
equilibrio gravitacional entre sí y entre todo 
el conjunto se mantiene y se mantendrá po- 
siblemente mientras las diferentes fuerzas en 
juego compensatorio o balanceatorio: radia- 
tivas, atractivas, repulsivas, de absorción, de 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 103 



conmixtión, de imantación y aún de disolu- 
ción, no alteren por fenómenos quizá pre- 
determinados, el concierto de potencias y po- 
tenciales que es el Universo, y se modifique 
o se acabe (ésta es, acaso, una conjetura de- 
masiado pretensiosa) tan magnifica creación. 

En la técnica astronómica se divide el mim- 
do sideral en estrellas fijas y en estrellas mo- 
vibles, estableciéndose asi el concepto, con- 
vencional desde luego, de que unos astros se 
mueven y otros no, concepto que no estando 
de acuerdo con la verdad real en unos casos 
y en otros con la verdad aparente, engaña 
r. los que ajenos por completo a estas especu- 
laciones, aceptan con la mayor inocencia y 
buena fe la sacratísima, por consagrada de 
toda sabiduría, palabra de la ciencia. Y aun- 
que a todos los inocentes, como nosotros, nos 
parezca por visión y por sensación de in- 
fluencia en nuestra vida. física y psíquica co 
tidiana, que es el sol y no el planeta que 
habitamos el que se mueve, la verdad que nos 
hacen conocer los entendidos no es precisamen- 
te esa, puesto que por los medios que ha pro- 
porcionado al hombre su propia inteligencia 
superiorizada por la cultura — medios q<ic 
están fuera de la lógica o comprensión común, 
ingenua, digamos — la verdad verdadera, nos 
dicen, y que para este caso sería la verdad 
oculta, la que "no se ve", es que el fenómeno 
se produce al revés de nuestro entendimiento, 



1Ó4 MANUEL MEDINA BETANCORT 



esto es, que quien se mueve en el espacio con 
una rapidez increíble para nuestra directa 
comprobación, es nuestra casa terráquea y 
no su hermosa lámpara vivificadora, esa ar- 
diente ascua redonda alrededor de la cual gi- 
ramos o damos vueltas y a la cual y por la 
cual vamos prendidos . Esto no obstante, 
como tal versión técnica, digamos, para uso 
del vulgo, no es exacta por incompleta, cree- 
mos que ya que la ciencia desvanece con sus 
investigaciones la creencia popular acerca de 
nuestra situación con respecto al sol, o sea su 
verdad más evidente, sería a nuestro juicio de 
leal magisterio enseñarle a ese candoroso vul- 
^o toda la verdad que no ve y no una parte 
de ella, haciéndole formar la falsa idea de que 
en el infinito astral existen estrellas fijas -- 
fijo es quieto, parado, que no se mueve - 
(nuestro sol sería una de ellas) y otras que 
hacen todo lo contrario, cuando la verdad 
definitiva es diferente, ya que en el Universo 
no existe astro o planeta alguno que no se mue- 
va, y lo que es todavía más importante, que ese 
movimiento sea en dos sentidos, en el de ro 
tación y en el de traslación,- sin contar todri 
vía que los astros y aquellos planetas que 
llamaremos *Vivos" porque se hallan en efer 
vescencia vital, también se mueven dentro d<t 
sí, se revuelven en sí mismos por evolución, 
transformación o función de esa propia vkIíi 
de que e3tán dotados. (jCómo es que se desvir- 



EL HOMBRE . EL MUNDO DIOS 



105 



túa científicamente nuestra sensación de que 
es el Sol y no la Tierra lo que se mueve — 
sensación que tuvo como única verdad el 
hombre, (aun el sabio, el que ''hacía" la 
verdad o la consagraba) hasta no hace mu- 
chos siglos, apenas sí duatro, y esa misma 
ciencia desvanecedora de una evidencia di- 
recta, crea y proclama como concepto Je 
último juicio, el convencional o falso y tan 
aparente como el otro, de que liay estrellas 
fijas y estrellas que se mueven?^ 

Esas estrellas clasificadas corno fijas, sólo lo 
son aparentemente y a causa de que no no^. 
es posible apreciar desde nuestra ubicación y 
nuestra visual todo el movimiento que real i 
zan por el derrotero que tienen marcado en 
el concierto de los sistemas, las cuales sin em 
bargo, al igual de las demás ruedas del en- 
granaje de la gran máquina estelar, se mueven 
en sus dobles sentidos rotativo y translaticio 
dentro de las condiciones y medida que sus ca- 
racterísticas y posición les han deparado. Lo 
que ocurre es que como no salen del campo de 
nuestra visual, parece que ni ellas ni nosotros 
(la Tierra) nos movemos apreciablemente, y 
es por eso que cada hemisferio y cada latitud 
nos brinda permanentemente por las noches 
el espectáculo de unas mismas estrellas más o 
menos hacia los mismos rumbos y mantenien- 
do siempre una parecida composición de con- 
junto. Sin embargo, toda esa innumerable 



106 MANUEL MEDINA BETANCORT 



muchedumbre de estrellas está eternamente 
en marcha, cumpliendo su destino, su vuelta 
circular por el infinito, vuelta tan grande 
tan grande con respecto a nuestras modestas 
vidas terrenas, que para que nuestra especie 
pueda ver de nuevo este mismo firmamento 
de hoy después que haya cumplido un sólo 
ciclo completo, transcurrirán nada menos que 
veintiséis mil años (unas cuatrocientas trein- 
ta y tres generaciones humanas) , lo que quie- 
re decir que nuestras constelaciones del Sur, 
como por ejemplo nuestra famosa Cruz, ayer 
fueron del Norte, y que precisamente por 
no ser fijas ni haber nada fijo en el cielo, 
seguirán por los siglos de los siglos, mientras 
no perezcan, mudando de sitio y de lati- 
tud. Y así como el mundo que habitamos 
gira sobre sí mismo en vueltas completas de 
veinticuatro horas y alrededor del Sol en 
trescientos sesenta y cinco días, y aparente- 
mente no lo parece, ese mismo Sol, eje de 
nuestro sistema y convencionalmente consi- 
derado como estrella fija, aunque aparente- 
mente tampoco lo parece marcha también 
incesantemente y a gran prisa, con su séquito 
de planetas, rumbo hacia su herrriano de cla- 
se el bello sol azul Vega, de la constelación 
La Lira. (Razón hay, pues, para que a nosotros 
los terrícolas "nos tire" tanto la poesía . . . y 
la música) . Tampoco lo parece, y por lo tanto 
nadie que no sea un astrónomo lo diría, 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 107 



que como habitantes regionales del Universo 
cósmico somos galaxios, esto es, conspicuos 
componentes de la Vía Láctea — nuestra Vía 
Láctea, pues hay centenares de Vías Lácteas 
en centenares de otros cielos — esa avenida o 
calle principal del cielo tan maravillosa que 
si nos tuviéramos, después de todo, en mejor 
aprecio, hubiera sido justo motivo de orgullo 
por habérsenos elegido, aunque con otros, en- 
tre tanta y tanta multitud sidérea, para ser 
material de su magnífico empedrado. Conque 
en esto de apreciar lo que hace y cómo es 
cuanto hay en esa bóveda sin fondo que lla- 
mamos firmamento — admitiendo que la ca- 
pacidad humana de comprensión no tenga 
límite — todo es cuestión de distancia, de 
tiempo, de posición y de perspectiva, y es 
debido a ello que al hombre no le es posible 
y es casi seguro que nunca le será, conocer con 
exactitud la real existencia y función de la 
mayor parte de esos enjambres de soles, cos- 
mos, esferas y torbellinos de materia en com- 
bustión, que arriba, abajo y a los costados de 
nuestro planeta y hasta lejanías y profundi- 
dades incalculables, pueblan el infinito espa- 
cio que nos rodea. 

Cuando hube terminado el precedente dis- 
currimiento sobre tema de tantos bemoles, 
alguien que por encima del hombro me mi- 
raba escribir, me interpeló. 



108 MANUEL MEDINA BETANCORT 



— ;Y de qué estudios se ha valido usted 
para emitir tales opiniones? 

— Pues . . . de los estudios de los demás, co- 
mo hace todo el mundo. . . y además, de la 
irresistible debilidad que sentimos todas las 
personas más o menos cultas y ociosas, por 
esos vistosos ejercicios intelectuales que en las 
graves universidades de antes se llamaban doc- 
toralmente cuodlibéticos. 

— ¿Cómo? 

— Cuodlibéticos. 

— Ah! 



De las cosas de la Naturaleza. 

Una sensibiHdad de orden sagrado por su 
maravilla y su misterio, atrae e imprime en 
las membranas retentivas del cerebro todas 
aquellas vibraciones y emociones de la vida 
exterior é interior, que llegan como ondas so- 
noras y como ondas se adormecen poco a poco 
hasta callar indefinidamente en los senos de 
las células, si una voz de simpatía no las des- 
pierta, como resucitadas, del olvido. Con ellas 
nuestro ser espiritual vive, se contempla y asis- 
te al espectáculo vario de la existencia, y con- 
frontando sus formas y sus valores, examina 
los ámbitos de la Naturaleza, anda avizor por 
las tinieblas de lo desconocido, y busca el 
origen de la Materia, la definición del alma 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 109 



incorpórea, el secreto irrevelado y recóndito 
de las Causas y los Equilibrios. En el correr 
de los días las sensaciones caen en la masa vi- 
brante como invisible y armoniosa lluvia de 
voces de continuado eco, que acumulándose 
incesantemente se apagan y se suceden en el 
constante transcurso de las impresiones. Y 
como todos los fenómenos del mundo moral, 
la visión espiritual nace y se sustenta de las 
potencias físicas, y sigue las mismas vacilacio- 
nes que mueven a éstas en el constante fluc- 
tuar de las fuerzas y de la salud. La idea decae 
cuando la carne desmaya, falta de vigor. El 
pensamiento se desenvuelve sin esfuerzo cuan- 
do el sistema se ha nutrido a satisfacción. 
Y al compás de tales variantes el cerebro pro- 
duce sus manifestaciones, ya débiles e insufi- 
cientes en un caso, ya sólidas y naturales en 
el otro. Sin embargo, no siempre las provi- 
siones que acumula son impulsos y energías 
para la maravillosa máquina. Son tan endebles 
sus resortes y sus engranajes padecen tan sen- 
siblemente las influencias recibidas, que un 
exceso de elementos de poder le producen el 
mismo efecto negativo que si careciera de 
ellos. Un embotamiento le sujeta, un peso 
inerte le ahoga, una impotencia le anula y le 
lleva a la nada de lo insensible y de lo infe- 
cundo. Entonces, viene la necesidad orgánica 
de la liberación, la función revolucionaria que 
ha de despertar por vara mágica el encanto 



110 MANUEL MEDINA BETANCORT 



dormido, el estremecimiento que avivará la 
llama celeste sumergida en las hondas tinie- 
blas. La Naturaleza dispuso que el hombre, 
amando, se perpetuara en la eternidad. La 
Naturaleza defiende a sus creaciones, y sobre 
todo al hombre, su obra maestra. Por eso, de- 
bido a una prodigiosa combinación de equili- 
brios, el ente humano al fecundar se fecunda, 
agrega un eslabón a la cadena de la especie 
y al mismo tiempo, por efecto mecánico y 
automático, restablece y exalta su personali- 
.dad de animal superior, inteligente, director 
de la Creación, elegido entre los seres para 
buscar a Dios en el Universo. 



Cómo se escribe la Historia. 

En el eran escenario de la Historia, el Kai- 
ser, Mussolini, Lenin, Hitler, no son más que 
personajes de monólogo, autores y actores al 
mismo tiempo, exclusivas voluntades indivi- 
duales — no representativas de colectividades, 
de pueblos, de civilizaciones — que se dife- 
rencian entre si según el pretexto histórico o 
circunstancial que adoptaron en el momento 
oportuno del cual se aprovecharon para ha- 
cer .triunfar sus personales ambiciones, o ideas, 
o locuras. Napoleón, más genial que los* otros, 
también lo fué, como lo fueron todos los 
conquistadores de la vieja y la nueva Histo- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS lll 



ría. Bajo tales influencias el mundo, o la pane 
de mundo donde cada cual pudo extender su 
dominio, sufrió (nunca más exacto el verbo) 
las transformaciones, muchas de ellas funda- 
mentales y decisivas, que ese uno, en nombre 
de la divinidad, de la voluntad popular, o de 
cualquier ideario, qtiiso y pudo imprimirle de 
acuerdo con su antojo, su entendimiento y 
su poder; transformaciones que las multitu- 
des, coincidieran o no con su opinión, su de- 
seo o sus intereses, no tuvieron más rernedio 
que soportar, y aceptar, y vivir. Y así se ha 
"producido" . la Historia, casi toda la His- 
toria, sobre todo la más trascendente y trá- 
gica, la de guerra y sangre, que es la que a 
través de los siglos ha hecho dar más giros, 
marchas, conversiones y contramarchas a los 
desventurados rebaños de la humanidad. Sin 
embargo los historiadores, tanto los de hoy 
como los de ayer, desde aquellos que elevando 
de categoría a los antiguos relatos orales de 
los hechos vividos por razas y naciones, hi- 
cieron crónica cronológica y certificada, es- 
tudiaron los hombres prominentes y los he- 
chos, y derivaron de todo ello, para enseñan- 
za del porvenir, una filosofía, — confunden 
inexplicablemente, quizá por un error de vi- 
sualidad mental, al actor con el sujeto, la cau- 
sa con el fenómeno, lo accidental o azaroso 
con lo natural y permanente, y dándole a los 
pueblos, a las generaciones, a las épocas hu- 



i 12 MANUEL MEDINA BETANCORT 



manas, personalidad, autodeterminación, vo- 
luntad propia, explican y justifican los su- 
cesos y derroteros históricos como expresiones 
conscientes de sus necesidades vitales o de sus 
ideales raciales, nacionales, corporativos o he- 
gemónicos. Un desastre, una caída, un de- 
rrumbe, lo interpretan como el término de 
un proceso degenerativo; una época de auge, 
de abundancia, de apogeo, como la culmina- 
ción de una prosperidad triunfante, cuando 
la mayor parte de las veces todo ha sido obra 
inconsciente y ciega de las circunstancias, de 
los hechos combinados, y en no pocas ocasio- 
nes, de esas voluntades o poderes impulsivos 
sin más razón ni ley que la fuerza prepotente 
de las armas, en fin, de los despotismos de un 
hombre, llámese reformador, conquistador, o 
tirano. Casi nunca esos hechos, grandes hechos 
de honda repercusión en la historia humana, 
son crisis de un estado de cosas provocado por 
su propia madurez, o algidez, o punto de re- 
solución, por evolución cumplida de vm fe- 
nómeno de causa predeterminada, sino crisis 
incongruente, ilógica, inesperada, de violen- 
cia, así como la muerte que llega por accidente 
y no por vejez, la destrucción que se pro- 
duce por catástrofe o violencia, no por cadu- 
cidad o disolución natural. Esta diferencia es 
frecuentemente equivocada por críticos y fi- 
lósofos, por estadistas e historiadores, quienes 
debido a una ofuscación o miopía incompren- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS US 



sible en ellos, confunden los grandes efectos de 
la Naturaleza, del determinismo histórico y de 
la evolución de la vida de las sociedades, con 
las causas adventicias y arbitrarias que en un 
momento determinado deciden, por su gra- 
vitación irresistible, precipitando y cambiando 
el curso normal de las cosas, causas que por 
tener generalmente como origen las ambicio- 
nes más salvajes del hombre: los triunfos gue- 
rreros, el botín, los goces materiales, son fu- 
nestas casi siempre, porque casi siempre son 
negativas y destructoras, subversivas y regre- 
sivas, brutales en suma. 

Dichosos pueblos de niños . . . 

Para ciertos pueblos de nivel intelectual me- 
diano, aünque de extraordinaria capacidad 
para el esfuerzo, pueblos fenicios, pueblos 
hormigas, pueblos enjambres cuya miel es 
dulce sólo porque es oro, el ideal artístico de 
sus monumentos o de sus obras monumentales, 
son los "rascacielos", las montañas de casas 
sobre casas, de hogares sobre hogares, unifor- 
mes, iguales, sin diversidad, sin idea compleja, 
montón de habitáculos de colosales propor- 
ciones y de sumaria y monótona arquitec- 
tura de planos y de cubos, semejantes, en su 
acumulación, a las celdas de las colmenas, se- 
mejantes, en la tendencia a elevarse con des- 

8 



i 14 MANUEL MEDINA BETANCORT 



mesura, a los nidos monticulares de los come- 
jenes o termites. Tales pueblos demuestran que 
son niños aún, párvulos mentales ante todo, y 
que el máximo de su admiración, el punto 
mayor de su ambición, está, por el momento, 
en hacer, como en juego, cosas altas, en imitar 
a las montañas, que es lo primero que ha ma- 
ravillado a sus mentes infantiles, que han sido 
de las primeras cosas que vieron sus ojos nue- 
vos en el mundo, y además, como otra expre- 
sión de su chiquillería, en forzar, curiosos, 
atrevidos, porfiados, las misteriosas leyes del 
equilibrio y la gravedad. 

Porque en resumidas cuentas, ¿qué son los 
sports? Juegos. Juegos de niño realizados por 
hombres, trabajos recreativos llenos de inci- 
dencias fútiles, de ingenuidad, de gestos, de 
ritos, de convenciones pueriles, y no pocas 
veces de instintivas expansiones animalescas. 
Los países de esta índole racial son los que 
más los practican. El sport no es tomado en 
primer término como ejercicio, como kaliste- 
nia, como método de salud, de fuerza y de 
belleza — supremo ideal del pueblo griego, 
modelo de razas — sino ante todo como distrac- 
ción, como juego, como cosa de esparcimiento 
del que se siente feliz o quiere serlo dando suel- 
ta y loco placer, siempre que le es posible, 
al infante expansivo e incontrolable que el 
hombre ha de guardar en su ser, durante su 
vida entera, como el tesoro más dulce y de 



ÉL Hombre el mundo dios 116 



más avaricia. Lo malo, o por mejor decir, lo 
ridículo y lamentable que tiene esta idiosin- 
crasia humana, es que un asunto de tan poca 
monta, una típica cosa de niños y hasta de 
animales — jugar, recrearse, dar expansión al 
yo físico — por fuerza de la costumbre, de 
la necesidad y del tiempo, haya concluido 
por adquirir, en volumen y en formalismo, 
una importancia igual y mayor, en muchos 
casos, que la que tienen, en la vida del hom- 
bre, las cuestiones más graves y trascenden- 
tales. Ved, si no, lo que ocurre en todo el 
mundo civilizado, y sobre todo en esos pue- 
blos niños a que nos referimos al principio. 
Grandes esfuerzos físicos y disciplinas, ingen- 
tes gastos, solemnes ceremonias de comisiones, 
asociaciones, asambleas, con sus discusiones y 
sus tecnicismos, conl sus leyes y sus regla- 
mentos, con sus Demóstenes y sus historia- 
dores, con su secuela de doctos profesores, de 
celebridades, de héroes, de campeones, de apo- 
teosis culminadas entre el frenesí de las mul- 
titudes y el ditirambo hiperbólico de un pe- 
riodismo y una literatura de más nutrida 
opinión que la que se dedica en cualquier co- 
lectividad civilizada por muy culta que fuere, 
a los problemas más profundos o primordiales 
de la vida. Y todo, todo, ¿para qué, oh santo 
genio de la especie? Pues para lograr en con- 
clusión que las trompetas de la fama pregonen 
tirbi et orbi, que el campeón tal o el equipo 



ÍÍ6 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



cual, de ésta o aquella venturosa cividad, ha sa- 
bido en determinado momento — momento his- 
tórico — embocar mejor que el extranjero en 
un hoyo con una pelota de caucho, hacer "es- 
tremecer" una red con una pelota de cuero 
(el golf, el polo, el football) u otras habili- 
dades por el estilo! 

En tan singulares pueblos los deportes es- 
tán incorporados, a la existencia del individuo, 
de la raza, de la nación, en esa categoría moral 
superior que se puede llamar sagrada; a la 
misma altura devocional de la religión y de 
las tradiciones; siendo fácil ver cómo un 
triunfo o una derrota en sport repercute de 
inmediato en el alma colectiva y se convierte 
en una sensación nacional, en una emoción 
que conmueve al país entero con toda la arre- 
batada fogosidad afectiva del amor patrióti- 
co. No será, quizá, el triunfar o el perder una 
absoluta cuestión de honor en su sentido más 
agudo y más fundamental — (sin embargo se 
dan casos de que lo sea) — pero es indudable 
que este poderoso agente de aspecto y reali- 
dad tan inocentes, es un exaltador del orgullo, 
un terrible perturbador de la sensitiva vanidad 
nacional, y por consecuencia, hasta un peligro 
a veces para la buena armonía internacional. 

En resumen, ¿será cuestión, acaso, de ex- 
clamar: Dichosos pueblos de niños? Si esto 
fuera así como última definición del hombre 
en el mundo, deberíamos dejar de una vez, 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 117 



nosotros los pueblos solemnes antes que nadie, 
nuestra trágica máscara de entes graves, nues- 
tro petulante empaque de seres eminentes por 
sobre todas las cosas, esa fatua importancia 
que desde nuestro Olimpo terreno nos solemos 
dar filosofando y haciéndonos los dioses, ya 
que al cabo al cabo el espectáculo del homo sa- 
piens no habría de ser más que apariencia, nada 
más que sugestión y comedia, tonta y ridicula 
comedia de monos sin pelambre, de niños can- 
dorosos de la cuna a la tumba, que para so- 
portar los infinitos problemas de la pesada 
vida, todo o casi todo lo hacen juego, y como 
animalillos soñadores de poca potencia cere- 
bral, para no perecer de locura, haciéndolo 
juego, todo lo vuelven fantasía. 



Las horrendas calamidades. 

La guerra mundial, mientras destruía al 
hombre y su riqueza, que era su obra y su 
bienestar, destruía su moral, que era su civi- 
lización, y cuantas nobles virtudes de gran- 
deza y de amor atesoraba en su cultura de 
selección la especie humana. Terminada la lu- 
cha, la más formidable de todos los tiempos, 
con la victoria de los unos y la derrota de 
los otros apareció la miseria y el hambre por 
doquier, el desastre del mundo entero, com.- 
batientes y espectadores, culpables e inocentes. 



118 MANUEL MEDINA BETANCOKt 



el vórtice apocalíptico en donde se hundían a 
cada instante los más preciados valores de 
nuestro espíritu. Después de cuatro años lar- 
gos de destrucción salvaje, el hombre que fué 
a la guerra abandonó a sus dioses, a sus señeros 
dioses morales: la honradez, el bien, la pureza, 
y negándose a sí mismo como ser superior, 
se degeneró, volvió a la lujuria de sus apetitos, 
a las raíces bestiales en que su inteligencia de 
perfección se hallaba injertada. Licenciadas 
las legiones, diseminadas como una manada de 
lobos por todo el orbe, a veinte años de aque- 
lla hecatombe, estamos todavía en el tiempo 
triste y sin fin en que incursionan desespe- 
radamente por los pueblos buscando feroces 
dónde saciar su hambre. La guerra le quitó 
valor a la vida. Enseñó que era tan fácil ma- 
tar como morir. La paz con hambre, la vida 
de sostén incierto, el morir sin morir de la 
necesidad vital de todos los días, es mala con- 
sejera, y al que erigió el homicidio en oficio, 
poco le cuesta ya buscar a la víctima para ha- 
cerse de botín. Matar, robar, entregarse al pi- 
llaje? Bah! ¡Qué importa eso! No es culpa 
suya si al homicida se le llama héroe en la 
guerra y asesino en la paz. Y es así que el virus 
ha penetrado en todos los órdenes sociales, y 
que engañar, mentir, traicionar, es hoy cosa 
de poca monta, percata minuta. La honesti- 
dad, la lealtad, los ideales, ya no existen. Todo 
se asalta y se conquista como en la guerra: 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 119 



alevosamente, de sorpresa, en encrucijada, ya 
sea al hombre, a la propiedad o a las institu- 
ciones. Dedicados al mismo menester la es- 
pada y el puñal, son armas que se equivalen. 
Bandidaje, maffia, gangstería; pillastrada arri- 
ba y abajo. El más brutal, el más cínico, el 
más audaz, es el que vence, y el que manda, 
y el que oprime, el que pondrá cadenas a nues- 
tros huesos y a nuestros pensamientos, y el 
que con monstruosa inconsciencia de déspota 
dictará la sentencia de nuestra muerte, o las 
condiciones de nuestro futuro vivir. El mun- 
do ha concluido por dividirse en fuertes y 
débiles, en tiranos y oprimidos, en víctimas 
y victimarios. Tal es el cuadro patético, tales 
son, en resumen, las horrendas calamidades 
que nos trajo la guerra. Por eso cuesta creer 
que un filósofo tan profundo como Ortega 
y Gasset, que ha inquirido con tanta sabiduríi 
en la vida y en la historia del hombre social, 
afirme sin vacilación en "Esquema de las cri- 
sis", que es un "grave error echar mano de la 
guerra mundial para explicar los cambios pro- 
fundos acaecidos en la humanidad"! 



Os embriagáis con palabras . . . 

¡Oh, pensadores, escritores, filósofos, poetas 
que os embriagáis con palabras y creéis que 
debido a vuestros eminentes "mesteres" sois 



120 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



los que lleváis a la muchedumbre humana por 
los rumbos más ciertos, hacia los más glo- 
riosos destinos!: Vuestra humosa vanidad, 
vuestro orgullo soberbio y vuestro limite 
mental no os dejan ver que al lado vuestro, 
en todo vuestro derredor, existen miles y miles 
de otras posibilidades diferentes, miles y miles 
de semejantes que sin desconoceros en lo que 
valéis, pueden tener en sus cerebros otros con- 
ceptos de las finalidades de la vida, otras re- 
presentaciones del mundo, otras fantasías acer- 
ca de la misión y destino del hombre sobre la 
Tierra, otras ideas más ciertas y mejores, quizá, 
que las vuestras! 

(íPor qué habéis de ser vosotros en vuestras 
versiones interpretativas, los únicos o los ver- 
daderos? 

¿Vor qué ese orgullo así, pertinaz, pavonea- 
do, despreciador, estúpido? 

({No puede acaso suponerse, por lo menos, 
que el mundo, el hombre y la vida en su cada 
parte y en su relación, en su principio y 
en su fin, en su física y en su sentido de exis- 
tencia, son de otra manera distinta de como 
los veis vosotros, y que es posible que todo 
o mucho de lo que imagináis de todo, no sea 
más que falso, infantil y deleznable? 

¿Por qué sólo, como queréis vosotros, han 
de ser la cultura, la ciencia, la filosofía, las 
artes, y entre las cuales principalmente las de 
la palabra, las que han de dar la pauta de la 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 121 



grandeza humana, las que han de indicarnos 
el camino de la felicidad y llevarnos a todos 
hacia la fabulosa meta de la perfección? ¿Sa- 
bemos, en realidad, lo sabéis vosotros acaso, que 
cosa es en definitiva el bien, nuestro bien, qué 
cosa es el mal, qué son o han de ser algún día, 
allá en el fondo de nuestro largo y penoso ca- 
mino de purificación, el triunfo, la felicidad, 
la perfección? 

¡Oh, pensadores, escritores, filósofos, poetas 
que os embriagáis con palabras y creéis, y 
queréis obligar a creer, que el mundo sólo es 
como el sentido de vuestras palabras! Voso- 
tros érais lo único hasta ahora, para mí, que 
parecía indiscutible, ante todo, primero que 
todo, a la cabeza del Universo, porque vos- 
otros érais en él la cumbre, el espíritu, la 
civilización, la sabiduría suprema, los super- 
hombres, un poco de divinidad. Hoy al veros, 
al fin, como sois, vagando en vuestro cielo 
vacío, envueltos en vuestro aire de dioses, 
embriagados, mecidos y adormecidos con 
vuestro exquisito rumor armonioso, siento pe- 
na, un poco de compasión por vuestra apa- 
ratosa flaqueza, y también ¡ay de mí! crueles 
•e irreverentes ganas de sonreír! 

¿Qué eres, hombre? 

Ciega tu alma para descifrar tu destino y 
para penetrar en los grandes misterios de la 



122 MANUEL MEDINA BETANCORT 



Vida, andas a tientas por el mundo, llenán- 
dote de heridas y amarguras. ¿Era ésta tu 
misión sagrada, era ésta tu suerte en los de- 
signios divinos? 

Cuando sueñas, suspiras. 

Cuando luchas, sufres. 

Cuando meditas, lloras. 

Lloras porque no estás conforme. Sabes que 
hay en ti la fuerza todopoderosa, la llama que 
haría el milagro de la luz en la densa som- 
bra, pero sabes también que una fatalidad de 
arcilla deleznable te encadena y te anula. 

Y lloras porque eres impotente con las ma- 
nos llenas de armas, porque tu vida pasa y 
tú pasas en la Vida sin poder gozar de las 
infinitas formas de la felicidad y de la belle- 
za que desfilan para siempre por tu lado. 

¿Qué son, sino — campo de lucha sin vic- 
toria — los días iguales, duros, revueltos, ver- 
tiginosos, llenos de ciego debate, donde todo 
es feroz emboscada, donde los hombres no 
son tus hermanos sino tus verdugos, donde no 
hay un rayo de esperanza que aliente al co- 
razón? ¿Dónde encontrar el reposo, el seno 
amable, la senda dulce que te lleve a las tie- 
rras generosas que hagan florecer para tu 
regalo la flor del ensueño, que den al árbol 
del ideal la savia vigorosa que le mantenga 
incólume y eterno en la realidad? 

Hombre, paria, mísero penitente, bendice 
el bálsamo de tus lágrimas! 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 123 



El ojo de Dios. 

Vivimos en el ojo de Dios. Para tí, hom- 
bre, animal egocéntrico, indiscutible rey del 
Universo, el Mundo es su globo, el azul su 
esclerótica, y la pupila, la errante, la infa- 
tigable pupila, el Sol. Por eso estando tú en 
él, crees que él está en tí; y por eso te sien- 
tes su hijo y su idea, su substancia y cu obra 
maestra. Si te lo representas como tú, te diré 
que Dios puede ser un cíclope de un solo 
ojo. Si no te imaginas cómo es, te diré que 
Dios es todo ojo, es sólo ojo, un ojo único 
que está y ve en todas partes, que como la 
materia, vive de sí y para sí. Por qué existe, 
hacia dónde mira y hacia dónde va, pregun- 
tarás tú. Existe en acción de una idea, en 
camino de un destino, mira hacia la armonio- 
sa perfección, va hacia una finalidad de gran- 
deza inconmensurable cuya culminación cós- 
mica es la luz total, y cuya definición espi- 
ritual es el goce de la suprema bondad y Je 
la suprema belleza en la inefabíHdad del 
Nirvana. 

Para contemplarlo en todo su esplendor y 
quizá para comprenderlo, tendrías que mirar 
ese ojo fuera de él, frente a él, del otro lado 
de la comba del cielo que te cubre, que te 
encierra en su ilusión de bóveda, como en una 
prisión; sería preciso que te libertaras de tu 
insignificancia humana, y fuera de los límití^s 



124 MANUEL MEDINA BETANCORT 

de tí y de tu mundo, fuera de tu pequeñez 
de eterno actor de un mismo drama repetido 
en un mismo y estrecho escenario, volaras 
libre e ilimitado en el éter infinito, como un 
átomo de los elementos, latiendo en una per- 
petua vida sin sombras, sin misterio y sin 
muerte. 

Asi hablaba Zarathustra. 



Gregario. 

El filósofo se convence de lo que vale cuan- 
do confronta sus ideas con las ajenas. Si su 
pensamiento halla en el ambiente su misma 
lógica y su misma verdad, llega a ver con 
satisfacción que su cerebro es cuerdo y su or- 
ganismo normal. Pero, ¿acaso bastará esta re- 
velación para el hombre que ilusionado de su 
yo, esperanzado en lo que pudiera ser, llega 
un día a descubrir que sus ideas son las co- 
m.unes, que su inteligencia es la corriente de 
la especie, que en sus células cerebrales no exis- 
te el estado físico y dinámico que hace la luz 
nueva, desconocida, original, que sobre la al- 
tura uniforme de las multitudes destaca la 
cabeza extraordinaria del genio? ¿No es de 
una tristeza desoladora comprender que en la 
suerte de las creaciones de la Naturaleza, nuo^ 
nuestro yo tan querido y contemplado, no ha 
5Ído más que una forma de tantas del molde 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



12& 



común, una concepción vulgar e igual a todo 
el número innúmero que eternamente pasa? 



Cuídate del pecado. 

El hombre honrado debe cuidarse tanto de la 
adversidad como de la buena fortuna. Cuando 
eres desgraciado, las necesidades te acosan pa- 
ra que caigas en todos los pecados y te envi- 
lezcas en todas las abyecciones. Cuando la 
prosperidad te colma de bienes y de dichas, 
tus instintos te instigan con dulces vanidades 
a olvidar que debes ser justo y que tu destino 
moral es purificarte sacrificándote en el amor 
común de la especie, en la unidad consubs- 
tancial de la Creación. 



La noble intención. 

El hombre no es un ser tan malo como ge- 
neralmente él mismo lo cree. Si no ama a su 
prójimo, por lo menos lleva latente en sí la no- 
ble intención de hacerlo, pues de sus varia- 
dos sentimientos, pocos son lofe kjue tienen 
tantos nombres como la Piedad, que es también 
Compasión, y Lástima, y Conmiseración, y 
Misericordia. 



126 MANUEL MEDINA BETANCORT 



Es sabido que el hombre sólo le da muchos 
nombres a las cosas que mucho usa, o a las 
virtudes que mucho ejercita 



El bien a pesar de todo. 

Aunque la Justicia — supremo ideal de la 
razón pura — debiera ser siempre el bien, el 
bien no es siempre la Justicia. Queda entonces 
al juicio del hombre ecuánime el saber pesar 
cuándo se debe hacer el bien aun perjudican- 
do a la Justicia. 



El poder cimentado en la injusticia. 

La fábula del que fué a buscar al campo 
los asnos de su padre y se encontró en cam- 
bio con un reino, es el simbolo, la alegoría 
de lo que es el hombre en la vida, que de la 
nada puede llegar, por los accidentes de la 
misma vida, a serlo todo. Pero, para tristeza 
del alma ecuánime, es también denigrante 
representación de la injusticia, de la justicia 
inmanente y ciega de la vida, que no da el 
premio, el galardón o la facultad todopoderosa 
de dirigir, de poseer el gobierno de la vida de 
los hombres, a aquellos que se lo merecen por 
más capaces y meritorios, por estar más de 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



acuerdo con el derecho y la razón, por más 
grandes al ser más bellos, al aproximarse más 
a la armonía moral y a la perfección por la 
suma de las virtudes. Esta parábola bíblica, 
siendo la alegoría de la suerte humana, rea- 
lidad amarga del desventurado hombre, es in- 
digna de representarse como la idea de Dios, 
como obra de la voluntad divina, y desgra- 
ciada mentalidad tuvieron los que creyendo 
interpretar el pensamiento del Sumo Hace- 
dor, escribieron el libro sagrado para edifi- 
cación y suprema guía de su Hijo en la Tie- 
rra. Todo poder cimentado en el favor es in 
justo, y al ser injusto es inmoral, degradante 
para quien lo da y lo alienta predicándolo; 
corruptor para quien lo recibe, y criminal parri 
quien lo invoca como el propio espíritu de la 
Divinidad. 



Es preciso tener grandes ideas. 

No basta para alcanzar jerarquía que el 
hombre tenga ideas, si ellas son pequeñas o 
ajenas. Porque si son pequeñas sólo le servirán 
para su uso personal, y si son ajenas, le lleva- 
rán, aunque no lo suponga, a ser vulgar núme- 
ro de rebaño. Para ser algo es preciso tener 
grandes ideas, nuevas y grandes ideas que por 
su universalidad adquieran sobre el mundo la 
extensiva denominación de ideales, ideas que 



128 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



sean banderas de redención y apostolado, cru- 
zadas contra el mal y armas del porvenir. Uni- 
camente asi las multitudes os podrán llamar 
jefe, conductor, maestro, genio individual de 
la especie. 



La facultad genial. 

Por lo general, la facultad genial, como 
un fuego de artificio, se enciende y deslum- 
hra a costa del equilibrio de las luces meno- 
res, las potencias normales. La Naturaleza 
busca una compensación a su armonía, des- 
equilibrada por el fenómeno, y hace de todas 
las virtudes níediocres una virtud sobrena- 
tural y monstruosa, que es montaña y nube 
al mismo tiempo, luz y abismo, locura y di- 
vinidad. Y es así que la mayor parte de las 
gentes, niveladas bajo el rasero del sentido co- 
mún, del "buen sentido", niegan y blasfeman 
contra el gigante que se ha levantado hacia 
el infinito sobre el anónimo gregario de su 
cordura. 



Derivamos hacia la incoherencia. 

La Europa, o sea la civilización, se muere, 
dice Andrés Maurois, de un lenguaje mal he- 
cho. No creemos que la cosa sea tan grave 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 1^9 

como para morirse. Pero sí estimamos que se 
va fatalmente derivando hacia una disolución 
de la sensatez humana, y por consiguiente de 
su inteligencia y su civilización, y que gran 
culpa de ello la tienen dentro de las zonas 
ilustradas los simbolismos, decadentismos y 
vanguardismos por un lado y la ignorancia 
audaz por otro, que han alterado y falsifica- 
do el lenguaje, desnaturalizando por conse- 
cuencia el buen sentido de los conceptos con 
que el hombre había edificado su conciencia, 
quitándoles de un día para el otro, porque 
sí, por novelería, por postura o por temeridad 
irresponsable, su conspicuo y verdadero enten- 
dimiento, su justo valor semántico, pesado, 
medido y consagrado por una larga tradición 
cultural. Por esa alteración del lenguaje — alte- 
ración de violencia, no de evolución — nos va- 
mos a !a confusión general, y de ahí, por la 
incoherencia y la discordia, a la locura. Los 
grandes mentores intelectuales y morales del 
mundo debieran dar la voz de alerta. Hay 
que prevenirse del disparate y de los dispa- 
ratadores como de un corrosivo, como de un 
disolvente. Pensad que nuestra razón, que 
nuestro juicio, que nuestra cordura inteligen- 
te, se sostiene, se concierta y se manifiesta por 
medio del lenguaje, y que siendo esa razón, 
ese juicio, esa cordura toda nuestra superio- 
ridad, nuestro supremo tesoro, apenas si tiene 
la consistencia, la endeblez de un hilo! 

9 



130 MANUEL MEDINA BETANCORT 



Bendito seas, dinero. 

El amorj el amor del hombre civilizado, - 
para vivir, para triunfar, y ¡oh, ironía!, para 
elevarse sobre la materia de que procede, ne- 
cesita nutrirse con dinero. No es que el amor 
se compre directamente como en un negocio, 
sino que el dinero, su taumaturgia, lo adorna 
tanto, lo embellece tanto, tanto lo alimenta, 
que en un asedio pasional difícilmente se re- 
siste a sus tentaciones. Puesta una mujer a 
elegir entre el corazón de un rico y el de un 
pobre, no cabe duda sobre quién será el ven- 
cedor. ; Acaso esto quiere decir que esa mujer 
se ha vendido? No. Quiere decir que le han 
ganado los mayores encantos, la mejor sirena, 
el que le hizo la corte con más fascinante 
seducción. El amor culto, el amor de gentes, 
el amor de la civilización, hijo de un gusto 
refinado, de un espíritu selecto, de un pensa- 
miento soñador, necesita ser embellecido, idea' 
lizado, desmaterializado, porque quiere subir 
de categoría, elevarse a un plano superior des- 
de el fondo del acto bestial común a hombres 
y animales, y eso en gran parte sólo se obtiene 
con la sugestión del artificio, de las mate- 
rialidades agradables, de las esplendideces que 
trae en abundancia el oro y su poder. Después 
de los sortilegios del cuerpo y del alma, y mu- 
chas veces cubriendo su falta, el dinero — 
vara mágica que encierra en su virtud todos 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



131 



los bienes terrenales del hombre — es el pode- 
roso medio de que se vale el individuo social 
para realizar mejor la finalidad del amor y 
para gozarlo con más intensidad y perdura- 
ción. El mismo acto de adorno y seducción 
lo realizan aún los animales, ya poniéndose 
tiernos, o componiéndose, o cantando, o dan- 
zando, o haciendo carantoñas y arrumacos no 
muy distintos de los que hace el hombre ena- 
morado, que si en mucho nos separamos de 
las b^tias, en algunas cosas como en el celo, 
en la paternidad^ en el hambre y en general 
en las pasiones instintivas, nos parecemos tan- 
to hasta confundirnos en una misma fisono- 
mía ancestral. Negar la enorme contribución 
del dinero en el amor del hombre y en la 
felicidad de ese amor, y más aún, despreciar 
tal contribución y hallarla vil y degradante, 
es ir al tópico, ridiculo ya, de los románticos 
cursis del pasado siglo, que para hacerse los 
sublimes y los puritanos en amor, sintetizaban 
el ideal idílico en no ser de este mundo ni en 
la carne, y para execrar todo comercio con el 
oro corruptor, reducían sus ambiciones terre- 
nales al paupérrimo **Contigo pan y cebolla". 

Sí. Bendito seas, dinero, que das el amor 
lleno de belleza, que haces de un acto de bes- 
tias, una milagrosa delicia de dioses! 



132 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



Carta a una mujer. 

Porque yo no te era indiferente. Lo veia 
en tus ojos, que al caer en los míos, se ence- 
guecían alucinados. Lo veía en el rubor de tus 
mejillas, en la fiebre de tu piel, en el temblor 
de tus manos, en el efluvio cálido, que como 
juventud en combustión, subía de tu carne 
ardida por el amor. Lo veía cuando al soplo 
abrasador de mi palabra encendida por mi de- 
seo, tu sexo te latía ansioso en las aletas de tu 
nariz, en la humedad roja de tus labios, en 
el arca flexible de tu boca . siempre pronto 
e impaciente por lanzar su flecha, flecha de 
besos para heridas de Eros. ¿Belleza física? 
Era mi amor que con su lámpara maravillosa 
iluminaba tu carne y hacía tu belleza. ¿Be- 
lleza moral? Belleza moral, tampoco. Eres 
falsa, y cruel, y pérfida. Tu alma es opaca 
y no siente las vibraciones de otras almas. No 
eres más que carne, materia, sensualidad. Tus 
ideas son tan cortas como tus cabellos, y tus 
ojos no ven el mundo más allá de la super- 
ficie aparente de las cosas. Por eso ese carácter 
extraño y contradictorio que mi adoración 
admiraba en tí como un enigma, sólo era in- 
ferioridad e ignorancia, cinismo y vulgaridad. 
Tú me has pervertido, me ha^ encanallado, 
has hecho caer en la ignominia de todas las 
perdiciones y de todos los pecados, la prís- 
tina pureza de mi alma, la nobleza de mis 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 138 



más delicados sentimientos. Abandonado y 
burlado por tí, ha estallado en mi pecho el 
fuego morboso de las malas pasiones: la ven- 
ganza, el odio, la calumnia, la envidia, el ren- 
cor, la ira roja del crimen, el desborde funesto 
de los vicios: la embriaguez, el juego, la disi- 
pación, el libertinaje. De un santo has hecho 
un demonio, porque tú, mujer infernal, in- 
filtraste en mi sangre y en mis sentidos la 
fiebre rabiosa de la bestia herida. Eso. No soy 
más que una bestia herida que vibra de encono 
y quiere vengarse. Y esa bestia es una víbora, 
una víbora que con toda la hirviente pon- 
zoña de su ambición burlada, con toda la fu- 
ria de su poder menospreciado, desea, quiere, 
ansia aprisionar tu cuerpo en un amplexo tor- 
turante, y haciéndote agonizar en largo su- 
plicio, exterminarte. 

Después de llenarme de esperanzas, de ilu- 
siones y de besos, "tú no eres mi tipo", me 
dijiste, y como si el cariño fuera una moneda, 
en un instante le diste vuelta de cara a cruz, 
y en ella, en esa cruz, con impasibilidad de 
verdugo, me crucificaste, con clavos de muer- 
te, con rigor de herejía, como si de pronto 
un imperioso mandato te impusiera la volun- 
tad de hacerme padecer y aniquilarme. ¿Lo 
habías premeditado? ¿Es que yo no era lo que 
tú buscabas? ¿Es que te espantó el miedo de 
caer en el vórtice indominable de mi inmenso 
gmor? Todas las malas pasiones que bullen hoy 



134 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



en mí me piden, con impaciencia implacable, 
que elija de ellas para darte el tormento que 
mereces, la pena vindicatoria de tu maligna 
entraña. Y mi corazón lucha, y mi corazón 
llora, porque sin embargo de todo, mi cora- 
zón te ama y te perdona. El fué un instante 
feliz por tí y no lo olvida. Algo de tí le dis- 
te, sincera u ofuscada, y es por ello que agra- 
decido hasta la esclavitud, no puede ahora 
devolverte con hierro lo que tú con hierro le 
causaste. Pero como no es posible que quede 
impune tu crimen despiadado, mi razón jus- 
ticiera te augura como suficiente castigo, que 
alguien, ira de los dioses o instrumento del 
destino, haga con tu corazón, cuando padezca 
de amor, lo que tú, ingrata, injusta, cruelí- 
sima, has hecho con el mío! — Jaime, 



Pasión. 

Besándote lentamente en los ojos, en la bo- 
ca, en los pechos, yo llamaré irresistiblemente 
a las puertas del amor. 

En el vibrante arco de tus piernas yo dispa- 
raré, en nombre de Dios, la flecha de la Vida. 

Sin embargo, hay algo en tí que no es tu 
cuerpo, ni tu amor carnal; pensamiento, sen- 
timiento o instinto, tenaz espíritu en presen- 
pia que manda como un atavismo, que da 



EL HOMBRE EL MUNDO J^IOS 136 



carácter a tu ser, calor a tu sangre y belleza 
a tu juventud. 

A una misma altura están nuestros sexos, 
a una misma altura nuestras bocas, y entre 
nuestros besos y nuéstra cópula, laten iguales 
nuestros corazones. 

En la vida somos, acoplados, una máquina; 
en la especie, la unidad; en el amor, la ar- 
monía. 



¿Dónde estás, dlma? 

Ten-Hian, poeta clásico chino, refiriéndose 
al amor de la mujer, dice que ésta tiene el 
corazón dentro del vientre. Naturalmente que 
ese vientre es el vientre genésico o su vicio 
sensual: el placer lascivo. Pero el hombre, la 
pareja completa, ¿dónde lo tiene? Parecería 
que en ese mismo ámbito de los instintos pri- 
marios, pero más arriba, en el estómago, en 
el intestino, en ese grosero tubo o caño de di- 
gestión y asimilación que fué el primer fun- 
damento, la base, el eje, la fragua motora de 
la vida animal, desde el vil insecto al hombre, 
hijo — ¿hijo? — de Dios. Y si no fuese así, 
¿por qué es que nuestras más grandes solem- 
nidades afectivas, nuestras más señaladas con- 
sagraciones intelectuales o sentimentales, las 
celebramos, como expresan suprema de la 
dicha, comiendo? En el amor, la cena de be- 



136 MANUEL MEDINA BETANCORT 



das. En la amistad, en las reuniones fraterna- 
les, en los homenajes, los ágapes y banquetes. 
En la religión. Navidad por ejemplo, man- 
ducando y libando hasta delirar. Siendo el 
alimento, por lo tanto, nuestro más elocuente 
tributo, nuestra máxima demostración de ale- 
gría, ¿es posible qué seamos en la vida algo 
m'ás que carne, sensualismo, materia? ¿Hay, 
acaso, entre la intención que creó al hombre 
y la que formó a la bestia, alguna diferencia? 

Ah, pobre alma! A veces, cuando no tene- 
mos hambre, tú también eres una cosa bonita! 



Piernas de mujer. 

Oh, piernas! Oh, piernas de mujer! Cami- 
nos del templo; avenidas del deleite; antenas 
del sexo; promesas del paraíso; columpio de 
la copia; prisiones del frenesí amoroso; flo- 
rido seto del huerto sagrado; clave del mis- 
terio; sésamo del milagro; visagra de la Subli- 
me Puerta; engarce de la unidad vital; varas 
mágicas del hada Afrodita; garfios del íncubo 
y del súcubo; tenazas de la brasa ardiente 
en la fragua matriz; pinzas que atizan el 
fuego erótico en el hogar que el lecho en- 
ciende; palancas con que la especie machi- 
hembra los eslabones de su doble cadena; dul- 
ces prensas del troquel donde se acuña, ince- 
sante, la efigie de la criatura humana; ten- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 137 



ráculos del pulpo sensual; extremidades que 
también son brazos en el amplexo total de 
la posesión suprema; cerco y sendero; pór- 
tico y escala; cimientos, soportes, señeras co- 
lumnas de la ciudad de los Dioses Padres, 
donde Eros y Anadiomena perpetúan en la 
idea Hombre la flor de la llama Vida, y en cu- 
yo edificio los capiteles son caderas y el bosque 
de Venus volutas y hojas de acanto; Ues y 
Ves mayúsculas del abecedario de la Crea- 
ción; lazos que atan al placer para exprimir 
el jugo inebriante del deliquio; serpientes ge- 
melas que se enroscan al cuerpo poseido; pén- 
dulos afrodisiacos del celo cuando la fémina 
en ristra y sobre una pierna danza y llama 
en los espectáculos coreográficos; andaderas 
mezcoladas de los balnearios, en las exhibicio- 
nes del desnudo por las zonas francas del im- 
pudor; anuncio y muestrario de la mercancía 
sacian.te en la feria de los apetitos; cartel de 
los deseos y de las lujurias; proclamas de los 
lupanares; angarillas del pecado que ofrecién- 
dose espera; agujas de horas y minutos en el 
infatigable reloj del amor, donde los instantes 
son noches y días eternos; gozo y dolor a un 
tiempo; sol y sombra; cumbre y abismo; cima 
y sima; sí y no, oposición, contraste, unidad, 
antinomia, totalidad, infinito! 

La moda con su falda corta ¡oh mujer! 
al abreviarte el vestido y el pudor te anima- 
lizó, te desencantó, le quitó a la carne bes- 



138 MANUEL MEDINA BETANCORT 



tial la ilusión que la hacía filtro, y delicia, y 
divinidad. Ahora, popularizada, publicada, 
democrática, tus piernas parecen ser única- 
mente vehículos del sexo, andas de hembra, 
triscantes de cabra! 

Cuando el templo ya no es recinto sagrado 
y sólo cueva de mercader, las piernas, que 
son los pilares que lo sostienen, se convierten 
en la muestra de la tienda, en el pregón de 
la subasta, en el salaz reclamo del alquiler. 
Y de ahí las piernas profesionales de las bai- 
larinas y las meretrices, de las modelos y las 
estrellas de cine; de ahí las piernas populares, 
las piernas públicas, las piernas de todos; 
piernas de mercado, de granjeria, de gancho 
comercial: piernas chirles, sin deseo, sin he- 
chizo, sin arte, sin sexo; remos, zancas, patas 
de ganado humano! 

Tu castidad ¡oh mujer! que no es sólo car- 
ne, que es, más que todo, espíritu, pureza, 
idealidad, estética, hermosura, está, aunque 
no lo parezca, en relación con tus usos, tus 
gustos y — velo y adorno de la grosera ma- 
terialidad — con tu vestir. Es inútil que aho- 
ra vuelvas la cabeza y el pensamiento. Es inú- 
til que tu frivolidad disolvente quiera ilusio- 
narte de inmaculada inocencia. Tu naturaleza, 
libre ya de sombras y recatos, desbordada en 
su masa y su levadura, te arrastrará fatalmen- 
te, si continúas por ese camino, al frenesí de 
h carne y a su goce, y en la carne te consumí- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 139 



rás. Porque aun en los casos en que sólo utilices 
tus piernas para caminar — su función natu- 
ral — será en definitiva, para ir en busca de 
un hombre y un lecho! 

Oh, pudor! Sagrado velo de la racionalidad, 
manto de la civilización, ropa inconsútil con 
que la inefable alma infusa busca tapar a la 
luz, la animalidad del cuerpo que la contiene, 
la crudeza de los sitios y los actos pudendos 
de la necesidad fisiológica, las miserias de la 
carne fea, vieja o decadente. El vestido es la 
demostración de ese pudor, y cuando el cuer- 
po se encuentra de pronto despojado de él, 
ia carne, la preciosa carne de mujer, con gesto 
de castidad y de dolor se cubre con su san- 
gre, se envuelve en la gloriosa púrpura del 
rubor! 



Ante un retrato. 

Cuando una mujer no tuvo la suerte de 
agradar a los dioses que dispensan los dones 
de la Belleza — sortílego tesoro — sonríe co- 
mo supremo recurso, se adorna con la sonrisa 
heroicamente, cual un menesteroso que qui- 
siera cubrir la miseria de sus carnes con ha- 
rapos de seda. Y entonces, no siendo ni ex- 
presión seductora, ni complemento de armo- 
nía, ni espontánea expansión, más que sonrisa 
es una mueca, más que luz del alma es sombra 



140 MANUEL MEDINA BETANCORT 



de la amargura inconsolable de su dueña, que 
sabe que por no haber recibido el dulce espí- 
ritu de las Gracias, nunca podrá sentir ente- 
ramente el inefable alborozo de la felicidad. 



La igualdad con la mujer. 

El hombre se resiste, y no sin razón, a re- 
conocer la igualdad con la mujer. El dice: 
Quitadle a la mujer el tema del amor, y ve- 
réis que apenas si le queda un poco de belle- 
za, de efímera e inexpresiva belleza. Quitadle 
lo mismo al hombre, y comprobaréis en cam- 
bio que tiene en sí y por delante un mundo 
de aptitudes y un infinito de posibilidades. 
El hombre es más porque es cabeza, eje, idea. 
La mujer es sólo su complemento, una parte, 
una suma de totalidad. El hombre crea, fe- 
cunda, siembra. Es señor. Dispone como capi- 
tán y como macho. La mujer — hembra, servi- 
dora, receptáculo — gesta, engendra, produce 
por colaboración, por ineludible mandato, por 
subalterna correspondencia, y en definitiva, 
por imposición orgánica del hombre, su ín- 
cubo y su compañero director, ya que no su 
tutor y su amo. Mas sin embargo de todo 
esto, dueña del amor y de su ara — toda su 
arma — la mujer es la reina del mundo. ¿Pa- 
ra qué quiere, entonces, la igualdad? 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 



141- 



Los privilegiados. 

Los grandes amadores rara vez han estado 
entre los grandes trabajadores, ni siquiera en- 
tre los trabajadores normales. Hasta para ser 
sublime en una de las más sublimes venturas 
humanas, es preciso espacio, lugar, tiempo, en 
fin, suerte y ociosidad. De lo que resulta que 
las supremas delicias del amor sólo son pri- 
vilegio de los ricos (miel sobre hojuelas) o 
de los que en el mundo no han hecho nada 
— ningún mérito — por merecerlo. 



Lunas literarias. 

Los críticos necesitan de gente célebre para 
tomarla de trampolín de sus ideas y de sus 
elucubraciones. Por eso, deliberadamente, des- 
preciándolos, no se ocupan de los escritores 
nuevos o de los mediocres, o de todos los que, 
faltos todavía de fama — ¡y son legión! — 
no tienen el fulgor solar suficiente que les 
pueda hacer aumentar la poca entidad de su 
significación. Los pobres críticos son como 
lunas literarias, que precisan del resplandor 
ajeno para lucir. 

Y así resulta que, confundida la escasa luz 
propia con la refleja, estos Aristarcos habi- 
lidosos, encaramados como simios sobre las 



142 MANUEL MEDINA BEtANCORt 



grandes espaldas de las vidas ilustres, van ha- 
ciendo su truco y su mercado ante la admi- 
ración despampanada del vulgo, que no ve 
más allá de sus narices. 



Babosas en las estatuas. 

Sometido a tres necesidades de moralidad in- 
ferior, la necesidad de vivir, la necesidad del 
oficio, y la necesidad miserable de desahogar 
el yo envidioso, el escritor corriente y popular, 
el que tienen a sueldo los periódicos y las re- 
vistas, haciendo como que hace justicia y un 
noble y muy alto servicio, saca a luz de su 
respetable sombra, deslizada entre citas, elo- 
gios y reticencias, toda aquella pequeña vida 
pecadora o viciosa de los hombres que por 
obras o hechos famosos la gloria dió en la 
muerte una existencia inmortal. 

¿Por qué viven gentes asi? 

¿No hay quien se oponga al mester de pi- 
llería de estos ruines deslucidores de la repu- 
tación? 

¿No hay quien impida que se suban las 
babosas a las estatuas? 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 143 



No es a tí. 

Para ciertos políticos de segundo 
orden, que faltos de escrúpulos, de 
ideales y de condiciones, han tomado 
la política como un medio de dar sa- 
tisfacción a sus sensualidades. 

No te engrías. No es a tí a quien reveren- 
cio, sino a la majestad del cargo que ocupas. 
El puesto no vale por tí, para el cual nada 
tienes ni nada has hecho que te haga digno 
de merecerlo. El te da todos los honores y to- 
das las decoraciones, y aunque a tí no te pa- 
rezca porque tu vanidad te ofusca y tu igno- 
rancia te ensoberbece, te hallas en él como 
una tela inferior dentro de un marco suntuoso. 
Una suerte inmerecida te fué colocando los 
acontecimientos del lado más propicio, te se- 
ñaló a cada minuto el escalón donde debías 
poner el pie, y tan predestinado eras, que aun- 
que hubieses estado dormido, al cabo habrías 
despertado en la cumbre en que te hallas. Esa 
quizá fué tu impresión cuando abriste los ojos 
la primera mañana de tu soberanía. No re- 
cordabas que hubieras hecho un esfuerzo tan 
grande y tan legítimo que justificase aquella 
magnífica prebenda. Pero, después de todo, 
encaramado estabas y no ibas tú mismo a 
discutirte como cualquier ingenuo de esos que 
llevan bajo la cúpula de su cráneo un tribu- 
nal inflexible que se llama la conciencia. Lo 
que correspondía, pues, era desperezar tus ins- 



144 



MANUEL MEDINA BETANCÓRt 



tintos, dar puerta franca a tus vicios, y enceñ^ 
der a giorno todas tus fatuidades. Y así lo 
hiciste. Y así lo haces. Hasta que un día una 
justiciera sanción te eche a puntapiés, o dejes 
de ser lo que has sido porque ya no sirvas al 
destino que te colocó en la altura. ¿Y qué 
has dado de todo lo qu€ de tí esperaban? ¿Qué 
has hecho en bien de la felicidad común? ¿Qué 
cuentas puedes presentar al pueblo que cos- 
teó tus soldadas y tus viáticos? Sólo las cuen- 
tas de tus concupiscencias en el mando, de 
tus faustos y tus larguezas de pródigo con 
los dineros ajenos. Nada bueno has dado ni 
has hecho porque nada bueno tenías debajo de 
tu piel satinada de racional distinguido. Era 
inútil exigirte más, como es inútil pedir pe- 
ras al olmo y agua a la fuente seca. No me 
indigna, después de todo, tu manera de con- 
ducirte, porque ella es el reflejo exacto de tu 
manera de ser. Si hubieras procedido de otro 
modo, hubiese creído en el milagro y en la 
fragilidad de la lógica. Lo que me descon- 
suela y me desespera en nombre de ese noble 
sentimiento de justicia que palpita en todos 
los corazones honestos, es que exista gente que 
haya consagrado tu estulticia levantándote 
por encima de los honrados y meritorios ciu- 
dadanos que valiendo más que tú, se anulan 
en el silencio del montón esperando inútil- 
mente, con el puesto de honor, el reconoci- 
miento de sus aptitudes y el premio a sus afa- 



ÉL HOMBRE EL MUNDO DIOS Í45 



nes cívicos. Esa gente es la única culpable de 
la usurpación que haces. Ella es la responsable 
de tus sandeces y tus inmoralidades, aunque 
el pueblo que te paga no pueda acusar ni al 
uno ni a la otra: a tí porque tu vaciedad no- 
toria te hace irresponsable, y a ella porque la 
defiende el anónimo comanditario. No creas, 
¡oh espécimen de político logrero!, que te en- 
vidio. Sólo me das lástima, aunque a decir ver- 
dad, a veces, sin quererlo, me haces levantar 
iracundo los puños al impasible cielo! 



Para ser libre. 

El hombre puede ser libre, o por el des- 
precio de los bienes terrenales, o por la po- 
sesión suficiente de ellos para comprar su li- 
bertad. Lo que en realidad lo hace esclavo 
e infeliz, es no ser ni pobre ni rico en ab- 
soluto. El estómago no es un hueco grande 
ni exigente (su hambre es ciega) y a la fe- 
licidad se puede llegar por caminos diferen- 
tes: o por la ausencia de ambiciones, o por 
la plena satisfacción de las mismas. 

El artista y el pueblo. 

El sentimiento del arte, camino de lo bello, 
lleva a los espíritus a la calidad, a la selección, 

10 



i 46 MANUEL MEDINA BETANCORT 



a la aristocracia. Por eso los verdaderos ar- 
tistas, aunque vivan entre el pueblo y como 
él — sencillez o falta de recursos — nunca 
se sentirán pueblo ni harán su arte para la 
democracia, que es plebeya por vulgar, que 
es inferior por grosera e ignorante. Al pue- 
blo dadle el corazón todo entero, en forma 
de piedad, de caridad, de amor fraterno, pero 
el espíritu — el espíritu ¡esa luz inefable! — 
cuidadlo de él! 



Sólo el arte. 

La vida privada de un artista no existe para 
el mundo. Al mundo lo que sólo le debe inte- 
resar es su arte, no su vulgar existencia de 
hombre. A los que desprecian a un genio en 
su vida y en su obra, no por la calidad de 
ésta sino por su opinión política, sus vicios o 
sus pequeñas miserias morales, les falta sentido 
para comprenderlo, y por lo tanto, derecho 
suficiente para juzgarlo. 



El arte es jerarquía. 

El arte es el mejor exponente del grado de 
inteligencia y cultura de cada pueblo y de 
cada época. Por él conoceréis su jerarquía en 
la especie y su edad en la civilización. 



EL HqMBRÉ ÉL MUNDO DIOS 147 



Para soñar. 

El arte se fundai en la vida para soñar 
acerca de ella y embellecerla, no de belleza 
Igual a la suya, que es, además de inimitable, 
monótona y vulgar por lo que tiene de molde 
y de conocida, sino de belleza imaginada, me- 
tafisica, irreal, de fantasía, y por lo tanto lle- 
na de sugestión y maravilla. 

Edificada en el dolor de su vida. 

El artista que quiera crear cosas bellas, y 
perdurables — la eternidad también es belle- 
za — deberá poner en la obra su propia vida, 
siempre que ésta se halle edificada con todo 
el dolor sufrido para su mayor pureza y per- 
fección. 



Difícilmente un gran artista. 

Quien escriba teniendo en cuenta al público 
que lo ha de leer, podrá llegar a ser un buen 
escritor, pero difícilmente un gran artista. 

Por no haberlo sido. 

La obra de arte es bella no sólo por serlo, 
sino por no haberlo sido antes. 



148 MANUEL MEDINA BETANCORT 



Las etapas del arte. 

Para su perfección, la obra de arte nece- 
sita tres etapas: la de creación, la de crítica, 
y la de pulimento. Sólo después es que llega 
a ser "la obra de arte". 



Aiftobiografía. 

En el arte puro hay siempre una autobio- 
grafía espiritual, ya sea una idea, un ensueño, 
o una burbuja de lo subconsciente. Y, cosa 
increíble, hasta hay también, paralelamente, 
una historia fisiológica. 



El escultor invisible. 

Los hombres no son como quieren ser, sino 
como pueden ser. La suerte, como un invisi- 
ble escultor de todos los momentos, los va 
modelando en fisonomías de cada minuto. Si 
tu vida o un pedazo de tu vida estuviera im- 
presa en una película de cinematógrafo, te 
asombrarías y acaso te espantarías de que lla- 
mándote siempre Juan Pérez, hubieses sido 
tantas veces diferente. 

Menos mal si en esa visión retrospectiva lle- 
gas a comprobar que desde lo miserable e in- 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 149 



íerior has logrado ascender hasta la perfec- 
ción, que si la película te demostrase que no 
has sido mejor, tendrías que ser un détraqué o 
un cínico encanallado para no morirte de des- 
esperación. 



El gran espíritu en la multitud. 

A los grandes espíritus que la suerte ha 
llevado a la notoriedad, la sugestión de la al- 
tura les disimula sus defectos. A los grandes 
espíritus que no han podido subir, de nada les 
valen sus virtudes, porque confundidos en la 
multitud vulgar, precisamente lo único que se 
les ve son los defectos. 



El hombre, intérprete de la materia. 

La materia es una formidable madre ciega 
que fecunda como dormida en un sueño de 
eternidad. El hombre es el hijo predilecto que 
viene al mundo a "ver" por ella. A él le dió 
sus ojos y con sus ojos su alma y su pensa- 
miento. <| Habremos sabido ser cumplidamen- 
te, al cabo de la vida total, su intérprete y 
su lazarillo? 



150 MANUEL MEDINA BETANCORT 



La verdadera vida. 

La verdadera vida del hombre es su vida 
presente, vida en acción y vida en posición 
para *'hacer" su vida futura. La vida ya vi- 
vida, es decir, lo que es su historia, esa es sólo 
esqueleto, residuo, y en sus tres cuartas partes, 
nada. 



La vida hacia adelante. 

Si tenemos imaginación y ambiciones, la 
vida es hacia adelante como un abanico infi- 
nito de caminos. Cuando somos apenas carne, 
no hay a nuestro alrededor más que sombra, 
dentro de la cual nos movemos todos los dias, 
a ciegas, como bolilla de ruleta, brutalmente 
empujados por el azar, fuerza matriz del 
mundo. (¿La vida, no "se hace" como un 
cocktail, o como en un cubilete?) 



Nuestra vida como unidad de especie. 

Los seres humanos somos obras empezadas 
de proyección incalculable, que por tener bre- 
ve la vida, nos vamos del mundo cuando ape- 
nas se han esbozado. Es posible que la obra 
Hombre **se haga" no individualmente, sino 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 151 



por unidad de especie, por totalidad de la 
substancia que la forma, por superaciórr suce- 
siva de sus generaciones. 



Las monedas de la vida. 

El pasado es una moneda que ha perdido 
su valor. El presente una moneda que se acu- 
ña. El porvenir, la moneda sin sello con la 
que empezarán a vivir los otros que vendrán, 



Tormentas. 

Cielo bajo y revuelto. Gritos de gaviotas 
que pasan. El aire es caliente y en ráfagas, 
y trae alientos de agua y electricidad, fuer- 
zas en conmoción que fluyen del tropel de 
nubes grávidas que como madres en próximo 
alumbramiento, corren enloquecidas buscan- 
do un lecho en la inmensidad. Hay en el es- 
pacio una sugestión de tragedia, una sensación 
de acontecimiento, de estallido inminente, una 
crisis de elementos que se ve, se huele y se 
oye, en el cielo convulsionado, en el viento 
húmedo y ardoroso, en el coro de los ruidos 
que zumban en el vacio como un cósmico 
rumor. En medio de aquel febril estado de 
Naturaleza, el cuerpo anhelante, también Na- 
turaleza, ensancha su vida, y el alma subli- 



152 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



mada parece dilatarse en alas para volar. Algo 
semejante ocurre en las masas humanas, cuan- 
do grandes emociones o grandes anhelos reú- 
nen a los hombres en la plaza pública. Asi 
como en las nubes, es la agitación de los gran- 
des alumbramientos. 



Ló nuevo de la juventud. 

Es encantador oir a la juventud por 'Ío 
nuevo" del espíritu de la especie que trae in- 
genuamente a la vida y a la de su congénere 
el hombre de las generaciones anteriores. 

Venganzas. 

El que no tiene escrúpulos se entrega por 
entero a sus sentimientos de venganza. El que 
los tiene, hace lo mismo siempre que pueda 
justificarse y quedar tranquilo con su con- 
ciencia. La moral es semejante, de baja con- 
dición, pero la del escrupuloso es peor, porque 
a la miseria de fondo debe agregar la de for- 
ma, el artificio trapacero de la hipocresía. 

La envidia. 

La envidia hará un diente afilado o un 
reptil ponzoñoso, mas nunca un verdadero 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 153 

enemigo. Ella trae dolor pero no muerte. Es 
la bilis cruel, no la justicia punitiva; es la 
impotencia agresiva mellándose en la dureza 
de la fuerza inconmovible. 



Razón y fuerza. 

Al revés de Oscar Wilde, creo que si la 
razón bruta duele, la fuerza bruta duele más. 
Aquélla es amarga, pero tiene la justificación 
de su lealtad; ésta no tiene más ley que su 
peso, ciego, arbitrario, únicamente brutal. 



Una bofetada moral. 

Una bofetada puede doler más por su po- 
tencia moral que por su fuerza física. En oca- 
siones, una mano de mujer aniquila como una 
maza. 



£1 más egoísta. 

El matrimonio hace al hombre más egoísta 
porque ha ampliado su yo con su mujer y 
sus hijos, 



154 MANUEL MEDINA BETANCORT 



Tierra prometida. 

Cuando nace el hombre, nace rey de una 
tierra prometida. Mas todavia está por saber- 
se si alguien ha logrado llegar a ella. 



Una vela al Diablo. 

Como piedra de toque de nuestra virtud, 
de cuando en cuando habría que encenderle, 
como un voto a Dios, una pecadara vela al 
Diablo. 



La moda. 

La moda es la fiel representación de nues- 
tra veleidad, y de nuestra superficialidad. Y 
también — horror para nuestro origen divino — 
formidable argumento en pro de la teoría dar- 
winiana de nuestra descendencia. 



El eco. 

El eco es, a veces, el bello hijo de una ma- 
dre monstruosa, y siempre — sellado en el 
cuño armonioso del aire y del sonido — una 
pbra encantadora. 



EL HOMBRE EL MUNDO DIOS 155 



Los que "hacen" el estío. 

La cigarra hace el día de verano y el grillo 
la noche. La una pinta la luz ardiente, el 
otro la sombra cálida y densa. Si alguna vez 
desaparecieran estos trovadores del estío, el 
estío habría perdido su color ... de calor. 



El sabio y el vulgo. 

El sabio habla hasta fatigarse, y no lo com- 
prenden. Porque el vulgo vive aturdido en el 
ruido del mundo, y como es liviano su en- 
tendimiento, no puede retener ni soportar las 
ideas, el extraño y agobiante gravitar de las 
ideas. Por eso es feliz con palabras huecas y 
lugares comunes. 



Si insistes, te creerá. 

Si quieres pasar por genial, insiste todos los 
días en una misma cosa, idea o arte, que aun- 
que por extraña al sentido común y al conoci- 
miento, sea por cualquier lado que la mires, 
el mayor disparate, a fuerza de oirte hablar 
de ella, el vulgo concluirá por creer que en 
realidad has creado algo prodigioso, 



156 



MANUEL MEDINA BETANCORT 



El autor. 

— Es un verdadert) escritor. Cuando está 
produciendo, sufre, habla solo, y está absorto, 
recogido en sí; tiene todas las apariencias del 
que ha sido tocado por los dioses. 

— Todas las madres, al serlo, pasan por el 
mismo trance de parto. Sin embargo, unas 
paren tontos y otras genios. No importa que 
el gesto sea el mismo, si el valor del fruto es 
diferente. 



t 

INDICE 

Parábasis 5 

La voluntad y la memoria en la perduración 

de la vida 7 

El pasado, entraña de lo actual 10 

Placer y dolor 12 

El hombre, vencedor por el recuerdo ... 13 

El mito de los dioses 15 

¿Por qué culpar al hombre . .? . . 26 

Sólo somos en nuestro hoy* 28 

Simbolismo y decadentismo 52 

El racionalismo y la divinidad . . 37 

Pienso, luego soy 56 

Ln muerte que *'no es" todavía 66 

De la inteligencia. 68 

La idea de Dios . . en su hijo ... 70 

Eternidad, infinito 73 

Ante todo, la materia. Después, soñar 75 

Verdades 82 

Ideas para la Democracia 8 5 

Del ocio ". 88 

Según nos va en ella ....... 96 

"E pur, si muove'* 98 

De las cosas de la Naturaleza 108 

Cómo se escribe la Historia 110 

Dichosos pueblos de niños ... 113 



158 



Índice 



Págs. 



Las horrendas calamidades 117 

Os embriagáis con palabras 119 

¿Qué eres, hombre? 121 

E! ojo de Dios 123 

Gregario 124 

Cuídate del pecado 125 

La noble intención 12 5 

El bien a pesar de todo . . 126 

El poder cimentado en la injusticia . 126 

Es preciso tener grandes ideas j27 

La facultad genial 128 

Derivamos hacia la incoherencia 128 

Bendito seas, dinero 130 

Carta a una mujer 132 

Pasión . 134 

¿Dónde estás, alma? 135 

Piernas de mujer . 136 

Ante un retrato 139 

La igualdad con la mujer 140 

Los privilegiados lAl 

Lunas literarias 141 

Babosas en las estatuas . 142 

No es a tí 143 

Para ser libre 145 

El artista y el pueblo 145 

Sólo el arte 146 

El arte es jerarquía . .... .146 

Para soñar 147 

Edificada en el dolor de su vida 147 

Difícilmente un gran artista 147 



INDICE 159 

Por no haberlo sido 147 

Las etapas del arte 148 

Autobiografía 148 

El escultor invisible 148 

El gran espíritu en la multiíud 149 

El hombre, intérprete de la materia . . 149 

La verdadera vida 150 

La vida hacia adelante 150 

Nuestra vida como vmidad de especie . . . 150 

Las monedas de la vida 151 

Tormentas 151 

Lo nuevo de la juventud 152 

Venganzas 152 

La envidia 152 

Razón y fuerza 153 

Una bofetada moral 153 

El más egoísta 153 

Tierra prometida 154 

Una vela al Diablo 154 

La moda 154 

El eco 154 

Los que "hacen" el estío 155 

El sabio y el vulgo 15 5 

Si insistes, te creerá 155 

El autor 156 



V 



PQ8519.M49H76 

El hombre, el mundo, Dios; 

Princeton Theological Seminary-Speer LIbrary 




1 1012 00028 0257